El error más común de sus críticos es asumir que todo lo que dice pretende cumplirlo de manera literal, pero Trump no habla para describir la realidad, sino para modificarla.
Muchos siguen sin entender a Trump, y probablemente no lo harán mientras continúen analizando su política desde la forma y no desde el fondo. Su porte, su manera de hablar, su estilo confrontativo y su desprecio por los códigos tradicionales generan un rechazo inmediato; sin embargo, ese rechazo suele nublar el análisis. Trump no es un político clásico: es un jugador, y uno bastante eficaz.
El error más común de sus críticos es asumir que todo lo que dice pretende cumplirlo de manera literal, pero Trump no habla para describir la realidad, sino para modificarla. Su discurso está plagado de advertencias, exageraciones y amenazas calculadas, aunque no siempre. Como en el póker: farolea, mide reacciones y sube la apuesta cuando el adversario duda. Interpretarlo exige un esfuerzo adicional: entender el tablero completo y no quedarse únicamente en el gesto.
Ese tablero se manifiesta con claridad en la National Security Strategy publicada a finales del año pasado. El documento no es un capricho personal, sino la expresión de una visión estratégica del pais norteamericano que trasciende al propio presidente. Las prioridades están claramente jerarquizadas: Asia ocupa el centro, con China como desafío principal; el hemisferio occidental recibe un tratamiento destacado; Europa aparece como socio acomodado, aunque necesario; Oriente Medio como zona de contención de Irán; y África apenas como apunte marginal. Es una jerarquización de intereses, realismo geopolítico, realpolitik.
En lo que respecta a América, Trump rescata sin complejos la Doctrina Monroe, rebautizada informalmente como “DonRoe”. El mensaje es inequívoco: ni Rusia ni China tienen espacio estratégico en el hemisferio occidental. No se trata de ideología, sino de control. Las inversiones chinas en infraestructura crítica, telecomunicaciones y minerales estratégicos son vistas como una amenaza directa, y hasta aquí llegaron.
Tampoco se tolerará que actores extrahemisféricos consoliden ventajas energéticas, como ocurrió en Venezuela. China y Rusia podrán importar petróleo caribeño, pero bajo las reglas impuestas desde Washington: cuánto, cuándo, cómo y, si es necesario, a qué precio. El mensaje es claro y demoledor: el desorden latinoamericano ha terminado.
Europa, por su parte, comienza a aprender la lección a marchas forzadas. El modelo de bienestar sostenido indirectamente por la seguridad estadounidense ha llegado a su límite. Incrementar el gasto en defensa hasta el 5% del PIB no es un capricho, sino la factura acumulada de décadas de comodidad estratégica. No es sostenible una vida plácida financiada por terceros a miles de kilómetros de distancia; y lleva razón.
Asimismo, Trump ha hecho lo que muchos gobiernos occidentales no se atrevieron a hacer en setenta años: llevar al régimen cubano al borde del colapso. Aun así, persisten defensores de dictaduras —disfrazados de demócratas— que justifican abusos o difunden supuestas virtudes del régimen bajo el paraguas de un derecho internacional estatocéntrico, diseñado para proteger Estados y no ciudadanos.
Conviene recordar aquí a la Escuela de Salamanca, que entendió tempranamente que el Derecho de Gentes debía situar al ser humano por encima de las estructuras de poder. Desde ese prisma, la intervención de Estados Unidos no es una herejía, sino una consecuencia lógica de priorizar a las personas sobre los regímenes que las oprimen.
El debate real, entonces, no es Trump. Es una cuestión mucho más incómoda: ¿qué debe prevalecer en las relaciones internacionales: los Estados o los individuos? Trump, con sus formas discutibles, ha obligado al mundo a enfrentar esa pregunta sin eufemismos. Quien siga tomando a Trump al pie de la letra seguirá perdiendo la partida. Porque a Trump no se le escucha: se le interpreta.