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lunes, 26 de julio de 2021

Manual para detectar desastres

El país sigue confrontado porque la lucha de intereses es profunda, y en medio, la corrupción y el narcotráfico hacen fiesta calladamente 

Dos hechos encadenados y sorpresivos sucedieron el fin de semana: la destitución del fiscal Sandoval -y sus declaraciones- y las explicaciones de la fiscal general. Tras la primera, desde vehículos generadores de opinión -como son las redes sociales- se esparcieron mensajes y hashtags; después de la segunda se unieron a los genuinos perfiles críticos otros recién creados, inactivos o anónimos. Los comunicados iban en dos direcciones: el apoyo al ahora exfiscal y la solicitud de dimisión de la fiscal general. Perfumó el ambiente declaraciones de algunos funcionarios USA que suelen hacerse notar en momentos especiales, al igual que hace unos años otros hicieron lo mismo en sentido contrario. Una suerte de activismo demócrata-republicano que suelen aprovechar para sus fines quienes se han tropicalizado en demasía.

El exfiscal Sandoval hizo graves declaraciones contra el actuar del MP y de su titular, y señaló interferencias en ciertas investigaciones, así como persecución y acoso a algunos fiscales. La fiscal general adujo que la FECI no registraba los casos en el sistema del MP y actuaba por su cuenta -según le parecía- sin informar ni seguir las instrucciones correspondientes. Los comentarios se decantaban por aquel que mejor caía porque en las redes no se vio el mínimo atisbo de debate o discusión sobre el fondo de los temas, característica propia de sociedades poco democráticas.

Mientras, yo me ocupaba de terminar un trabajo de “sociales” con mi hija porque la maestra tuvo el “atrevimiento” de pedirle que explicara si Guatemala es un país en construcción. Después de la “bibliografía visual” -producto del intercambio de acusaciones- creo que obtendremos buena nota en la redacción de ese trabajo escolar. Guatemala -esto no lo puso en su redacción- es un país genéticamente caudillista, profundamente visceral y sustancialmente anárquico. La identidad nacional que se proclama de muchas formas está ausente, y la ciudadanía, sin saberlo, reclama -y necesita- permanentemente un autoritario al frente que la ponga en orden, porque es incapaz de tomar las riendas de su propio destino. Las personas siguen siendo más importantes que construir la institucionalidad, y cada vez se ejemplifica más y mejor la basta literatura sobre el rol de las masas.

Con la facilidad del exterminador de cucarachas -y con idéntico sentir- se juzga, condena, destruye o justifica no importa que cosa. Lo trascendente es poder gritar -y fuerte- de vez en cuando, a modo de aquellos desahogos orwellianos del odio. No hay voluntad de contrastar opiniones, de analizar ni mucho menos de escuchar, valorar o identificar razones. Si lo dice “Juan”, y me satisface, enseguida lo tomo como letanía; si es “Pedro” quien lo afirma, sencillamente lo destruyo porque va en contra del mantra ¿Para qué perder el tiempo en buscar la verdad si lo importante es que me acoja el rebaño, o se incrementen los likes?

El país sigue confrontado porque la lucha de intereses es profunda, y en medio, la corrupción y el narcotráfico hacen fiesta calladamente. No queremos razones, porque gustamos de emociones, mucho más irresponsables y menos comprometidas, además de adaptables al momento. Tenemos malos, malísimos gobiernos, pero aquellos que pretenden sustituirlos están absolutamente desubicados, algo que también vemos en esos países con autoritarios emergentes. En el fondo, una sociedad en construcción en la que faltan albañiles, materiales e insumos varios. Nos gobiernan quienes se parecen a nosotros, pero estamos distraídos y muy lejos de hacer una catarsis medianamente sensata y profunda para cambiar porque es más divertido -y revolucionario- tocar tambores, componer letras espantosas, tuitear insultando o distraernos para superar -embolados, como decía el Nobel- la triste cotidianidad. ¡En dos días, hablaremos de otra cosa!

lunes, 19 de julio de 2021

Los ideales de la Revolución Francesa

Poco o nada se habla de la fraternidad y frecuentemente se ignora la necesidad de fomentar y promover la ciudadanía

Celebramos este mes aquel lejano 14 Juillet. Los principios de Libertad, Igualdad y Fraternidad, además de Ciudadanía -quizá tan importante como los otros y necesario para construir el soporte de una democracia- parecieran que no calaron en esta parte del continente. Mientras que en Europa -más tarde que temprano- se asentaron, es momento de preguntarse y reflexionar qué tanto están presente en la realidad latinoamericana, especialmente con la celebración de estos 200 años de independencia.

No hay discurso, debate ni texto político o social que no incluya la libertad y la igualdad. De hecho, este último -la igualdad-, se ha manoseado por activa y pasiva, y quizá hasta desvirtuado de aquel que se promovió en 1789 y que se refirió a una igualdad ante la ley -en derechos y obligaciones- de todo ciudadano. Sin embargo, poco o nada se habla de la fraternidad y frecuentemente se ignora la necesidad de fomentar y promover la ciudadanía, otros de los valores heredados de aquellos sucesos.

Pareciera ser que queremos ser iguales y libres en un mundo en el que no se practique la fraternidad -o no se entiendan y se desarrollen los valores que conlleva- y tampoco sea necesario ejercer la ciudadanía. Ser ciudadano no es si no participar responsable y activamente en el diseño del destino del grupo social al que se pertenece. La contraposición con ser súbdito -justamente lo que intentó destruir la Revolución Francesa- consiste en no dejarse llevar por las decisiones de un poder absolutista, y analizar, debatir, informarse y tomar acción en la dinámica social diaria que desarrolla toda sociedad.

Aquí, por el contrario, pareciera ser que la visión absolutista -o el pensamiento y aceptación del poder de otro- está tan asentada que constantemente se espera a alguien todopoderoso que arregle los problemas que padecemos, y lo aceptamos con sumisión histórica. Cuando se genera el debate, las preguntas más frecuentes son: ¿qué podemos hacer? o ¿quién va a arreglar esto?, que proyectan la sensación de que sea otro quien tome las riendas pero que uno mismo no sea molestado ni implicado. Dejamos nuestro futuro en manos de aquellos a quienes decidimos elegir con inconsciencia e inconsistencia, pero el modelo permite culparlos y lavarnos las manos de nuestra irresponsabilidad, que nos sacudimos. El deporte nacional favorito no es el futbol, como en otros lugares -y quizá por eso el continuo fracaso de la selección- sino la crítica permanente y poco edificante de la realidad nacional -económica, política y social- que dejamos construir a otros por falta de ciudadanía, pero que permite la queja continuada. 

El valor de aquellos revolucionarios de finales del XVIII es que tomaron las riendas en sus manos e impidieron -no sin altibajos- que el absolutismo monárquico los consumiera por más tiempo. Luego, aquella filosofía se extendió por el mundo y el responsable ejercicio ciudadano es la forma de actuar de la mayoría de las personas en países desarrollados. Aquí pareciera que llegó parcialmente el concepto pero no la inercia, y determinadas circunstancias -que ya deberíamos haber superado- nos mantienen todavía como súbditos de un poder que ni siquiera identificamos.

Sobre la fraternidad es más difícil hablar porque para ello es necesario una conciencia nacional de la que carecemos. La historia, desde 1821, ha trazado una autopista de un solo carril por la que únicamente se puede manejar en una dirección, y no todos, así que sencillamente el concepto no se trata. La mala noticia es que como leemos poco, es posible que nos enteremos de todo esto dentro de 100 años, o quizá ni eso.

lunes, 12 de julio de 2021

La permanente crisis nacional

Un discurso manido y manipulador que polariza el debate entre quienes se creen “buenos” y aquellos a los que señalan de “malvados”.

La política es una lucha por alcanzar el poder y aunque no todo es válido, algunos no terminan de entenderlo. De esa cuenta, y desde el inicio de la democracia, los distintos grupos políticos del país han accionado precisamente para llegar al poder, demasiadas veces sin observar requerimientos éticos y morales. Aquello de que el fin justifica los medios sencillamente no ha muerto y en esta administración no ocurren cosas muy distintas a las de años atrás. La diferencia sustancial es que, por primera vez, una minoría de diputados ha tomado el poder con ayuda de varios grupos, y desplazado a la mayoría dominante desde 2008. 

La actual coalición en el Congreso no se ha formado por acuerdos pragmáticos de incidencia social, sino por intereses particulares, algo tampoco distintos a lo que antes ocurría. Años atrás, había que contentar a uno o dos grupos de la oposición PP, LIDER, FCN, etc., pero en esta ocasión -de ahí lo llamativo- la suma de votos requerida para contar con mayoría requiere pactos o sobornos más amplios. 

En este complejo escenario concurren, además, actores fuertemente ideologizados y con aspiraciones no satisfechas. Grupos que pensaban que todo estaba “cocinado” advierten que se les cae el sistema que habían organizado y sustentado. La CC de hace unos años satisfacía a cierto entorno que se considera incólume e impoluto, pero la actual ha cambiado de manos y quienes en estos momentos la apoyan son señalado de corruptos, por aquellos otros puritanos. Un discurso manido y manipulador que polariza el debate entre quienes se dicen “buenos” y aquellos a los que señalan de “malvados”. 

Lo anterior ha coincidido, además, con un cambio de gobierno en los EE.UU., y alimentado esta situación de crisis. Personajes protegidos bajos las enaguas demócratas, recurren a señalar “de corruptos” a quienes no actúan como ellos, además de generar dinámicas confrontadoras y presentarse como paladines de la decencia política. Hay incluso quienes promueven sondeos tuiteros para ver quien debería ser el próximo presidente del país, aunque acotan la selección a sus amigos o promovidos. Una militancia abierta que disimulan pero no terminan de reconocer, y que hace pensar si no la llevaban ejerciendo años atrás, aunque nos confundieran con discursos grandilocuentes y acciones distractoras desde otras instituciones. En el país se acciona de idéntica forma, y surgen igualmente protagonistas que, bajo el paraguas de su función institucional, hacen una clara militancia política -con el correspondiente sesgo ideológico- que se suma a la de los “exiliados”. 

Y es que no terminamos de madurar porque la generación que litiga ha crecido con cierta contaminación histórica que es necesario superar, mientras subyace el enorme riesgo de que se traslade a nuevas generaciones y que sigan actuando con idéntica visceralidad.

Es difícil abordar esta discusión sin ser tachado de “chairo o corrupto” -calificativos de los que me quiero separar- porque en el fondo es producto del desánimo de quienes han perdido determinados anclajes institucionales que manejaban sutilmente, y les permitían contar con cierto poder político o de presión, frente a otros que lo han recuperado y pretenden resarcirse de los vejámenes sufridos en el pasado inmediato.

No entendemos que tenemos un sistema agotado del que no es fácil salir, y 200 años de independencia muestran que no han sido suficientes para ponernos de acuerdo en cuestiones esenciales. La lucha parece continuar mientras mueren niños de hambre, el desarrollo no avanza, el crecimiento económico es insuficiente y la enseñanza lleva dos años paralizada. De la salud mejor ni hablar. De momento seguimos vivos, y con eso nos conformamos ¡Vaya legado el nuestro!

lunes, 5 de julio de 2021

¿Justicia por principios o a la carta?

Al criminal se le vence con la ley en la mano, la acusación sustentada y el juicio público, lo demás son manipulaciones

En 2003, Estados Unidos invadió Irak bajo la justificación de que contaban con armas de destrucción masiva. Tiempo después se supo que nunca las hubo. Acababa de aplicarse la “legítima defensa preventiva”, un constructo semántico que incluía “legítima defensa” pero que no tenía que cumplir con los requisitos de aquella, ya que se podía construir el marco justificativo necesario para legitimarla ¡Claro, solo posible para potencias mundiales!

Poco antes de aquella fecha se había activado el centro de detención de Guantánamo, prisión para “combatientes enemigos ilegales” recluidos por tiempo indefinido y sin derecho a la justicia ordinaria. Años después, un comando militar intervino en Pakistán y “desapareció” a Osama Bin Laden un terrorista sin juicio ni sepultura conocida, aunque no alteró mucho a la comunidad internacional porque había sido señalado por la justicia norteamericana. Pocos días atrás, se publicó un lista que incluye a personas señaladas de corrupción o de pertenecer a estructuras criminales, aunque muchos de ellos no han sido acusados en tribunales. 

Me puedo sumar a la idea de que Sadam Hussein (mantenido en el poder por sucesivas administraciones norteamericanas) era un asesino; Bin Laden un terrorista despiadado, y quienes están en la lista Engels personajes oscuros o delincuentes. Sin embargo, las actuaciones descritas no se enmarcan en el Estado de Derecho al que aspira una sociedad de personas libre que invoca constantemente la observancia de los derechos humanos. La razón de Estado ha sido esgrimida tradicionalmente por los gobiernos para actuar, arbitrariamente y con aparentes visos de legalidad, contra opositores, y fue el argumento de regímenes represores que se acogían a la doctrina de seguridad nacional. Por tanto, no es aceptable condenar la actuación de unos y aplaudir la de otros cuando se hace bajo idéntico esquema argumentativo.

No faltarán quienes desdigan lo anterior con la tesis que hay Estados solidos y democráticos y otros que no lo son, admitiendo lo que hacen los primeros y rechazando idénticas acciones de los segundos. De ser así, están legalizando ciertos prejuicios y arbitrariedades, y justificando la “dictadura buena” o si se quiere el no Estado de Derecho, cuando es aplicado por “un buen Estado”, concepto a todas luces subjetivo e interesado.

El Estado de Derecho requiere de normas generales y universales y no de conceptos propios del “Derecho penal del enemigo”. Al criminal se le vence con la ley en la mano, la acusación sustentada y el juicio público, lo demás son manipulaciones. Un Estado puede negar el ingreso a su país a aquellas personas que el gobierno de turno considere, pero no puede publicar una listado que somete al escarnio mundial a quienes no han sido acusados formalmente, juzgados o condenados. Por cierto, actuación que únicamente hace con extranjeros y no con nacionales porque violaría las garantías constitucionales de sus ciudadanos ¡Cómo si la violación no existiera cuando no lo son!

Se puede entender al poderoso desde la acción política -siempre ideológica- pero nunca justificarla desde la concepción filosófico-jurídica, porque cuando eso ocurre se pierde la razón. A los criminales -y en Guatemala sobran- se les detiene, acusa, juzga y condena, pero no se les vilipendia sin posibilidad de defensa porque no es justificable la lucha por los DD.HH. desde la violación de aquellos. El individuo no tiene que demostrar su inocencia; el sistema debe probar la culpabilidad. Pensar al revés lleva a la destrucción de la democracia liberal y del Estado de Derecho, aunque lo hagan los norteamericanos que son tan justos y correctos a pesar de 1954 o 1982, o lo tomemos como una forma de colonialismo habitual y aceptado

martes, 29 de junio de 2021

Me llamo Guatemala y soy un desastre

Digámoslo claro y abiertamente: creemos nuestras propias fantasías, lo que puede ser otro síntoma de adicción no superada

Ha transcurrido medio año de este 2021. Aquellas buenas intenciones de hace seis meses -o las de hace año y medio- parecieran haberse quedado atrás, como siempre. Deseamos que las cosas ocurran pero no ponemos mucho de nuestra parte y, al igual que cuando se tiene una adicción, es preciso reconocerla antes de comenzar a combatirla.

Un semestre más escuchando quejas sin que se levante la voz interior y personal del cambio. Suplicamos permanentemente que otros vengan a transformar lo que uno mismo no está dispuesto a hacer, y escondemos la cara porque nos refugiamos en un miedo histórico para no asumir la responsabilidad que nos corresponde. Ocurre en sociedades en las que no hay una marcada lucha por su independencia. 

Hace dos siglos cambio el sistema pero no la idiosincrasia, y seguimos con el complejo de supeditación al poder que nos dejamos imponer, cuando no colaboramos para que eso ocurra. Desde pequeños, entonamos frecuentemente el himno repleto de frases grandilocuentes de hechos por suceder: “..., si mañana tu suelo sagrado…”, lo que quizá nos sirve para hacernos creer que peleamos, luchamos y seremos capaces de hacerlo algún día. Destacamos una independencia “sin choque sangriento”, pero también sin saber quienes fueron aquellos que “lucharon un día encendidos en patrio ardimiento…”. Digámoslo claro y abiertamente: creemos nuestras propias fantasías, lo que puede ser otro síntoma de adicción no superada.

Hemos construido -o dejado construir- un sistema ineficiente en todo. Nada funciona en el país, salvo aquello que individualmente algunas personas acometen, con muchísimo éxito por cierto, lo que denota capacidad y creatividad. Como sociedad, en cambio, somos un subrayado fracaso. No nos funciona el sistema de salud, tampoco el de educación, el de justicia, el de pensiones, los pasaportes, las aduanas…, y así podemos continuar con el resto, aunque seguimos soñando desde las nubes a donde diariamente nos lleva el cóndor y el águila real, sin que nos acordemos de bajar de ahí y poner los pies en el realismo de la tierra.

Las veces que recordamos avances significativos en el país ha sido de la mano de un dictador, no en vano los recuerdos de Ubico y de Ríos Montt están en la genética de muchas generaciones que aplauden aquellos gestos, o en una inacabada “revolución del 44” que muchos presentan como la panacea nacional, sin advertir que siempre fueron los mismos quienes estuvieron detrás de los hilos que mueve este país cual marioneta del destino.

Nada cambiará, hasta que cada uno cambie. No podemos seguir asumiendo que hay que tener amigos para encontrar un trabajo ni que un cuate debe darme la cola que por no ser puntual y llegar tarde me sitúa al final de la misma. No deberíamos continuar buscando al sindicato magisterial, al de salud o al de puertos para poder optar a una plaza de trabajo, ni hipotecar varios salarios con personajes oscuros que manejan el mercado laboral público. Tampoco dejar de confrontar ciertas situaciones sobre la base de un miedo hipotético que sirve de excusa e impide revelar a quienes depredan los recursos públicos y hacen negocios espurios con las medicinas, los libros o los alimentos, lo que condena a muerte a muchas personas.

En un nuevo aniversario de la revolución liberal, que tampoco cambió las cosas de fondo en el país -aunque mostró una cara nueva en cuestiones de formas e importó novedades para la época- es hora de sentarse en el circulo de la verdad y confesar abiertamente: “Hola, me llamo Guatemala y soy un desastre”, y afrontar un problema histórico suficientemente diagnosticado que nos mata silenciosamente.

lunes, 21 de junio de 2021

La mala educación y la educación mala

Tenemos lo que hemos permitido: un sistema inútil, depredado, cooptado por sindicalistas perpetuos y manipulado por el poder político 

La pandemia ha hecho que nos preocupemos de lo urgente -las vacunas- y desplacemos lo importante. En todo caso, y como descargo, sin pandemia tampoco nos hubiésemos preocupado por lo estratégico porque somos un país de coyuntura, del día a día, del momento, y pensar más allá de unos pocos meses nos da pereza o sencillamente no estamos acostumbrados.

En pocos años la pandemia estará superada o habrá medidas de control suficientes para poder seguir viviendo con ella. Lo que será imposible recuperar es el tiempo perdido ya que decenas de miles de niños no pudieron educarse por falta de un sistema educativo público eficaz. El año pasado fue absolutamente inútil y se finalizó el curso escolar sin haber alcanzado un mínimo y suficiente porcentaje de resultados. Este año está siendo aún peor.

El sistema de educación estatal estaba absolutamente desmantelado -igual que el de salud- y el COVID-19 vino a mostrar la cruda realidad. Se cerraron las escuelas desde el primer día, sin alternativa posible, como si tuvieron muchos centros privados. La conectividad no existe, al igual que tampoco los pupitres, el suelo de losa o los techos que no filtren agua, por no hablar de los baños, el patio para el recreo o un mínimo ambiente agradable. Y si, los dos sindicatos históricos más depredadores son salud y educación, por si desea buscar alguna correlación directa con los problemas más impactantes.

Este año, mientras el sistema educativo privado iniciaba después de las fiestas de Reyes, el público decidió no hacerlo hasta finales de febrero, porque no había prisa alguna, y llevaban razón ¿De que servía iniciar el ciclo escolar antes si a estas alturas seguimos sin capacidad para enseñar virtualmente? Las escuelas carecen de tecnología y los maestros tampoco cuentan con el entrenamiento necesario. En pocos años tendremos universitarios de primero básico y el potencial humano para enfrentar inversiones no existirá porque el nivel bajo de ahora se tornará mucho menor.

Tenemos lo que hemos permitido: un sistema inútil, depredado, cooptado por sindicalistas perpetuos y manipulado por el poder político de turno. Acabar con el analfabetismo -al igual que con la desnutrición o la mala salud- no es prioridad de las autoridades, con honrosas excepciones que también las ha habido. Y cuando el sistema de justicia estaba a punto de sacar a uno de los personajes más nefasto de este país: Joviel Acevedo, la UNE, manipulada por Sandra Torres, decidió incorporarlo nuevamente para que pudiera continuar con esas prácticas chantajistas a las que se han acostumbrado unos y otros, y el ciudadano ha consentido. En breve veremos seguramente la contratación de miles de maestros -aupados por el sindicato en connivencia con el ministerio- que quedarán en sus casas mientras nos hablan de “los logros educativos” y se negocia la próxima subida salarial.

Estamos sin salud, sin carreteras, sin seguridad, sin medio ambiente, sin programas sociales…, y sin educación, aunque no hay malas calificaciones o reprobaciones sino más bien aprobados colectivos -por decreto- de inexistentes cursos que no se imparten porque no hay forma humana de hacerlo en esas condiciones. La mala noticia -las anteriores no son todas- es que seguimos enfrascados en la coyuntura, como es habitual, y de esas carencias ni se habla ¿Ha oído usted de alguna iniciativa parlamentaria?, ¡por supuesto que no!, todos necesitan a don Joviel para sus próximas elecciones. Y es que los menores no votan, pero los papás si, a ver si lo entendemos y superamos la tradicional pasividad chapina que nos lleva del barro al fango y de ahí al estercolero. 

lunes, 14 de junio de 2021

¡Nos merecemos un morongazo!

Una ola ideológica aplaudida por quienes no han gastado una gota de sudor en construir nada porque todo se lo dieron hecho

El triunfo de Castillo en Perú pone de manifiesto la ola populista-izquierdista que invade la política, no sólo en América sino en medio mundo. El ciudadano moderno y tecnológico parece no ser consciente de lo que puede dar realmente de sí la democracia, el gobierno y la política, y se deja llevar por emociones.

La generación baby boomer nació prácticamente en dictaduras o regímenes autoritarios. Dedicó su juventud a combatirlos e instaurar sistemas democráticos, a pesar de que la situación no estuvo ausente de violencia. La generación X reforzó todo aquello e hizo posible que los milennials nacieran en un ambiente pacífico que se fue consolidando y tecnificando exponencialmente con el tiempo. La mayoría de los jóvenes latinoamericanos no se identifican con estrofas de himnos nacionales que ensalzan la lucha, las armas o el patriotismo para lograr la libertad, porque sencillamente nacieron en una paz que construyeron sus progenitores. De hecho, los conflictos más crueles que suelen vivir esos patojos son la ausencia de internet, la perdida del celular o el trabe de la computadora.

Creen, sin embargo, que el sistema político heredado les debe de pagar la universidad, la salud o proporcionarles trabajo. Viven reclamando derecho sin escuchar la palabra obligación, y no han leído -ni se les ha enseñado- que el listado de derechos -más allá de los individuales- se elaboró artificialmente en comisiones ad hoc. El derecho a la educación -confeccionado entre 1947/48- es un buen ejemplo de ello, particularmente el papel de Estado y de los padres, algo que continuamente se reclama y que seguramente muy pocos han leído. En pocos años tendremos derecho a internet, celular y seguramente un carro eléctrico para nuestra adecuada movilidad ¡Si viven lo verán, como otras cosas!

Con el tiempo, el ciudadano se educa -o lo educan- más irresponsablemente, y cede al gobierno decisiones importantes que afectan su vida, porque “hay otro” que lo hará por él: el Estado, un constructo jurídico-político -sin cara, teléfono ni dirección- al que culpamos de todos nuestros males. En ese ambiente revolucionario,  construido sobre ideas fracasadas históricamente -socialismo- se vende ahora, aunque en versión siglo XXI, el izquierdismo y el populismo. El discurso clasista aparece de nuevo y surgen quienes prometen todo aquello que el votante, ausente de lectura, educación, experiencia y entendimiento del pasado reciente, desea escuchar. No hay que pagar la educación ni la salud porque es un “derecho constitucional” y todo eso le será concedido en la medida que vote a quien lo promete. Una especie de política neopentecostalista en la que los cantos y la hipnosis colectiva llevan al poder a quienes en poco años hace prisionero o esclaviza al ciudadano que lo eligió ¿Escuchó hablar de Cuba, de Venezuela o de Nicaragua? Pues amplíe la colección a Brasil, Chile, Colombia o El Salvador. Una ola ideológica aplaudida por quienes no han gastado una gota de sudor en construir nada porque todo se lo dieron hecho.

Aquí, perdidos entre océanos, seguimos con nuestras preocupaciones localistas -hasta pueblerinas- y nos distraemos con la visita de Kamala -o Kámala, como gustan de pronunciar- quien, por cierto, sigue una tónica similar a la descrita, mientras pensamos en el próximo salvador de la patria, porque nosotros, con nuestra particular idiosincrasia, no vamos a hacer nada. En definitiva, buscamos, para dentro de un par de años, alguien que nos convenza de todo lo que nos dará gratuitamente y que tenga mezcla de Ubico, Gooebels, Gandhi y algún guapo-moderno del momento. La verdad es que nos merecemos un morongazo por no entender eso tan viejo de: “Mal de muchos consuelo de tontos”

lunes, 7 de junio de 2021

¡Vaya camelo el de Kamala!

El fondo del asunto es una sórdida pugna por la consolidación de la visión más socialista en las filas demócratas

La visita de la Vicepresidenta Harris había despertado muchas expectativas, y algunas pasiones. Venir a Guatemala y luego a México, y obviar El Salvador y Honduras, nos posiciona como punto de interés, y genera análisis variados.

Algunos candorosos creían que traería soluciones milagrosas para el tema central de su misión: solucionar el problema de la migración hacia los USA, pero olvidaron aquel dicho de “Lo que no puede ser, no puede ser, y además es imposible”. A lo sumo, en los próximos 15 o 20 años se podría reducir el número de migrantes siempre que ese tiempo se utilice para cualificar mano de obra, reducir la violencia y garantizar la seguridad jurídica, entre otros importantes pendientes por resolver. Mientras, sólo queda reforzar las fronteras y aplicar la ley, de ahí que días antes de su venida se anunciara la creación de un “centro de recursos para migrantes”, lo que certificó la política trumpista de tercer país seguro, duramente criticada en su momento, pero ahora sibilinamente aceptada e implementada por el gobierno norteamericano. Veremos si después de esta administración no suman más los deportados y los expulsados.

Biden es Presidente porque hubo que unir esfuerzos contra Trump y, para tal fin, sumaron al binomio a Harris, a pesar del temor de los demócratas moderados de que la visión Kamala permee el partido porque su posicionamiento es demasiado liberal, en esa interpretación norteamericana de pensamiento de izquierda. Por tanto, don Joe -más hábil que eficaz- encomendó a su Vicepresidenta arreglar un problema no solucionado -ni solucionable en muchos años- lo que requiere convergencia con los republicanos: frenar la migración de centroamericanos hacia Estados Unidos. Aún establecidas las condiciones suficientes para que esto sea una realidad -trabajo al menos de una década- nunca se logrará totalmente porque siempre habrá un atractivo en el Norte superior al de quedarse aquí. El fondo del asunto es una sórdida pugna por la consolidación de la visión más socialista en las filas demócratas y Kamala, que ya se ve candidata, promueve su política dentro del partido, y además de hacerlo en Estados Unidos viene aquí a sumar grupos y minorías de los que tanto gustan esas corrientes progresistas. No olvidemos que es una política que gusta y necesita del ruido -como todos- de ahí esa difundida reunión con empresarios en USA que dicen querer invertir en la región, pero sin aclarar cómo se concretará tal oferta si tenemos en cuenta las condiciones humanas, sociales, económicas y de capacidad del país. 

La realidad es que no pasará nada porque la realpolitik no cambia en cuestiones como la migración, la falta de desarrollo, el narcotráfico o el crimen organizado, amén de otras lindezas que se dan en estos países centroamericanos apadrinados, tutelados y supervisados por los Estados Unidos desde hace tiempo ¡No es fácil suprimir las consecuencias de profundas causas históricas generadas por nuestros amigos del Norte! Por tanto, la misión teórica de Kamala Harris está abocada al fracaso, y su pujanza dentro del partido demócrata posiblemente no se consolide. Algunos de sus amigos y fans -en sintonía convergente- están centrados en implementar una CICIG regional contra “los fenómenos que impiden el desarrollo y alientan la migración”, discurso que ha pegado en algunos o que ha sido aceptado por otros. Pero tampoco nos engañemos, en tanto la ayuda económica venga las amistades existirán, los mensajes se repetirán y las conexiones quedarán lubricadas para seguir haciendo lobby en Washington. Otra cosa son los resultados que quedan en los que hay que incluir ese mínimo porcentaje de vacunas que nos donarán de las que acapararon y les sobran.

lunes, 31 de mayo de 2021

Drácula no era de Transilvania

La aprehensión, la prisión provisional y la exposición mediática de los capturados, deberían ser excepcionales

Nos detenemos o reducimos la velocidad ante un accidente porque nos gusta ver al muerto bien muertito, y hasta tomamos fotos. Quien sufre alguna desgracia económica suele ser sujeto de callada burla -incluso alegrón- porque en el fondo festejamos el fracaso de otros, sentimiento mucho más patente con nuestros enemigos personales, políticos o ideológicos. Un drácula tropical parece estar instalado en nuestra alma, y gusta de la sangre, independientemente de su procedencia.
Aún sin existir la prisión provisional, se ha terminado por diseñarla, asumirla y aplaudirla al mejor estilo de “El derecho penal del enemigo”, de Gunther Jacobs. El problema, al igual que el de su tesis, es que no hay un criterio aceptado generalmente sobre quien define al enemigo, así que se suele aplicar aquello de: “a mis amigos todo, para mis enemigos la ley”, y se pelea fieramente en redes cuando tocan “a los nuestros”. Sin embargo, con idéntico denuedo y justificación rechazamos lo mismo en el oponente ¡En esas condiciones, no hay país que debata seriamente una reforma judicial! Ya lo advirtió Borges: “Hay que tener cuidado al elegir a los enemigos porque uno termina pareciéndose a ellos."
Llevamos años perdidos en inútiles diatribas sin emprender las reformas judiciales que muchas entidades y expertos han puesto sobre la mesa. Estamos sobrediagnosticados, así que lo único por hacer es iniciar el cambio que nadie parece desear ni siquiera aquellos que dicen quererlo. El drácula caribeño nos habla al oído sobre cómo vengarnos en lugar de hacer justicia, que son cosas muy distintas, aunque demasiados las confundan. La primera genera rencor, ausente en la segunda, y refleja también profunda emoción y visceralidad, en lugar de la necesaria racionalidad basada en principios generales.
Casi el 50% de la población carcelaria del país son presos preventivos y provisionales sin que la justicia los haya declarado culpables, y no parecen importarles a muchos de los que se rasgan las vestiduras por casos específicos, mientras ignoran más de once mil. No pregonan cambios necesarios- que sería lo correcto- sino “justicia” para sus amigos, con esa capacidad dual de defender y condenar -al mismo tiempo- acciones similares ¡El Twitter todo lo aguanta; el descaro también!
La aprehensión, la prisión provisional y la exposición mediática de los capturados, deberían ser excepcionales las dos primeras y no utilizarse la última, tema éste que no se aborda porque fue costumbre y escándalo con el MP anterior y como este lo ha quitado cuesta darle el mérito ¡Así son de teatrales ! La tardanza de la justicia es otro elemento que sólo importa si el personaje es conocido porque de lo contrario se tolera o, todavía peor, se hace invisible porque poco importas si no eres conocido, popular, famoso o mediáticamente aupado por una pléyade de tuiteros.
¡Qué poco atendemos la historia! Es a Martin Niemöller a quien se le atribuye aquello de: “Cuando los nazis vinieron a llevarse a los comunistas guarde silencio, ya que no era comunista…”, y concluye: “Cuando vinieron a buscarme, no había nadie más que pudiera protestar”. Ahora que tocaron ciertas fibras nos ofendemos e indignamos, sin darnos cuenta de que siempre hubo víctimas de este sistema y gente que actuó fuera de ley a la que aplaudimos y vitoreamos. Es más, algunos de los que promovieron aquello son ahora defensores de lo contrario.
Con la gazmoñería que nos caracteriza y el vasito de sangrita sin tequila cerca, nos aprestamos a seguir “debatiendo” las reformas judiciales ahora que nos hemos dados cuenta de las injusticias que consentimos y toleramos ¡Bueno, nunca es tarde!, para que no se enojen los optimistas enfermizos.

lunes, 24 de mayo de 2021

En carne propia

Aquella cultura de demostrar la inocencia en lugar de probar la culpabilidad, destrozo el poco Estado de Derecho que se presumía

El polemizado arresto del Sr. Solórzano Foppa promueve un importante debate silenciado hasta ese momento. El MP señaló -caso Política y Falsedad- a 15 personas de las que 7 fueron detenidas, tema soslayado en redes porque únicamente se habló de la detención del primero. La mayoría de los comentarios se centraron en el vehículo sin placas que intervino en el operativo, y se banalizó la acusación con “un fallecido incluido en el acta”, sin explicar que el señalamiento -por demostrar a la fecha- es por tres delitos, entre ellos asociación ilícita y falsedad ideológica.

CICIG/MP nos acostumbraron -en un país polarizado y alterado- a presentar públicamente a quienes acusaban, sin haber tenido un juicio previo ni hecho uso de su derecho de defensa. Entendían perfectamente que la opinión publicada hacía su parte de “justicia” y se cebaban inmisericordemente con aquellos que acusaban y “juzgaban” en el mismo acto. Los presuntos delincuentes, convertidos en “reos”, no tenían muchas salidas porque el “juicio mediático” concluía instantáneamente con su culpabilidad, y para mayor dramatismo se allanaban sus domicilios como procedimiento habitual y se enviaban a prisión preventiva con inusual diligencia. De 2017 a 2020 el número de presos preventivos se incrementó en un 42%, y la muchedumbre se regocijaba y aplaudía, sin que recuerde indignación de políticos norteamericanos, como ahora ocurre. 

Aquella cultura de tener que demostrar la inocencia en lugar de probar la culpabilidad, destrozo el poco Estado de Derecho que se presumía, y aunque sirvió para que mucho malandrín fuese condenado, se cometieron grandes errores que ahora pagamos con creces. El sistema ha hecho con esos 15 acusados lo de siempre: detenerlos sin citarlos y encarcelarlos sin considerar condiciones legales. Se ahorraron, en todo caso, el linchamiento público y mediático, porque este MP prescinde de aquel ludibrio procedimiento.

En época de CICIG, hubo casos que no se judicializaron porque podían extraditar ágilmente al detenido que solicitaban desde el norte, sirviendo deseos políticos pero saltando trancas judiciales “porque interesaba”. La justicia se usó como herramienta política y así nos luce ahora. Hicieron coincidir hábilmente tiempos políticos y jurídicos, y todo quedó embarrado. De aquellos vientos llegan estas tempestades porque el país no está preparado para debatir seriamente sobre un sistema de justicia objetivo. Cada grupo -o grupitos, porque hay demasiados- busca designar a sus amigos como jueces para que direccionen investigaciones o resuelvan clavos. La extrema izquierda sigue con el genocidio y el conflicto armado, mientras sus homólogos radicales de la derecha prefieren defender la impunidad de algunos mafiosos. En medio, muchos ciudadanos atrapados en esta sociedad emotiva apuestan más por la persona que por el proceso; por la justicia selectiva hacia quienes admiran o repudian que por aplicar la generalidad de la ley, y rivalizan en redes sociales con sus peculiares comentarios. 

En otra parte, un contubernio de “exiliados” que persigue imponer su agenda político-jurídico-ideológica, encontraron aliados en los Estados Unidos -al igual que hace unos años los hallaron otros- mientras aquí se lucha para que eso no ocurra, pero de similar manera a como lo hacen aquellos. Definitivamente no hay solución por esa vía impregnada de ideología que permea todo nuestro ser social.

Como ya peino canas -aunque no consigo vacunarme- observo y concluyo que tenemos incorporado el virus de nuestra propia destrucción. He aprendido a desoír a quienes proclaman que quieren justicia o dicen luchar por los DD.HH., porque lo que desean realmente es imponer su criterio, con o sin ayuda de los USA o de cierta cooperación que terminan normalmente siendo parte del problema y no de la solución.