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lunes, 23 de febrero de 2026

La mano invisible frente al puño del Estado

El intervencionismo descansa en el miedo o la desconfianza hacia la capacidad de las personas para coordinarse sin tutela política

El economista y filósofo Adam Smith acuñó la expresión “la mano invisible” en su obra La riqueza de las naciones (1776) para describir un fenómeno central del funcionamiento de los mercados: cómo la búsqueda del interés propio puede, sin intención deliberada, generar beneficios para el conjunto de la sociedad. Smith sostenía que cuando individuos y empresas persiguen su propio beneficio, “como guiados por una mano invisible”, se produce la asignación eficiente de recursos, el aumento de la producción y la reducción de precios. En un marco de competencia, normas y justicia, el mercado coordina decisiones dispersas sin necesidad de una dirección centralizada, produciendo orden a partir de acciones individuales.

Esa teoría fue desarrollada con mayor profundidad por el también economista Friedrich Hayek quien defendió la cooperación voluntaria como el fundamento de una sociedad libre, al sostener que el orden social no surge de la imposición centralizada, sino de la interacción espontánea entre individuos que acuerdan intercambiar, asociarse y colaborar para beneficio mutuo. En obras como Camino de servidumbre, Hayek explicó que cuando las personas actúan libremente dentro de un marco de normas generales se genera un “orden espontáneo” más eficiente y respetuoso de la libertad que cualquier diseño planificado desde el poder.

Lejos de ser meras construcciones académicas, ambas ideas se verifican diariamente. La mayoría de las personas prefiere utilizar Airbnb antes que un hotel tradicional o solicitar un viaje en Uber en lugar de un taxi regulado. La razón es simple: funcionan mejor, ofrecen más opciones y cuestan menos. No es que hoteleros o taxistas desconozcan cómo ser competitivos, es que el Estado les impone licencias, requisitos y cargas fiscales que encarecen artificialmente el servicio. Lo mismo ocurre con Waze, donde miles de conductores comparten información en tiempo real y el sistema optimiza rutas sin necesidad de un burócrata gestor.

Y es precisamente aquí que emerge la contradicción profunda del estatista contemporáneo. Muchos de quienes defienden que el Estado controle precios, autorice actividades y regule cada intercambio prefieren utilizar, sin reparo, estos servicios nacidos de la cooperación voluntaria y la innovación privada. Predican planificación central; reclaman regulación estricta, pero prefieren espontaneidad el dinero está en juego. Exigen controles estatales, salvo cuando descubren que el mejor precio, la mayor disponibilidad y la mejor calidad surgen precisamente de acuerdos libres entre oferentes y demandantes.

El intervencionismo descansa en el miedo o la desconfianza hacia la capacidad de las personas para coordinarse sin tutela política; sin embargo, cada vez que alguien reserva una habitación en línea, solicita un viaje desde una aplicación o sigue la ruta optimizada por miles de usuarios voluntarios y anónimos, está confirmando lo contrario. Está validando que el conocimiento está disperso, que la información se transmite mejor horizontalmente y que el orden puede surgir sin imposición.

El estatista promedio disfruta de los frutos del mercado mientras cuestiona el árbol que los produce. Y cuando el Estado intenta someter estas plataformas a las mismas cargas que asfixiaron a los modelos tradicionales, los precios suben, la oferta disminuye y la innovación se frena. Entonces reaparece la queja contra “las empresas”, nunca contra la regulación que distorsiona.

Se condena en teoría lo que se abraza en la práctica, y esa es la prueba más contundente de que la mano invisible y el orden espontáneo no son consignas ideológicas, sino descripciones precisas de cómo realmente cooperan las personas cuando se les permite hacerlo.

¡Mire si no como proliferan los diseños de apps similares para casi todo!

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