Entradas populares

lunes, 15 de marzo de 2021

¿En manos de quienes estamos?

Una cifra menor al 1% de los ciudadanos de este país cuentan con dos de los cinco magistrados titulares y dos de los suplentes de la CC

El modelo de democracia representativa se sustenta en la elección de funcionarios que representen a sus electores. De esa cuenta, los votantes -que deberán ser los más posibles- eligen a diferentes delegados que serán quienes gestionen la vida pública en nombre de aquellos. Viene la reflexión a propósito del proceso de elección de magistrados a la CC, y a proponer un debate que se ha olvidado. Nos hemos fijado poco en lo méritos de los elegibles, demasiado en si la persona cae bien o mal o representa a uno y otro sector y nada en la filosofía indicada sobre el concepto de democracia representativa.

Hagamos cuentas. El Colegio de Abogados tiene aproximadamente 37,000 afiliados, lo que supone el 0.22% de la población de país y el 0.45% del padrón electoral. A esos insignificantes números representativos, agréguele que en las pasadas elecciones votaron alrededor de 8 mil abogados. La conclusión es que el 0.05% de la población -abogados colegiados- eligen a un magistrado titular de la CC que, teóricamente, “representa intereses”, pero dígame usted de quienes.

Siga un proceso similar en relación con la elección que hace el Consejo Superior Universitario y concluirá que aproximadamente el 0.8% de la población -universitarios de la única universidad estatal- elige a otro representante titular. Así que un grupo menor al 1% de los ciudadanos de este país cuenta con dos de los cinco magistrados titulares y dos de los suplentes de la CC ¡Ahora hábleme de representación, justicia electoral y otras cuestiones similares, pero antes de que me descojone!

Sobre los otros magistrados -los designados por el Presidente, el Congreso y la CSJ- podrán hacerse cuestionamientos, pero no referidos a la representatividad, porque son electos por colectivos que la tienen, aunque las formas, el modo o los procedimientos puedan ser discutidos, además de preguntarnos si deberían ser otros los electores o diferente el modelo.

Caemos, nuevamente, en algo que se debate poco: el sistema que no funciona. Seguimos pensando, contumazmente -tal y como se demuestra una vez tras otra- que las personas son esenciales en los modelos de gestión pública, cuando la experiencia demuestra que no. Un director probo al frente de una institución conseguirá seguramente buenos resultados incluso si aquella está corrompida, pero una institución con un buen diseño es posible que no pueda pervertirse por persona alguna. Ciertas teorías del institucionalismo así lo dibujan, solo hay que prestarles atención. Los ejemplos recientes en USA muestran justamente que las instituciones bien diseñadas, independientemente de las personas que lleguen a presidirlas, terminan siendo más eficaces que a la inversa.

Aquí, cabizbajos y desorientados -es decir, como siempre- perdemos el tiempo cada cuatro o cinco años en analizar a personas, como si la cabeza no nos diera para debatir sobre el diseño institucional que, a todas luces, no es representativo y, en este caso, concentra dos quintas partes del poder en el 1% de la población: abogados y USAC. Es evidente que la CC termina defendiendo derechos, exigencias o postulados de esos colectivos -o de quienes los manejan- que son los que finalmente ejercen ese poder constitucionalmente otorgado a una minoría que ni siquiera se representa a si misma. Estamos como estamos, porque somos como somos, y si no cambiamos seguiremos lamentándonos periódicamente por nuestra torpeza, incapacidad y desidia. 

Dicho eso -que seguramente no servirá para nada- continuaremos debatiendo si el fulano de tal, que elegirá el Presidente, o la zutana de cual, que designará la CSJ, nos caen bien o mal ¡Y es que, a diferencia de los aguacates, no maduramos ni con el tiempo ni con el calor!

lunes, 1 de marzo de 2021

Signos, símbolos y señales, pero nada

Este año se debería celebrar el 200 aniversario de la independencia. Uso el condicional porque no hay mucho que celebrar

Como grupo social no hay nada más que debamos padecer para aceptar la situación que sufrimos. No creo que se pueda encontrar un lugar en el mundo -ni quizá en la historia de la humanidad- en el que converja tal cantidad de presidentes huidos, condenados en USA, detenidos o bajo persecución penal. A ese “tigre”, único en su variedad, hay que sumarle como manchas dos rectores -de la única universidad estatal- perseguidos por la justicia. Y podríamos seguir con diputados, alcaldes, candidatos, jueces, narcotraficantes, familiares de muchos de ellos y otros pintorescos y llamativos personajes: Baldizón, Valladares, Estrada, Moto, etc. Póngale al genuino coctel una CSJ que cumplió hace más de un año su tiempo - aunque ahí sigue- y el de una CC que puede tomar el mismo camino. Fílmelo y titule el video “el fracaso perfecto”. 

Sin embargo, cada día nos levantamos y, con ciego y desenfrenado optimismo, emprendemos el camino saturado de tráfico y nos anestesiamos a la ida y al regreso, como una forma de huir de problemas que no queremos resolver al pensar que no son nuestros, y otros los culpables ¡Ahí está el error!

Este año se debería celebrar el 200 aniversario de la independencia. Uso el condicional porque no hay mucho que celebrar, más allá del fracaso social que hemos construido con ingredientes aportados por cada uno -no nos engañemos ni sigamos echando la culpa a los demás- unido a ese “miedo” que todo lo justifica y excluye de la acción -y consecuente responsabilidad- a quien lo esgrime. No se denuncia por “miedo”, no enfrentamos la situación adversa por “miedo” y no somos capaces de encarar a los malvados por “miedo”, así que desde ese privilegiado refugio dejamos que las cosas sucedan y siempre encontramos a quienes culpar: el G-13, CODECA, los empresarios, los políticos, el vecino, los gringos o cualquiera que en ese momento se nos cruce y sirva como excusa para justificar lo que como ciudadanos e individuos no hacemos, por “miedo”.

No se que tan difícil es aceptar que nadie vendrá a ayudarnos y que, por varias razones,  le importamos un soberano pimiento al mundo: somos un grupo social muy pequeño -insignificante- en relación con otros, advierten que no hacemos nada por ayudarnos, consumimos inútilmente la cooperación internacional,  elaboramos sistemas para apropiarnos del dinero público, y nos gusta zafarnos de las responsabilidades que tenemos como sociedad. Fuera de aquí, en cambio, las autoridades de otros grupos sociales se preocupan por sus ciudadanos y desdeñan a estos centroamericano-caribeños perdidos en la inmensidad de un mapa. Y cuando nos citan en redes sociales, y pensamos que somos relevantes, es porque hay intereses de ellos que se vulneran aquí, y evidentemente saltan sus alarmas ¿Entendió la situación real del país o necesita un médium y algo de meditación trascendental y profunda para comprenderlo?

Esta eterna primavera nos tiene alelados, y el abaratamiento de la telefonía celular nos ha llevado a estar perdiendo el tiempo en redes mientras leemos estupideces o contribuimos a que aquellas se difundan, cuando no las generamos. Dejamos lo importante -cambiar una sociedad sumamente disfuncional- por lo urgente: el tráfico, el fulano que persigue el MP o el costo de la vida. No nos interesa profundizar en nuestros errores porque somos soberbios y poco autocríticos, y nos molesta profundamente que alguien nos restriegue el fracaso que hemos permitido. Sin visible animo de cambio, nos preocuparemos más en saber el tiempo que hará en Semana Santa y olvidaremos que somos un auténtico desastre social, y únicos responsables de ello.


lunes, 22 de febrero de 2021

Legalidad y legitimidad de las normas

La ley seca, es un buen ejemplo de regla no aceptada, y por lo tanto continuamente incumplida con la aquiescencia de casi todos

Tanto la legalidad como la legitimidad, etimológicamente hablando, están en el entorno de la ley, en la conformidad con el mandato legal. En ciencia política, además, el concepto se refiere a la capacidad de un poder de ser obedecido o ejercer su acción sin tener que recurrir a la coacción, a la amenaza de la fuerza, lo que presupone una aceptación social mayoritaria de lo que aquel hará y de su autoridad. Lo ideal, por consiguiente, es que las leyes cuenten con ambas calidades: legalidad y legitimidad, así serán observadas por la mayoría de los ciudadanos que verán en ellas algo aceptable y respetable sin necesidad de aplicar la fuerza, salvo excepciones que seguro habría.

Sin embargo, cuando la teoría predominante es el iuspositivimo o positivismo jurídico, se suele desdoblar el derecho y la moral, y la norma no necesariamente pasa esos dos filtros, que se corresponden -en cierta forma- con los primeros mencionados. Se lo pongo fácil: el positivismo jurídico plantea que el derecho es un conjunto de normas dictadas -por los legisladores estatales- mediante un procedimiento formalmente válido, con la intención o voluntad de someter la conducta humana al orden disciplinario por el acatamiento de esas normas. La ley se elabora y acata, independientemente de su valor moral o aceptación social, que suelen coincidir. Así las cosas, la legitimidad se reduce o desaparece y la letra de la norma -carente de espíritu- predomina en la interpretación de los hechos ¿Le suena? 

La ley seca, es un buen ejemplo de regla no aceptada, y por lo tanto continuamente incumplida con la aquiescencia de casi todos. Otro ejemplo se observa en el actual debate sobre la elección de magistrado a la CC, donde también se aprecia el divorcio conceptual. Las normas fijan las condiciones, pero socialmente queremos hacer algo más. A los poderes que deben designar magistrados, les pedimos que apliquen filtros o establezcan procesos que nos gustaría figuraran como requisitos (legitimidad) pero que no se contemplan en la normativa (legalidad). La consecuencia inmediata es una frustración y el rechazo ciudadano a lo que no se hace, aunque el poder cumple con lo que la ley marca. Uno más se puede ver en el reciente acoso a una menor. Socialmente condenado y rechazado -como no puede ser de otra forma- se levantaron muchas voces para que el supuesto agresor sea condenado (legitimidad). Sin embargo, el delito de acoso (legalidad) no está tipificado en el código penal y, nuevamente, la legitimidad choca -en este caso- con la ausencia de legalidad. No hay tipo penal específico que se le pueda aplicar, más que buscar la forma de ajustar su conducta a delitos existentes, con el riesgo de que el juez no aprecie tal relación y lo declare inocente. Seguimos confrontando el “ser” y el “deber ser”, pero no damos los pasos necesarios para hacerlos coincidir, y nos frustramos. 

No hay de otra que cambiar el sistema que no sirve, legislar sobre lo que socialmente estamos de acuerdo y dejar de pelear normas redactadas sin legitimidad o ni siquiera existentes. Nos acostumbramos a vivir en un “No Estado de Derecho”, en el que prima la visceralidad y el calor del momento y pretendemos adaptar la ley a nuestros intereses en lugar de debatir seriamente las modificaciones pertinentes, y reflejarlas por escrito en los códigos correspondientes. Nos hemos acostumbrado a acomodar las normas a nuestras necesidades, y continuamente nos confrontamos con la realidad por querer hacer las cosas como nos gustaría (legitimidad) olvidando que lo legal termina imponiéndose por nuestra constante pasividad al cambio real.

lunes, 15 de febrero de 2021

Orwell 2021: entre chairos y corruptos

Es frecuente que nos preguntemos por qué estamos como estamos, sin advertir que la respuesta es porque somos como somos

Cuando una sociedad no es capaz de promover y sostener un debate mínimamente coherente y racional, y se despacha con descalificaciones, insultos o crea imaginarios ideológicos para incluir a personas según su parecer, está muy lejos de alcanzar un mínimo y suficiente nivel de madurez emocional. Expresiones como “pacto de corruptos” o “chairos” son profusamente usadas en redes o manifestaciones públicas para incluir a personas de las que no se habla con criterios objetivos. Ese tipo de acusaciones se ven en redes y si las responde, puede ser incluido inmediatamente en cualquiera de esos paquetes orwellianos que han venido a sustituir aquellos “dos minutos del oído” que alimentaban el espíritu de los súbditos del sistema. Todos los totalitarismos empiezan por la descalificación radical del adversario, porque el ruido social impide atender razones de fondo.

Esos bolsones prejuiciosos ni siquiera están definidos, pero se utilizan peyorativamente por algunos para descalificar. El debate nacional se mantiene tristemente en ese nivel de “calidad”, incluso aquellos de los que se esperaría una reflexión más madura, se quedan en ese ámbito de la entelequia y lo abstracto porque como decía un jefe que tuve: es más fácil y menos comprometido generalizar y descalificar a todos que confrontar a quien realmente falla. 

Todo eso, además de mostrar un significativo analfabetismo funcional y una incapacidad de abordar con racionalidad temas que afectan la vida pública y el futuro nacional, lleva a elegir a personas en función de cómo nos caen o son percibidas por otros, porque la mayoría no los conoce y se deja llevar por el criterio de aquellos que hacen más ruido. De esa cuenta, la cualificación profesional, la experiencia en el cargo, el currículo del candidato o las explicaciones que pueda dar, valen madre frente a valoraciones personalistas, subjetivas y banalizadas de quienes no tienen más que hacer que comentar en redes sociales o cuentan con dinero para pagar a otros que lo hagan por ellos. 

Ese es el nivel actual del “debate” público sobre quienes integrarán la próxima Corte de Constitucionalidad. Se habla mucho más de quien cae bien o mal que del expediente que presenta o de la capacidad que tendría -al menos teóricamente- para resolver asuntos relacionados con su cargo de magistrado, lo que terminará por afectarnos a todos. Se aprecia más a quienes están cerca de preferencias personales -normalmente basadas en percepciones- y de ahí se generan los comentarios positivos o negativos, loables o condenables. 

Es frecuente que nos preguntemos por qué estamos como estamos, sin advertir que la respuesta es porque somos como somos: despreocupados, influenciables, poco preparados para debatir racionalmente o analizar críticamente, y viscerales, sumamente viscerales. 

La razón parece que huyó hace tiempo del país y no desea regresar. Migró a otros lugares donde apreciamos discusiones profundas y aprendizaje de los errores, además de que son capaces de cambiar aquello que no les funciona, y nos fascina que otros vengan a explicarnos lo que sabemos pero no queremos asumir la responsabilidad de dialogarlo, presentarlo y finalmente adoptarlo.

Hemos creado y promovemos una guerra fría entre chairos y corruptos, al mejor estilo de aquella otra que también fue producto de la ideología. No queremos superar ciertos obstáculos porque falta capacidad para alcanzar acuerdos mínimos -finalmente es lo que se llama democracia- y seguimos enfrascados en una confrontación permanente y hepática. Parece que la “sangre llama” y me da la impresión de que si pudiéramos matarnos “un poquito más” prolongaríamos el conflicto hasta que nos duela el alma, por ahora ausente, perdida, etérea e insensible ¡Vaya desastre que somos tras 200 años de independencia!

lunes, 8 de febrero de 2021

Roma traditoribus non praemiat

Ese entramado se ha tejido dentro de una universidad privada y otra pública o en determinadas facultades o departamentos de aquellas

La historia del huido juez Moto, y su periplo por llegar a la CC, debe hacernos reflexionar nuevamente sobre el sistema de elección de jueces y magistrados. Hubo, hay y esperemos que no haya, personajes dedicados a conformar redes de apoyo y promoción a abogados, jueces y magistrados para procurarles un ascenso ordenado, y luego, como no podía ser de otra forma, cobrarles el puesto en función del valor agregado que les generaron. De esa cuenta, muchos de los leguleyos que ocupan cargos de responsabilidad fueron beneficiados con estudios de postgrado fuera del país, a donde los llevaron a pasear -no a estudiar- y les otorgaron títulos de maestría o doctorado para engordar artificialmente sus historiales de vida, consiguiendo así esos puntos necesarios para superar los filtros que establecen las comisiones de postulación. También les eximen de cumplir con las normas vigentes o les crean revistas -académicamente insostenibles- en las que publican artículos patitos para que cuenten con puntuación en las calificaciones antes citadas, o los invitan a impartir “magistrales conferencias” que podrán anotar en sus currículos. En una palabra: una maquinaria de producir valor agregado a personajes de la judicatura para promoverlos en puestos de interés, y cobrarles el servicio más tarde.

Ese entramado se ha tejido, por lo menos, en una universidad privada y en la única pública -o en determinadas facultades o departamentos de aquellas- cuyos directivos participan en esas comisiones de postulación seleccionadoras del personal, con lo que cierran el círculo. Esa es la razón por la que ciertas tesis -Baldizón o exrector Gálvez- desaparecen de la biblioteca virtual o no están disponibles para consulta pública, vaya a ser que se termine descubriendo -como ya ocurrió- que son copias burdas de trabajos de otros, no cuentan con la calidad académica necesaria o se saltaron las trancas de la normativa, como la publicación de dos artículos académicos en revista de prestigio que, al menos, cuenten con consejo editorial, lo que representa un filtro de calidad para el trabajo.

El juez Moto puede ser un subproducto de todo ese proceso. Fue muy mal evaluado por el departamento correspondiente del OJ en aspectos como redacción, razonamiento y parte resolutiva de sus sentencias, y pobremente en parte introductoria de las sentencias, precisión en los hechos, objeto sobre lo que versa el proceso, determinación de los hechos que el juez estima probados, materia probatoria y empleo de disposiciones legales. También obtuvo esa mediocridad en competencias respecto de la profundidad de sus respuestas y convicción de justicia. No comprendo como con esa puntuación se le renovó el puesto en su juzgado y no fue inmediatamente cesado, mucho menos que sea juramentado por el Congreso para la CC, especialmente cuando los honorables diputados se ufanan de cumplir con la fiscalización de actuaciones de los otros poderes del estado ¡Ja!

Si usted evalúa su expediente académico, que es lo que hay que analizar objetivamente de un profesional, también deja mucho que desear. No se le conocen trabajos académicos publicados, -salvo un par de páginas en una revista local de Izabal- y ni siquiera cuenta con el reglamentario que le debería haber exigido la USAC para graduarlo de doctorado, entre otras cuestiones que no cabe explicar aquí por su extensión.

El juez ha sido abandonado por aquellos que le apoyaron. Nadie, ni siquiera el privilegiado durante el COVID-19 presidente del Congreso, quiere echarle una mano. “Roma no paga traidores”, y cuando te tienen que sacrificar quienes te adulan, no dudan en hacerlo. Es lo que no entienden algunos tontos útiles que se prestan a esas cosas, y tanto daño hacen el país.

lunes, 1 de febrero de 2021

El que paga al músico elige la canción

Esta situación solo conduce a tres lugares: un narcoestado, una revolución o un cambio traumático que puede llegar

En 2015, un informe de CICIG puso de manifiesto que “las élites empresariales”, junto con financistas individuales,  aportaban el 25% del dinero para las campañas electorales. El otro 75% se distribuía entre el crimen organizado, el narcotráfico y apropiaciones que los políticos hacían, de diferentes formas, de las arcas públicas. El tiempo transcurrido desde entonces ha cambiado los porcentajes, y es fácil intuir que el financiamiento político actual se sustenta en comisiones obtenidas de contratos del Estado, del narcotráfico y del crimen organizado. Al sector privado tradicional simplemente lo han sacado de la ecuación, y tiene su explicación. 
La delincuencia organizada no necesita acción sino indiferencia. Es decir, no requieren de leyes o arreglos de cualquier tipo, que es lo que la “voz popular” dice que reclaman algunos financistas. Aquellos necesitan una policía y una justicia que cierre los ojos, no haga detenciones y las acusaciones desaparezcan de los juzgados, pero ninguna acción positiva a su favor. De esa cuenta es más cómodo para un gobierno recibir dinero por ser inactivo a ser financiado por quienes reclaman algún tipo de privilegio, que seguramente obliga a pactar con otros y genera más desgaste. Actualmente se observa esa situación, de ahí la preocupación manifestada en redes sociales por diversas autoridades norteamericanas, porque ello afecta a su agenda de seguridad nacional. 
El líder del partido UCN -ahora cancelado- condenado por narcotráfico en Estados Unidos, dos hermanos de diputados del mismo partido capturados por idénticos delitos, otro legislador sancionado por narcoactividad en 2015 en USA está al frente de comisión de Defensa del Congreso y muchos más pendientes de antejuicios congelados o señalados de graves delitos, amén de un etcétera más que conocido, evidencia lo dicho. A lo anterior, súmele las instituciones cedidas a partidos políticos y diputados como pago de favores, como el INSIMUVEH al partido Prosperidad Ciudadana y concretamente al diputado García Silva o los contratos de familiares, amigos e hijos de otros diputados en diferentes lugares. Un reparto de plazas públicas como pago de favores -habidos o por recibir- y que no requiere de empresarios financistas. Esta situación solo conduce a tres lugares: un narcoestado, una revolución o un cambio traumático -económico e ideológico, especialmente- que puede llegar y que seguramente radicalizará determinadas cuestiones ¡Ah, y no hay de otra!, no sigamos apostando por un salvador inexistente o por un estatus quo que se quedó rezagado en esta marcha veloz hacia no se sabe muy bien dónde.
El sector privado tiene la oportunidad -y el deber- de recuperar un tradicional papel en el liderazgo perdido, tanto en incidencia política como social. Es necesario, eso si, elaborar una agenda novedosa que incluya ciertos temas con propuestas concretas y viables: la reforma al sector justicia, la fiscalidad, el desarrollo social y especialmente la lucha contra la corrupción, y tiene que presentarse de forma diferente a como se ha venido haciendo, además de contundentemente. Es preciso salir del discurso tradicional y ponderado, y comprometerse más con ciertas dinámicas que van a una velocidad mayor que las reacciones formales. No hacerlo significará, en el corto plazo, perder la oportunidad, quedar rezagado, asumir el costo que ello supondrá y tener que reorganizarse en peores condiciones que las actuales, además de otras cuestiones no menores.
La inacción es incompatible con el ejercicio de mando, y aquel que desea incidir -y tiene la obligación de hacerlo- no puede callar o guardar silencio que pueda interpretarse -con razón o sin ella- como cómplice o apático, especialmente en un más que evidente cambio de época. 

lunes, 25 de enero de 2021

La estrategia del ruido

No se si hay una pregunta de investigación que se cuestione algo así: ¿Somos culturalmente agresores de mujeres?

En los últimos días varias féminas -entre ellas una niña de 3 años- han aparecido brutalmente asesinadas. Cada vez con mayor frecuencia desaparecen mujeres, muchas de las cuales, tristemente, aparecen muertas días después.

El análisis sobre el porqué se hace desde diferentes puntos de vistas. Hay quienes hablan de odio hacia la mujer, de machismo o lo achacan a la falta de justicia e impunidad. Seguramente todos tienen algo de razón, y unos más que otros. No creo que se pueda establecer el término “odio” como la causa principal, sería aceptar una enfermedad masculina generalizada, y no creo que la mayoría de los casos responda a ese motivo, aunque seguro está presente en algunos. Me inclino más por la impunidad y el machismo -y no por la misoginia- aunque creo que ninguna de las razones citadas puede ser la causa principal.

Cuando cursaba maestría, un profesor y amigo me dijo que hay temas que son políticamente incorrectos de tratar -algo evidente- y que nadie financiaría o promovería una investigación al respecto. En aquel momento, por dirección suya, hicimos un trabajo de campo con la clase sobre el machismo y el papel de la mujer en Oriente y Occidente. Los distintos grupos llegamos a la conclusión de que no había mucha diferencia. Es más, la mujer parecía ser más sumisa al marido en Occidente que en Oriente. Los datos quedaron reflejados en aquellos estudios.

Desconozco si hay una pregunta de investigación que se cuestione algo así: ¿Somos culturalmente agresores de mujeres? Y por ello hay que entender que se promueve, acepta y permite -además de replicarse generacionalmente- que los padres, abuelos, tíos o esposos -que suelen ser los agresores- tienen el “derecho” de agredir a las mujeres de su entorno familiar. Lo que algunos denominan sutilmente “violencia normalizada”. Como dijo mi profesor, nadie va a promover ni financiar una campaña para averiguar si este fenómeno se explica así de directo, y mucho menos si se produce más en un lugar que en otro del país ¡Dios nos libre! De la misma forma que nadie se atreve a hacer una encuesta sobre si se debe aplicar o no la pena de muerte, vaya a ser que salga que “si” y no sepamos después qué hacer. Lo mejor: dejar las cosas como están y situar esas elucubraciones en el limbo de las opiniones, las suposiciones y la discusión perdida.

Sin conocer las causas, es difícil acertar con acciones que hagan desaparecer la violencia contra la mujer. Podemos inaugurar decenas de juzgados contra el femicidio que, en el fondo, no servirán para mucho porque cada vez los casos serán más y quienes juzguen -hombres y mujeres- estarán imbuidos de esa cultural de -“violencia normalizada”, que le dicen- que los hará tomar decisiones desafortunadas, como ya ha ocurrido. Recordemos la aplicación -por una jueza- de la ley de femicidio a favor de Sandra Torres contra periodistas y fiscales de la FECI.

Seguimos queriendo tapar el sol con un dedo y no gustamos de realidades que tenemos frente a nosotros y no queremos aceptar. Continuamos divagando en el campo ideológico, militante, feminista, machista, heteropatriarcal o de cualquier otro tipo, pero no nos preguntaremos nunca si debemos cambiar hábitos culturales que desvirtúan el comportamiento propio del siglo XXI. Los latigazos públicos que algunos aceptan como parte del  “derecho consuetudinario” es una de esas aberraciones que aún persiste, y el rapto de la novia, otra ¡Ahí lo dejo!, tampoco creo que sirva de mucho mientras no aceptemos la triste realidad o cuestiones, incluso, el papel de la iglesias en todo esto.


lunes, 18 de enero de 2021

El riesgo del argumento dicotómico

Cuando consideramos a una persona o a una administración que son buenas o convenientes, admitimos y celebramos inmediatamente la injerencia

El inminente cambio de gobierno en USA y la lucha contra la corrupción en Centroamérica -y particularmente en Guatemala- promueve análisis variados sobre actuaciones asociadas de cómo lo primero podría incidir en lo segundo. 

En una entrevista radial en ConCriterio, el contertulio -persona internacionalmente conocida- se refirió, al hablar de la nueva administración norteamericana, a “la influencia correcta”, “persuadir al gobierno” y los “aires del norte”. Asociaba el nuevo gobierno Biden-Harris con los conceptos “influencia y persuasión”, lo que necesariamente reconoce y admite a un persuasor -o un equipo- porque las acciones siempre se originan en personas. En otras palabras, cuando consideramos a una persona o a una administración -la de Biden en este caso- que son buenas o convenientes, admitimos y celebramos inmediatamente la injerencia porque coincide con nuestra ideología, principios y objetivos. El problema, desde una posición lógica, es que estamos aceptando que la influencia externa es buena -aunque sea solamente cuando coincida con mis intereses- lo eso deja la puerta abierta a que otros exijan exactamente lo mismo sobre intereses opuestos. En 1944 se hizo una “revolución” consentida por USA, ahora recordada por algunos como el inicio de lo que no pudo ser, pero en 1954, siguiendo idéntica forma de actuar, también los USA cambiaron el modelo por otro que respondía más directamente a sus intereses, algo que no gusta a quienes aplauden lo primero; y viceversa.

Y es que seguimos mirando hacia afuera a ver que nos llega o nos cae, y cuando felizmente coincide con nuestras preferencias y forma de pensar lo vemos bien. Así venimos desde 1821 y “alegremente” celebraremos la independencia condicionada a los vecinos del norte que siguen viendo como lo que somos: sujetos incapaces de diseñar, construir y luchar por nuestro propio destino que debería ser lo más importante. No estamos dispuesto a mirar hacia adentro de cada uno de nosotros -y de la sociedad que conformamos- y preguntarnos cuándo vamos a cambiar lo que tenemos por algo que nos sirva, y dejar de apostar para que llegue un demócrata, un republicano o un marciano que “nos ayude” a salir del atolladero en el que estamos metidos pero de donde no hacemos suficientes esfuerzos por salir. El riesgo que corremos -y que llevamos 200 años experimentando- es que no superamos la permanente polarización entre quienes gustan del interventor de turno y aquellos que añoran al comisario sustituido, repitiendo periódicamente idéntico modelo. De esa cuenta ¡que bueno era Trump para algunos!, mientras otros ya suspiran por apoyar las nuevas bondades del norte que llegarán a través del señor Biden, el bueno del próximo cuatrienio ¡Valiente superficialidad y perdida de tiempo la nuestra, y así nos va, claro!

No entendemos -o no queremos entender que creo que es mejor descripción- que los gobiernos norteamericanos, esté quien esté, miran por sus propios intereses -cómo debe de ser- y alguna veces nos salpican con dádivas porque con ello cumplen sus objetivos. Lo demás son “cuentos chinos” tipo Oppenheimer, ilusiones ópticas de soñadores eternos o falta de realismo al analizar la historia y la política. A mí, en lo personal, me da mucha pena escuchar a algunos que, en lugar de echarle ganas, responsabilizarse y trabajar, terminan depositando sus esperanzas en los “amigos del norte” ¡Vaya mundo miserable que nos espera sino cambiamos! Tampoco nada nuevo a lo que llevamos haciendo desde hace dos siglos y parecemos dispuestos a prolongar dos más.


lunes, 11 de enero de 2021

In God we trust. Well, well

¿Por qué el votante norteamericano eligió a un neófito frente a una mujer que había estado toda su vida en la política?

Trump nos ha puesto de acuerdo en algo: el populismo y la demagogia -como el COVID- no reconocen fronteras ni países y todos -unos más que otros- corremos el riesgo de padecerlo en algún momento. No es momento de promover una aprovechada, falsa e interesada dicotomía entre derechas -republicanos- e izquierdas -demócratas- sin advertir que, como dijeran Levitsky y Ziblatt en su libro “Cómo mueren las democracias”, no se trata de ideologías políticas sino de populistas, políticos antisistema que afirman representar al pueblo y terminan haciendo colapsar las democracias.
En este debate acalorado, no es de recibo señalar a unos y ser benévolos con otros, porque ambos son culpables. Los demócratas, pusieron en duda el sistema del colegio electoral cuando ganaron el voto popular pero perdieron el número de representantes, una de esas veces con Trump. Ahí comenzaron a cuestionarse el modelo. Ahora, sin embargo, es Trump quien duda del voto por correo, porque cree que ha beneficiado a sus opositores. Tanto unos como otros, sin embargo, aceptaron siempre, como reglas indiscutibles, el colegio electoral y el voto por correo, hasta que les fue mal y entonces se cuestionaron procedimientos que sostenían el sistema ¡Una suerte de oportunismo político que abre la caja de Pandora!
Lo que el ardor de la coyuntura ha impedido cuestionar son dos cosas importantes, una en mayor medida que la otra: la falta de liderazgo político en ambos partidos y cómo Trump llega al poder y lo pierde justamente frente a quien se lo arrebató años atrás: Biden, al que había “sustituido”. Respecto a la falta de liderazgo, hay que señalar que Hilary Clinton fue una candidata demócrata que perdió frente a un extraño de la política como lo era Trump ¿Por qué el votante norteamericano eligió a un neófito frente a una mujer que había estado toda su vida en la política? ¿No hay más liderazgo en USA que Biden, Hilary o Trump? ¿No se renueva la cúpula de los partidos para que haya suficiente oferta política? Respecto de lo segundo, hay que cuestionarse por qué los votantes que descartaron a los demócratas cuatro año atrás, se separan ahora de los republicanos y vuelven a elegir, a quien “castigaron” entonces ¿Nos encontramos ante un votante descerebrado, mal informado o que reaccionó a la administración Obama-Biden que no respondió a las exigencias ciudadanas? ¿Qué pasó?, porque no entenderlo impide comprender cómo se llegó al punto en que ahora estamos.
Los populistas, en todo el mundo, llegan al poder por antecedentes no corregidos en la dinámica de esa democracia amplia que ya nadie define ni entiende de igual manera, y ahí está el riesgo. El ciudadano cree que el gobierno puede y debe proveerle “sus derechos”, muchos de ellos elaborados en grupos de trabajo y convertidos en tales. Se le ha vendido la idea de que es sujeto de educación, salud, trabajo, vivienda, etc., todo gratis, y el ciudadano considera que la democracia y sus líderes deben proporcionarle todo eso y mucho mas, aunque nadie habla del costo que representa, quien lo paga ni la imposibilidad real de hacerlo. 
No hay referentes puros, inmaculados o no contaminados y lejos de seguir pensando que los norteamericanos deben ayudarnos y solucionarnos nuestros problemas, debemos tomar las riendas del país, antes de que el populismo y la demagogia nos alcancen y nos arrastren a un fondo del que nos será muy difícil salir porque nuestras instituciones son débiles y nuestra capacidad de reacción mucho menor que la de los vecinos del norte ¿Será que tomaremos nota para el 2023? Creo que no.



lunes, 4 de enero de 2021

El año 2021 que recién inicia

Cada institución pública pareciera estar hecha para depredar, con estructuras sólidas construidas por años

Hay ilusos -optimistas se denominan ellos- que piensan que el inicio de año es “borrón y cuenta nueva”, sin advertir que el tiempo, en su inmensidad, no entiende de barreras mentales que el ser humano coloca a su comodidad y conveniencia. Nos pegamos media vida -o toda ella- estableciendo nuevos propósitos que se diluyen a lo largo de los meses venideros, en lugar de continuar, aprovechar o valorar lo aprendido hasta el día anterior, ese 31 que enterramos anualmente con ahínco. Es como el padre que cree que su hijo, universitario en enero, es diferente al escolar de noviembre recién pasado.

El año que inicia no será todo lo agradable que pudiéramos esperar, así que es mejor mirar los datos fríamente para saber donde estamos. Somos el penúltimo país de América Latina con menor deuda fiscal -25.2% del PIB- lo que permite endeudarnos si realmente quisiéramos invertir en el futuro en lugar de seguir anclados en un pasado permanente. Otros no pueden hacer lo mismo porque ya utilizaron esa reserva de la que disponemos. La economía, dañada en todo el mundo, no se ha visto tan afectada en Guatemala y siempre hay un margen para la recuperación progresiva o, si se desea, para que el impacto del decrecimiento sea mucho menor que en otros lugares ¡Claro que con un 70% de la misma fuera del marco legal -sumergida- tampoco podemos esperar mucho análisis económico. Los inversores buscan previsibilidad, es decir, acciones de gobiernos que no sean cambiantes y Estado de Derecho que no dificulte la dinámica económica. No somos los mejores en ese espacio, pero, detrás nuestra están México, Honduras y Nicaragua, con lo cual podemos “ejercer cierto liderazgo regional”, en la medida que corregimos esos aspectos que, junto con las protestas sociales, terminan espantando la atracción de inversiones.

La corrupción nos come por donde la miremos. Cada institución pública pareciera estar hecha para depredar, con estructuras sólidas construidas por años. No importa la cantidad de fondos que ingresen, ya que se acoplan para ver como repartírselos: pactos colectivos, bonos con nombres ignominiosos, plazas fantasma, a dedo o de amigos y contratos con aquellos que les paguen mordidas. O salimos de eso por nuestra cuenta o formaremos un lodazal en el que nos hundiremos con el tiempo. No vale solo con denunciarlo, hay que tomar acciones al respecto y eso inicia por el cambio de actitud personal. No nos engañemos: estamos así porque muchos lo permiten y se benefician de ello.

La desnutrición es otro tema que hay que abordar contundentemente. No es de recibo que se mueran personas de hambre en ninguna sociedad del siglo XXI, y aquí es algo demasiado normal que no preocupa realmente a todos aquellos que manejan el discurso. Un debate serio en el Congreso -aunque sea pedir demasiado- sería oportuno y desnudaría a más de un partido; quizá por eso no se produce.

Y podemos seguir con una largo etcétera de tareas pendientes: agresiones sexuales, homicidios, falta de justicia, de carreteras, de educación y de salud…, y como dijera Buzz Ligthyear: al infinito y más allá. No tengo, sin embargo, mucha fe en los cambios porque justamente haremos ese borrón y cuenta nueva que impide mejorar la línea del tiempo perdido. Comenzaremos con buenos deseos y, poco a poco, como siempre ha sido, la anestesia nos irá pasando hasta volver a sentir lo habitual: el desastre que como sociedad representamos. Culparemos a los políticos, tranquilizaremos nuestra conciencia y nos dispondremos a celebrar 200 años de independencia. Así transcurrirá el 2021, para llegar a hacer algo parecido en el 2022.