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lunes, 2 de marzo de 2026

Un orden mundial agotado

En los dilemas políticos las soluciones rara vez son ideales; se trata, en todo caso, de elegir la que genere las menores consecuencias posibles, y es precisamente lo que estamos viviendo

El actual orden mundial es fruto de pactos alcanzados tras la Segunda Guerra Mundial. Cinco potencias nucleares constituyen un eje de poder permanente en el Consejo de Seguridad, con capacidad de decidir cuándo y cómo actúa la comunidad internacional. Bajo la premisa de evitar el uso de la fuerza —salvo en casos de legítima defensa— se consolidó un sistema que otorgó estabilidad relativa, pero también escaos privilegios y vetos que condicionan cualquier intervención. El resto del mundo rara vez tiene voz decisiva, aunque tampoco asume las altas cargas financieras que soportan potencias como Estados Unidos.

Ochenta años después, el mundo ha cambiado radicalmente, pero la arquitectura internacional permanece intacta. Es cierto que el sistema ha evitado confrontaciones directas entre potencias; sin embargo, también ha demostrado una alarmante ineficacia para resolver conflictos prolongados, especialmente cuando los intereses de los miembros permanentes no convergen. La política, la ideología, y el uso instrumental de las instituciones han conformado un escenario donde prevalece quien mejor manipula el relato, no necesariamente quien defiende principios.

Regímenes abiertamente autoritarios y represivos —como Corea del Norte, Cuba y otros— han perdurado durante décadas al amparo de un concepto restringido de soberanía y de una interpretación rígida del derecho internacional que impide la acción preventiva. La prohibición de la agresión se ha convertido, en la práctica, en un escudo para gobiernos que ejercen violencia sistemática contra sus ciudadanos. La historia reciente demuestra que el sistema carece de mecanismos eficaces para detener matanzas silenciosas y continuadas bajo la protección política del derecho a veto. China y Rusia, paises de corte autoritario, han sostenido a aliados estratégicos bajo ese paraguas, y el diseño institucional lo ha permitido.

En este contexto, la necesidad de reformar o reinterpretar el orden internacional no es un capricho ideológico, sino una exigencia. Si las dictaduras hubiesen sido reconocidas formalmente como amenazas a la paz —porque lo son— podría haberse activado la legitima defensa y con énfasis los capítulos VI y VII de la Carta de la ONU y haber adoptado medidas coercitivas eficaces. En lugar de ello, la comunidad internacional se ha refugiado en condenas retóricas que no modifican los hechos sobre el terreno y que, en la práctica, prolongan la vida de esos regímenes. 

La inacción reiterada no es neutral: consolida abusos, normaliza la represión y envía el mensaje de que la soberanía es un blindaje absoluto frente a cualquier responsabilidad. Cuando un sistema deja de cumplir su finalidad esencial —proteger la paz y la dignidad humana— la intervención, política o incluso coercitiva deja de ser una opción extrema y se convierte en una necesidad para evitar males mayores y continuados.

Los ataques norteamericanos e israelíes contra Irán pretenden poner punto final a un régimen represivo de cuatro décadas, como ocurrió con el caso de Venezuela y, presumiblemente, podría suceder en Cuba. Es cierto que en ocasiones hay bajas no deseadas o muertes que generan gran impacto, pero siermpre son menores que las que ocurriren bajo una criminalidad estatal tolerada o justificada por el silencio o por posturas políticamente correctas de democracias que defienden prorrogar un diálogo inoperante. No es una cuestión de opinión, sino de cifras: basta con sumar los asesinatos y abusos cometidos durante años para concluir, sin presión ideológica, que la situación no puede perpetuarse. 

En los dilemas políticos las soluciones rara vez son ideales; se trata, en todo caso, de elegir la que genere las menores consecuencias posibles, y es precisamente lo que estamos viviendo. El debate es entre responsabilidad y resignación, porque un orden internacional que no corrige sus propias distorsiones termina perdiendo legitimidad y eficacia. 

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