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lunes, 9 de febrero de 2026

Sexo y poder: de París a Manhattan

El caso Epstein apunta a algo más ambicioso y perturbador: un montaje cuidadosamente diseñado para tejer una red de poder global, servil a intereses concretos.

Mucho antes de Jeffrey Epstein, Europa ya conoció un modelo donde sexo, poder y protección estatal se entrelazaban. En la Francia de los años sesenta y setenta, Madame Claude dirigió una red de prostitución de lujo al servicio de políticos, empresarios y celebridades, basada en la discreción, el acceso a élites y la complicidad de las autoridades. Su impunidad —sostenida por información entregada a la policía— terminó cuando el sistema decidió prescindir de ella. El caso reveló que la prostitución de alto nivel no era solo un negocio, sino una herramienta de influencia y control, una lógica que décadas después reaparecería, con otras formas y otros silencios, en el caso Epstein. Cuando ella cayó, no terminó el modelo: solo cambió de nombre, de escenario y de época.

La historia está llena de personajes utilizados por el poder hasta que dejan de ser útiles. Conocemos bien a los dictadores impuestos por ciertas potencias para controlar países estratégicos, pero mucho menos a esos otros operadores que actúan en la penumbra: gestores de redes ocultas donde confluyen dinero, favores, información sensible, negocios públicos y decisiones estratégicas. No aparecen en manuales ni en discursos oficiales, pero su función es tan real como eficaz.

Creer que el caso Epstein se reduce a un proxeneta de lujo con gustos extravagantes es tan ingenuo como aceptar que el asesinato de John F. Kennedy fue obra exclusiva de un perturbado solitario. Detrás del operador siempre hay un cerebro; detrás del ejecutor, una lógica; detrás del escándalo, una estructura. Epstein no era el fin, sino el medio. Pensar lo contrario exige aceptar que personas con fortunas multimillonarias, conexiones globales y acceso a los servicios de inteligencia más sofisticados del mundo actuaron durante años sin que nadie supiera nada, sin que nadie advirtiera riesgos, sin que nadie los protegiera.

¿Es razonable suponer que figuras de la realeza británica no estuvieron bajo el radar del MI5? ¿Qué empresarios, políticos y académicos de primer nivel no sabían a dónde iban ni con quién se relacionaban? ¿Que miles de millones de dólares, redes privadas de transporte y propiedades estratégicamente ubicadas funcionaban al margen de cualquier interés institucional? A estas alturas, la versión de la ignorancia colectiva resulta más inverosímil que cualquier hipótesis alternativa.

El verdadero problema es que hay demasiados implicados y de formas muy diversas. Eso hace prácticamente imposible, por ahora, conocer una versión completa y honesta de los hechos. Como ocurrió con el caso de Madame Claude, la verdad suele emerger años después, cuando los protagonistas han muerto, los archivos se enfrían y la responsabilidad política se diluye. El tiempo, más que la justicia, termina siendo el gran aliado del silencio.

El caso Epstein apunta a algo más ambicioso y perturbador: un montaje cuidadosamente diseñado para tejer una red de poder global, servil a intereses concretos. No hace falta mirar demasiado lejos para intuir de dónde podrían provenir esos intereses: el abanico se reduce, inevitablemente, a un par de agencias de inteligencia occidentales. Como en los delitos financieros, la consigna es clara: follow the money. Pero aquí el rastro no es únicamente económico. La pregunta clave no es cuánto dinero se movió, sino a quién le convenía construir una red política internacional basada en la vulnerabilidad, el chantaje y la dependencia.

Epstein cayó. Pero, como con Madame Claude, su caída no implica que el sistema haya desaparecido. Solo confirma que, cuando el operador deja de ser útil o se vuelve un problema, el poder encuentra la forma de cerrar el capítulo sin reescribir la historia, incluso con un suicidio en prisión.


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