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lunes, 17 de octubre de 2022

Psicópatas con banda presidencial

Creo que hemos establecido una especie de relación de dependencia tóxica con trastornados mentales que llegan al poder.

En un reciente seminario sobre información, periodismo y desinformación,  los presentes “advertimos” que hay un eje transversal en todos los países centroamericanos: la canalla. Nos hemos acostumbrado a que, cada vez más, los gobernantes pertenezcan a ese selecto club de mafiosos sofisticados, y ningún país de la región se escapa. Un populista deslenguado en El Salvador; un desquiciado violador en Nicaragua; un mentiroso compulsivo en Guatemala, una oportunista radical en Honduras y, a pesar de ser los dos países más punteros, tampoco se libran Costa Rica y Panamá. En charlas de sobremesa, se llega fácilmente a la conclusión de que cualquier ciudadano de origen, incluso con alto grado de idiotez o genéticamente predispuesto para la delincuencia o la locura, puede llegar a ser presidente de alguno de estos países; no hay normas para excluirlos.

Las exigencias constitucionales son pocas y además, la ciudadanía, tan contaminada como el propio liderazgo político, los ensalza, aclama y elige. Una especie de círculo pernicioso de estupidez humana en su grado superlativo que hace que nos embelesemos con esos personajes, los sigamos e incluso adoptemos sus formas. Nunca entendí muy bien ese afán de acercarse y fotografiarse con el liderazgo político y querer aparecer a su lado -como si fuera algo necesario o trascendente- pero mucho menos entiendo que se les vote.

Creo -esto requiere una fina interpretación psiquiátrico/psicológica- que hemos establecido una especie de relación de dependencia tóxica con trastornados mentales que llegan al poder. Ya no son ladrones, chantajistas o manipuladores, sino psicópatas, histriónicos, obsesivos-compulsivos o narcisistas, y la mayoría de ellos, seguramente, no superarían una evaluación médica básica sin que les fuera detectado alguna de esas chifladuras, o quizá otras muchos más graves.

Me da que no son conscientes de que matan, empobrecen o condenan de por vida a millones de personas, y tampoco parecen ser capaces de advertir que hay normas éticas en todos los aspectos de la vida, y la política no es diferente. Simultáneamente, son aplaudidos por un masa indolente de ciudadanos que los aúpa al poder, y de esa cuenta las elecciones libres y soberanas -como suelen ser la de la mayoría de los países centroamericanos, excepción de Nicaragua- los conduce democráticamente al sillón del que nunca piensan levantarse una vez se encaraman en el poder.

No es únicamente un tema judicial sobre corruptela o crimen organizado, sino algo más profundo y patológico. No podemos seguir eligiendo enfermos mentales -con diferentes manifestaciones- para que gobiernen con esas preocupantes formas y eso depende, en gran medida, de una ciudadanía responsable. Una vez en el poder son difícilmente reemplazables y lo que comenzó con robo de dinero público finaliza con torturas, acoso, encarcelamiento, expulsión de ciudadanos del país y condena de generaciones por años. Quizá alguien pueda verse reflejado en este triste contexto en cualquier otra parte del mundo, sin embargo es difícil encontrar una región tan pequeña y compacta -como la centroamericana- y que todos padezcamos este flagelo.

Las revoluciones violentas no tienen mucha cabida en un mundo moderno porque el ciudadano no está dispuesto a sacrificar ciertas cosas, a pesar del costo que representa la pasividad. Sin embargo,  hay formas, como el voto responsable, que suelen ser suficientes la mayoría de las veces para evitar que estos desequilibrados lleguen al poder. La protesta pacífica también es una herramienta de gran valor, así como la denuncia pública permanente y el rechazo público. Lo que no es de recibo es continuar con esa indiferencia en la que en cada instante perdemos terreno, a pesar de que ya sabemos en dónde terminaremos.

lunes, 10 de octubre de 2022

Tiempos muy recios

Los ciudadanos, sumisos y cabizbajos, irán en modo zombi a las urnas desechando el voto nulo porque les convencerán de que no sirve

Dilema es una situación en la que hay que elegir entre dos opciones, y en este país nos creemos muy buenos para resolverlos. De hecho, en cada confrontación electoral se presenta uno en el que es necesario optar por lo menos malo. En las elecciones 2015 se sacó de la contienda a Baldizón (3º), Giammattei (4º) y Zury Ríos (5ª) y pasaron a la segunda vuelta Sandra Torres y Jimmy Morales. El dilema se resolvió designando al segundo para evitar a la primera, y sabidos como se las gasta Torres -porque gobernó de hecho- optamos por una nefasta solución: Jimmy.

Sin embargo, no aprendimos nada de aquello y en 2019 -chispudos que somos- pasamos a segunda vuelta a Sandra y a Giammattei -desechados años atrás- y bajo esa lógica de elegir al menos malo, optamos por el segundo quien resultó peor que el Morales de 2015. El año próximo estaremos en un dilema similar, optaremos por el/la menos malo/a, y posiblemente elijamos al peor, como es tradición en esa ecuación matemático-social consolidada en los últimos tiempos.

Para aderezar esa sinrazón a la que nos hemos resignado, y sobre la que comentamos con absoluta displicencia, hay que incluir en el proceso otros ejes transversales que lo pervierten y contaminan todavía más, si eso es posible. Desde hace años el club de mareros políticos del país advirtió que lo importante y rentable no es llegar al poder, sino manejarlo desde bambalinas. Mario Estrada -preso en USA-, los Alejos -el diputado y el “farmacéutico”-, Reyes Lee y otros, prefirieron manipular a monigotes y universidades desde la sombra, y así contar con una fuerza vendible y negociable en cuantas más votaciones mejor, para así rentabilizar la permuta. Vemos también a Portillo y Baldizón -¡hombres de negocios políticos!- haciendo lo propio con esta suerte de procedimiento mañoso. Después de salir de prisión en USA y ser deportados, organizan, fundan, sostienen y promueven partidos políticos con la finalidad de contar en el Congreso con cierto número de diputados que puedan sumar a determinadas minorías que requieren ser mayorías para tomar decisiones lo que encarece la transacción que todos pagamos. 

Se ha consolidado esa forma de proceder y no es tan importante quien llegue al poder como quienes lo sostengan. En el gobierno de la UNE y posteriores, se detectó un grupos de mafiosos -civiles-militares- y por lo menos desde ahí, han seguido apuntalando los sucesivos gobiernos. Por lo tanto, no parece tan importante resolver el dilema electoral del 2023, sino intentar predecir cómo lo resolverán ellos desde la sombra.

Desconozco si no vemos lo que ocurre o no queremos verlo, pero la forma consolidada de operar indica que la discusión sobre la presidencia se dará en las catacumbas del poder y al final ganarán quienes decidan “las voces del silencio”. Los ciudadanos, sumisos y cabizbajos, irán en modo zombi a las urnas desechando el voto nulo porque les convencerán de que no sirve, y volverán a elegir al menos malo que siempre resulta ser el peor de todos. Luego vendrán cuatro años de queja, y a repetir la carajada, mientras los jugadores de ajedrez, muchos de ellos socios del club del brazo en cabestrillo, darán declaraciones estruendosas y se ofenderán por lo mal que fueron tratados y las injusticias que padecieron, al tiempo que degustan delicados platos y finos licores en restaurantes lujosos que les permite su libertad condicional y facilita el dinero distraído del presupuesto o producto del sofisticado chantaje.

Estamos a las puertas de volver a joderla, y no sé si despertaremos para entonces o seguiremos profundamente anestesiados, y en la inopia.

lunes, 3 de octubre de 2022

Ciudadanos y parias, aunque de origen

Policías y militares mueren o arriesgan la vida por sus compatriotas, mientras se les niegan el derecho a participar en referéndums

Pocos son los países que impiden a ciudadanos de uniforme -militares y policías- ejercer su derecho al voto en procesos consultivos. De hecho, es una mala práctica que muestra profunda intolerancia, discriminación, falta de comprensión de la democracia e inobservancia de derechos humanos. Aquí, sin embargo, más anclados en un pasado anacrónico y rencoroso que en un futuro moderno e integrador, se sigue aplicando esa ridícula norma y el ciudadano uniformado es tratado como un paria- al que, por cierto, se le exige defender al ciudadano “de primera” cuando esté en situación de singular peligro ¿Hay algo más absurdo en el diseño? Policías y militares mueren o arriesgan la vida por sus compatriotas, mientras se les niega el derecho a participar en referéndums y otras formas de consulta popular. 

A pesar de lo descrito, resulta preocupante que no haya partido político alguno u organización de defensores de derechos humanos que aboguen por la observancia de ese derecho para los colectivos citados, aunque se rasgan permanentemente las vestiduras por cuestiones similares. Tampoco habrá visto preocupación en la PDH o en aquellas instituciones que continuamente -y con razón- denuncian la discriminación y el racismo en ciertos colectivos, ignorando que una parte importante de militares y policías pertenecen a los distintos grupos éticos que conforman el país. Un absurdo más de estos reclamos parcializados e interesados, de esa militancia ideologizada, cegata y focalizada que huye de principios generales y de políticos que no entienden absolutamente nada de valores democráticos, aunque se calienten sobre las tarimas con discursos grandilocuentes para turbar la mente de seguidores autómatas.

Hay quienes, absurdamente, esgrimen el argumento de que la prohibición existe porque podrían votar disciplinadamente y favorecer a algún candidato, lo que representa un absoluto desprecio a la voluntad individual de cada uniformado o magnifica la capacidad del jefe de incidir en sus subordinados. Ahora bien, de aceptarse tan pueril argumento, habría que prohibir votar a los abogados, que son más y sostienen muchas más mafias, a los sindicalistas de educación y salud que “obedecen” a sus liderazgos chantajistas, a las autoridades de la USAC que se conciertan desde múltiples comisiones políticas o a colectivos similares que tienen sumido el país en un profundo hoyo de miseria y desgracia. En fin, un absurdo seguir con esta línea de razonamiento.

Llevamos años en un silencio conformista -como en otras muchas cosas- que no es visibilizado por nadie porque la mayoría prefiere permanecer cómodamente instalado en ese espacio de lo políticamente correcto, de la situación acomodada, del debate que no provoca críticas, y prefiere no disentir de la opinión mayoritaria o que provoque escozor  ¡Que jodidamente hipócritas somos y cuan cómodos estamos con serlo!

La realidad es que se nos llena la boca de denuncias y proclamas contra la discriminación, la inobservancia de derechos humanos, el racismo, el arbitrario ejercicio del poder..., pero seguimos sin ver la paja en el ojo propio. No solamente aplaudimos un sistema discriminador con ciudadanos de primera y de segunda clase, al clasificarlos como de origen y naturalizados, sino que entre los de origen -particularmente a aquellos que están en los lugares de mayor riesgo y fatiga- condenamos a ciertos grupos a no ser siquiera ciudadanos, con un conformismo y una pasividad que nos debería avergonzar, porque muestra un profundo analfabetismo democrático, muy alejado de los principios que rigen en la mayoría de países occidentales. Definitivamente no hemos superado el odio, el conflicto y la venganza, y tampoco hacemos mucho por ilustramos en principios elementales de ciencia política, convivencia humana y respecto a los derechos individuales.

¿Y así queremos progresar y desarrollarnos? ¡Venga ya!

lunes, 26 de septiembre de 2022

Guatemala se cae, se hunde…, se deshace

Construimos una sociedad conformista, congraciada, resignada, silenciosa, de papel, que agacha la cabeza a modo de pedir perdón

Se acaban de conmemorar 201 años de Independencia. Entiendo, apoyo y celebro aquella ruptura del cordón umbilical -o de las cadenas- con el dominio colonial. Sin embargo, en 201 años de autonomía no hemos sido exitosos en sacar al país del fondo del abismo en desarrollo, salud, educación, hambre, criminalidad, corrupción, robos, mal manejo de fondos, ausencia de ética política y, en general, de apatía por la vida en común. Ni en eso de correr con las antorchas mejoramos, y seguimos poniendo en peligro a escolares que valoran más la costumbre sociocultural que la realidad que deberán vivir por falta de construcción de un Estado mínimamente eficiente. La independencia conlleva responsabilidad, y la celebramos poco, si es que tenemos claro que hay que asumirla.

Doscientos un años de inútil paciencia. Millón y medio de jóvenes de menos de 20 años afectados por el hambre de distintas maneras; miles de muertos anualmente por homicidios y accidentes de tráfico; decenas de miles de menores de edad embarazadas anualmente; centenas de miles de estudiantes sin haber podido asistir por años a malas escuelas; indicadores institucionales en los que afirmamos preferir regímenes autoritarios con tal de que nos arreglen los problemas; 60/70% de economía en la informalidad que exige derechos pero huye de responsabilidades; una población dividida y cada vez más polarizada; una única -por tanto monopólica- universidad estatal más preocupada por la política que por la educación; una Corte Suprema de Justicia que lleva en su puesto tres años de más porque no cumple la ley; extorsiones millonarias de maras a negocios y empresas, especialmente de bebidas y comidas; una justicia que apenas resuelve el 10% de los casos; sindicatos depredadores del presupuesto nacional; un Congreso, una Contraloría, un Ejecutivo, en los que nadie confía… Construimos una sociedad conformista, congraciada, resignada, silenciosa, de papel, que agacha la cabeza a modo de pedir perdón, mientras se avienta en redes detrás del anonimato porque dice tener miedo no sé muy bien de qué, mientras espera que los problemas sean solucionados por cualquier “superhéroe” en forma de populista o dictador, aunque la historia demuestre que luego se arrepiente por décadas.

Más de dos siglos para mirar a nuestros hijos a la cara y justificarnos con que la culpa la tuvieron los españoles, la revolución del 44, la CIA en el 54 o los 36 años de conflicto armado, que para ellos queda tan lejos como la era de los dinosaurios. El país literalmente se hunde: deslaves, hoyos, agujeros, taludes que se caen, políticos depredadores…, y carecemos del valor y del coraje para enfrentar situaciones, personas y momentos que nos toca vivir, mientras dejamos a nuestros hijos un país parecido al de hace 201 años. Seamos sinceros una vez en dos siglos, y asumamos la culpa de nuestra falta de preocupación e ineficacia. 

Me sorprende que después de 201 años persista el enfermizo optimismo de seguir autocomplaciéndonos y aplaudiendo lo bien que lo hacemos, sin aceptar realidades que, en otros lugares, escocerían el alma y levantarían pasiones ¡Aceptemos que no somos independientes de nosotros mismos!

¿Cuántos de ustedes han mirado a su prole a la cara para intentar explicarles lo jodidamente mal que estamos, y las razones de ello? Yo intento hacerlo con la mía, pero también con muchos alumnos, y me avergüenzo de no tener las respuestas adecuadas sobre el futuro que les depara esta sociedad “independiente y soberana”. Todavía algunos reprochan ver el “vaso medio vacío”, en vez de medio lleno, sin advertir -por causa de esa ceguera optimista y acomodaticia- que hace años que no hay líquido, pero tampoco vaso

lunes, 19 de septiembre de 2022

Nayib Bukele, un populista de manual

Bukele promete todo lo que muchos ciudadanos descontentos quieren escuchar, y es idolatrado sin advertir las consecuencias de su irresponsabilidad 

Durante la conmemoración de la Independencia de El Salvador, el Presidente Bukele anunció su intención de reelegirse, aunque al igual que Chávez negara en su momento que lo intentaría. Lo hizo el día que la calificadora Fitch advirtió de una “situación de liquidez grave” en el país, pero también tras el fracaso en la implementación oficial del bitcoin -con altísimo costo económico y dificultad de acceso a financiamiento- y una vez con el control de los poderes legislativo y judicial, además del militar y policial. 

Bukele sigue un guion perfecto de cómo expandir un sistema populista al autoritarismo, del que derivará, como ocurrió en Venezuela y Nicaragua, una dictadura. Ortega fue más lento, más burdo, menos expresivo; a Bukele se le ve venir. Chávez tuvo dinero del petróleo, y lo aprovechó; este tiene serios problemas con las financias gubernamentales, y convenientemente distrae la atención. El salvadoreño es un mago en el uso de las redes sociales; el venezolano fue un encantador de serpientes con el uso del léxico, y la imagen. Todos ellos son producto de lo que el indicador Latinobarometro expresó hace meses, aunque pocos prestaron atención. En El Salvador, un 63% de los ciudadanos dicen aceptar un gobierno autoritario siempre que les solucionen sus problemas, superior a la media del 51% que es la de Latinoamérica (Guatemala tiene 57%). Hay muchas causas para elucubrar respecto del “fracaso del sistema democrático”, tal y como el informe indica, pero hay una que poco se debate porque requiere de una catarsis profunda que parece no asumirse. 

Terminados los conflictos armados internos o las dictaduras -según los casos- los ciudadanos pensaron que la democracia iba a solucionar mágicamente los problemas sociales y económicos. Se lanzaron a promover manifestaciones, protestas y marchas para exigir derechos: educación, salud, vivienda, medioambientales y otros, pero ningún político explicó que esas exigencias no son gratuitas -como venden muchos- sino que tienen un alto costo económico que deben de asumir, precisamente, quienes las reclaman. De otra forma: se consagran derechos sin hablar de responsabilidades, y la mayoría de los ciudadanos, generalmente poco educados cuando no analfabetas, repite el mantra de la gratuidad, que traducido significa: que lo pague otro, a quien identifican como “el Estado”, una especie de tótem que todos integramos. Es evidente que un modelo así genera frustración porque los servicios públicos no se activan por generación espontánea, sino que requieren financiamiento.

Bukele promete todo lo que muchos ciudadanos descontentos quieren escuchar, y es idolatrado sin advertir las consecuencias de su irresponsabilidad, y del costo que tendrá a futuro. Los salvadoreños parecen no haberlo entendido, y en unos años el “pulgarcito de Centroamérica” volverá a ser todavía más pequeño económica y socialmente, en el momento que se consume la dictadura que inicia. Cuando eso ocurra, tal y como pasa en Cuba, Venezuela y Nicaragua, muchos habrán sido asesinados, otros estarán en el exilio, el país económicamente destruido y los lamentos -tal como vemos en esos otros lugares- serán escuchados desde la distancia por quienes sustentan esa simpleza de “la voluntad del pueblo”, sin advertir que ni gobernante ni ciudadanos pueden vulnerar leyes o derechos de otros.

Seguimos sin entender lo que es la democracia y lo que puede dar de sí, y anhelamos que otros paguen aspiraciones sociales que políticos irresponsables convirtieron en derechos. Los chilenos, mucho más educados política, social y económicamente, han sabido parar un tren desbocado con el alto a las reformas constitucionales, mientras se toman un mesurado tiempo de reflexión. 

Una vez más, la educación y la cultura política hacen la diferencia en la ciudadanía, y en los países.

lunes, 12 de septiembre de 2022

“Quien muere de hambre es víctima de un asesinato”

¡Un millón y medio de niños y jóvenes padecen hambre o quedan gravemente afectados, y el silencio duerme contemplándolos!

Una sociedad que deja morir de hambre a parte de sus integrantes no tiene sentido, consciencia ni conciencia. La vida en sociedad justifica su razón, precisamente, en la búsqueda de la seguridad, y concretamente en la evidenciada por Maslow en el primer peldaño de su pirámide: la supervivencia. Esa es la razón por la que la mayoría de las constituciones, en sus primeros artículos, recogen la protección a la persona, la seguridad, la solidaridad o la dignidad humana; la guatemalteca también: “Artículo 1: Protección a la Persona. El Estado de Guatemala se organiza para proteger a la persona y a la familia; su fin supremo es la realización del bien común”.

Sin embargo, la realidad es que ocupamos el penúltimo puesto en América Latina en confrontar el flagelo del hambre. De 116 países -el resto no se incluyen porque no tiene ese problema- Guatemala es el número 79. Detrás, Venezuela, Haití y naciones africanas. “Solo” hemos necesitado 201 años de independencia para conseguir esos resultados ¿No nos da vergüenza?

Seguramente le llame la atención y hasta se indigne al conocer los datos, pero pregúntese: ¿por qué no sabía de eso? La respuesta es muy simple: porque en todas las encuestas y sondeos -antes o después de procesos electorales- los problemas que afectan a la ciudadanía son la seguridad, la economía, el desempleo o la violencia. En ninguno de ellos he visto aflicción por la desnutrición, el hambre o la muerte de menores por esas circunstancias. No está en el imaginario social, es un problema invisible -o invisibilizado- excepto, naturalmente, en grupos afectados en los que sus integrantes mueren o quedan dañados de por vida.

El Índice de Hambre Global 2021 recoge los datos indicados, pero también que la prevalencia en el retraso en el crecimiento- proporción de personas que sufren una enfermedad con respecto al total de la población en estudio-  es del 22.2% en la población menor de dos años y una media del 17% hasta los 20 años. Si hace los cálculos sobre las cifras de población que ofrece el Instituto Nacional de Estadística son más de 83 mil menores de dos años, a los que hay que agregar 1.4 millones hasta los veinte; un 8.7% de jóvenes del total de la población del país, del futuro ¡Un millón y medio de niños y jóvenes padecen hambre o quedan gravemente afectados, y el silencio duerme contemplándolos!

De nuevo han sido fundaciones de empresas privadas y ONGs las que luchan, con sus medios, para reducir este flagelo, y con mayor éxito que los programas de gobierno, dicho sea de paso. La deuda de 100 millones de dólares contraída hace unos años no ha solucionado nada, pero tampoco parece importar demasiado que debamos pagarla sin obtener resultados. Una especie de resignación a “lo Lula” cuando manifestó: “si fuera fácil resolver el problema del hambre, no tendríamos hambre”.

Sin embargo, la pasada semana se presentó uno de esos programas “Guatemaltecos por la Nutrición” de la Fundación Castillo Hermanos. Con medios móviles, fabricados específicamente para el proyecto, pretenden organizar campamentos móviles cercanos a determinadas poblaciones y atender ese problema, además de poder desplazarse a zonas colindantes y extenderlo. Una solución más barata y efectiva que las políticas, en el marco de ¡si se puede, pero cuando se quiere!

Es posible superar la desidia gubernamental -y social- como demuestran programas y acciones privadas, aunque da la sensación de que la miseria, la pobreza y el analfabetismo alimentan determinadas corrientes políticas o permean a sus integrantes. 

Una vez más el chavo del 8 tenía razón: ¡Cuándo el hambre aprieta, la vergüenza afloja!


lunes, 5 de septiembre de 2022

Mucho ruido y pocas nueces

En cualquier caso en Chile ha predominado la razón frente a un progresismo que permanentemente pretende desarticular principios democráticos

El título obedece a un dicho popular que significa que algo o alguien es solo apariencias pero no tiene contenido ni sustancia, y podríamos aplicarlo a lo ocurrido en Chile con el voto de la nueva constitución. Con casi un 62% de rechazo, los ciudadanos de uno de los países más exitosos de América latina -si no el que más-, han decidido no adopta una nueva propuesta constitucional, por otra parte incompresible, indigerible e impresentable. Un mamarracho producto de un recorta, pega y colorea de sugerencias de grupos progres, pero también de elucubraciones mentales de diferentes movimientos sociales emergentes; una especie de Frankenstein normativo. 

Se pretendía conformar un Estado ecológico, el voto obligatorio para mayores de edad -que debería ser un derecho y no una imposición- era voluntario para quienes tengan 16 o 17 años -menores de edad y fácilmente manipulables-, establecía la paridad y la alternabilidad algo que rompe absolutamente con la capacidad, la meritocracia y la propia democracia que no es más que la elección voluntaria de aquel representante que se desea, incluía el lenguaje políticamente correcto de “los y las”, con sus géneros respectivos, aunque únicamente binarios para los cargos, y otras cuestiones de difícil digestión. 

En cualquier caso en Chile ha predominado la razón frente a un progresismo que permanentemente pretenden desarticular principios democráticos ¿Cuántos se preguntarán ahora dónde se reflejan aquellas “multitudinarias” protestas sociales en las que se destrozaban o incendiaban buses y vagones de metro? Sin un solo incidente, una mayoría constatada y real de ciudadanos ha dicho “no”. Mucho ruido, pero pocas nueces, parece ser el refrán que resume este contrasentido, y es que hay mucha juventud manipulada -de ahí que deseen que los menores de 16/17 años voten- y demasiado adulto irresponsable, como muchos de los que agregaron párrafos a ese proyecto constitucional, ahora enterrado y ligado irremediablemente al futuro político del presidente Boric.

Las sociedades cambian a la velocidad que se lo pueden permitir y, además, esa evolución debe hacerse encuadrada en parámetros de suficiente racionalidad. La democracia no es, como algunos creen, el gobierno del pueblo ni de las mayorías, al menos en valor absoluto, porque la famosa frase está limitada por el respeto a los derechos de los demás. Vivimos en un mundo en el que se ha olvidado -porque la mayoría de los jóvenes no lo han vivido- que las dictaduras y los autoritarismos esclavizaron a muchas sociedades por años. El hecho de no referirse, por ejemplo, a Cuba como una dictadura y haber normalizado tanto lo que pasa en la isla como lo que ocurre en Venezuela, Nicaragua, Rusia, China y otros lugares, ha terminado por proyectar una imagen de que todo es permisible. 

Lo políticamente correcto pareciera haberse apoderado del lenguaje de los medios y de las redes, pero sobre todo de la severidad de la verdad, la que evitan en su crudeza para no ser vapuleado mediáticamente o condenado al ostracismo de la cancelación. En todo caso, el “no” al plebiscito chileno es un triunfo de la razón y de la libertad, y eso difícilmente podría haber ocurrido en otro lugar de América latina. Vean Argentina, el país vecino, como un ejemplo exactamente de lo opuesto.

Las sociedades deberían tomar nota, pero sobre todo asumir la responsabilidad y dar la cara en los momentos que es necesario. La idiosincrasia de cada grupo social hace que se proyecte en el tiempo exitosa o fracasadamente, y los chilenos han vuelto a demostrar al continente que cuando hay cultura política, razón, capacidad, responsabilidad, valentía y decisión, no hay asunto ni miedo que frene el paso adelante.


lunes, 29 de agosto de 2022

Implosión del sistema desde la legalidad

Considero que hay espacios dentro del marco legal para intentar cambiar las cosas, al menos antes de irse a la confrontación caótica

Creo no exagerar al afirmar que la mayoría de los ciudadanos guatemaltecos -vale para otros países- estamos hartos del sistema político. La rampante, progresiva y descarada corrupción, la depredación del presupuesto nacional, el atorado y atolondrado sistema de justicia, la falta de servicios sociales por falta de interés en hacerlos funcionar, las coimas y privilegios de los mafiosos de turno y, en general, el desastre nacional que hemos construido, y tolerado por años, nos frustra, enoja, aturde…

Muchos funcionarios se recetan un seguro privado de salud pagado con fondos públicos, en lugar de asistir al IGSS; los sindicatos pactan sin escrúpulos bonos, regalos, prebendas y extras para engrosar salarios artificialmente; los alcaldes se reparten fondos comunitarios por medio de empresas propias o de allegados para la construcción de obra pública; los diputados prorratean cuotas de poder en ciertas instituciones y las engordan con plazas fantasma para amiguetes y, en general, el Estado es una piñata que golpeamos continuamente, aunque nadie reconoce su culpa.

Los decentes aparentes -que cada vez quedan menos- se preguntan qué se pueden hacer para que esto no continúe, y suelen atender peroratas de filósofos políticos, sesudos analistas o conferencistas de esos que te elevan la moral a golpe de mensajes-fuerza. Sin embargo, cada cuatro años, y a pesar de toda la energía dilapidada, repetimos lo mismo y elegimos al “menos malo” que cada vez más es el peor de todos.

No soy partidario de la revolución fuera de la ley porque ofrece motivos al autoritario para aplicarte sangrientamente las normas que se eluden. No me gusta el estilo revolucionario-progre chileno de quema de buses, destrozos de edificios o peleas callejeras con la fuerza pública. Considero que hay espacios dentro del marco legal para intentar cambiar las cosas, al menos antes de irse a la confrontación caótica. 

En el caso nacional, la ley electoral y de partidos políticos introdujo la posibilidad de repetir elecciones con una porcentaje de votos nulos, y ahí puede estar la solución. Algunos consideran que no sirve para nada, versión que no comparto, porque nunca se ha experimentado. Lo que si se repite hace tiempo es elegir al menos malo y eso termina por costarnos demasiado, cada vez más. De esa cuenta, probar otra forma, aunque pensemos que no sirve, no nos hace perder nada, ya que estamos más que perdidos.

Si en las próximas elecciones usted no encuentra un partido político libre de mafiosos o delincuentes, en el que no haya exconvictos, acusados de corrupción, narcotráfico y crimen organizado o no se compromete firmemente a hacer cambios serios, sencillamente no lo vote, y vote nulo. Si la repetición electoral no arregla nada, al menos habrá intentado hacer cambios desde la legalidad, y no repetir lo de siempre que ya sabe cómo termina. Me preocupa -cada vez más- que, sin advertirlo, nos estemos embadurnando de un cierto conformismo que favorece a muchos de los que son contratados en el sector público quienes compadrean con los partidos por los que votan, y eso los hace cómplices de la situación que vive el país.

No se deje engañar. Si usted no hace algo -y acabo de presentarle una salida que puede funcionar- será cómplice de lo que venga, por guardar silencio, no participar activamente o acomodarse a lo que sabemos certeramente que será un desastre. Si ve candidatos honestos y aceptables, actúe en consecuencia, pero ha llegado el momento de ser ciudadanos responsables y no quejarse sistemáticamente sin haber probado soluciones legales diferentes para el necesario cambio -que las hay-, aunque considere que no son las mejores.

lunes, 22 de agosto de 2022

El empedrado camino al infierno

Da la sensación de que únicamente se utiliza el miedo como elemento selectivo para no asumir la responsabilidad que toca

Hay quienes machaconamente asimilan lo que ocurre en Nicaragua con lo que pasa en Guatemala. Afortunadamente estamos muy lejos del país de los Murillo-Ortega, y ellos lejos de Venezuela y a años luz de Cuba, dos sangrientas dictaduras olvidadas en esas comparaciones, porque han sido aceptadas por muchos como modelo político -especialmente la isla- y borradas como referente de autoritarismo y criminalidad estatal organizada.

De hecho, parte de quienes condenan la política nicaragüense -con toda la razón- se olvidan de señalar con igual intensidad a la cúpula de la iglesia católica y su falta de reacción frente a la persecución que los Murillo-Ortega hacen de sacerdotes y monjas. Piadosamente -con argumentos que justifican el silencio- conceden el beneficio de la duda al Papa Francisco porque “en su mejor inteligencia y actuar” la postura que mantiene “pretende evitar males mayores”. Olvidan las matanzas en la Alemania nazi, y la falta de actuación contundente de Pio XII. La justificación, por cierto, fue igual que ahora; el silencio similar, y los resultados son por todos conocidos. No actuó de igual forma, sin embargo, el polaco Juan Pablo II que confrontó directamente al liderazgo ruso, y con su decidida actuación en países bajo la influencia de la extinta Unión Soviética contribuyó a su desaparición. Quizá pese mucho que aquello casi le cuesta la vida, por haber enfrentado y afrentado a la cúpula comunista. Agreguemos que Juan Pablo II reprendió públicamente y suspendió al sacerdote nicaragüense Cardenal -devoto del teología de la liberación y de la lucha armada-, y el actual Papá Francisco lo rehabilitó ¿Choque de visiones?

Por esta subregión en particular, el silencio ha sido -y es- cómplice de innumerables crímenes. Algunas personas no denuncian por miedo y otras evitan nombrar directamente al comentar ciertas situaciones. No está bien visto señalar con el dedo a los corruptos, delincuentes, narcotraficantes o políticos mafiosos, porque te “juegas la vida” y, en definitiva, estas sociedades se mueven con el miedo entre sus pliegues, producto de conflictos pasados. Es cierta esa carga histórica, pero es momento de dejar de justificarse con el miedo que, por cierto, parece estar ausente al pasar semáforos en rojo, engañar a la SAT, votar a inescrupulosos, saltarse las filas, atropellar y huir o empuñar un arma y amenazar. Da la sensación de que únicamente se utiliza el miedo como elemento selectivo para no asumir la responsabilidad que toca.

El miedo empiedra el camino al infierno, y con cada falta de carácter -ciudadano, político o clerical- lo único que hacemos es dejar un espacio para que el malvado, que no suele tener miedo -o lo supera-, ocupe un espacio que debería vetársele. El Papa calla y el dictador se envalentona e irrumpe en la morada sacerdotal, y se los lleva; el ciudadano guarda silencio, y el político le roba paz, dinero y futuro. Y todo ocurre bajo el paraguas de la prudencia, “vaya a ser que por actuar todo vaya peor”. La incertidumbre de una suposición impide actuar sobre hechos concretos, presentes y palpables que suceden, y personas mueren por ello, mientras los tiranos pasean por el mundo porque seguimos justificándolo por miedo.

Tengamos miedo al miedo y no nos escudemos en el miedo para evitar asumir compromisos ni frente a las circunstancias históricas que la vida nos pone delante. Callar las injusticias, los desmanes, no enfrentar a las dictaduras o hacer declaraciones timoratas, no es miedo, es huir de la responsabilidad cuando no mostrar bajeza moral, cobardía y falta de carácter.

¡Digámoslo sin miedo!, y dejemos de escudarnos en una justificativa prudencia o respaldar a otros, aunque sea el Papa.


lunes, 15 de agosto de 2022

El discreto placer de envejecer

Los tiempos cambian, evolucionan, y son modelados por circunstancias imprevistas consecuencia del natural fluir de la vida

Cuando se cumplen años -yo lo hago en estos días- se suele hacer una inexorable reflexión sobre el tiempo. Sobre el transcurrido desde que nacimos, pero también sobre el que resta, que a cierta altura de la vida suele ser menor al vivido. Hace mucho que crucé esa línea imaginaria y mágica a partir de la cual la segunda cifra -los años que quedan- es cada vez menor que la primera. Tiempo pasado por experiencias adquiridas, es una especie de conformismo espiritual que compensa la realidad de un final cada vez más cercano, aunque no sea inmediato.

No hay nada más preciso que el tiempo -incluso en sus más pequeñas fracciones- pero no es lo mismo pasar unos minutos debajo del agua que amando a alguien, ver nacer y crecer a tus hijos o soñar toda una vida en apenas pocos minutos. El tiempo es irrecuperable, inasequible y relativo, a pesar de ser matemáticamente exacto, porque genera percepciones que nos hacen perder “la noción del tiempo”, y lo torna una ilusión ¡Qué contrasentido! 

El tiempo es un juego de suma cero, una especie de ecuación lineal incierta en su resultado. Nacemos sin saber cuántos años viviremos pero, en la media que pasan, entendemos que van quedando menos. Aprendemos que con el paso del tiempo las escalas de valores cambian como consecuencia de vivencias, aprendizaje, errores, …, todo es “cuestión de tiempo” para amoldar el entorno a nuestras experiencias.

El tiempo todo lo cura, también muchas veces lo procura; todo lo compone y a la larga incluso lo descompone, y no se detiene. Ni siquiera el amor es capaz de parar el tiempo, aunque muchas veces reinicia el conteo según los momentos mágicos e imprevisibles del corazón. Desamores, desencantos, infortunios, perdidas de seres queridos y un largo etcétera de experiencias negativas se olvidan, o al menos se silencian y archivan, con el paso del tiempo. Una especie de borrador inteligente que las desvanece, aunque torna indelebles las positivas y los buenos recuerdos que los deja intocables, o los magnifica.

Todos hemos imaginado alguna vez qué haríamos si nos quedara un tiempo limitado de vida. Un año, seis meses o incluso menos, posiblemente un día, y quizá nos hayamos deprimido con solo pensarlo y rápidamente lo hemos sacado de la cabeza. La mejor conclusión parece ser que, al margen del tiempo que nos quede, hay que vivir la vida, y mejor vivirla como si fueras a morir mañana. 

Tampoco es del todo cierto que “tiempos pasados fueron mejores”, lo que únicamente sirve para condenar el futuro. Cada quien ha vivido intensamente “su” tiempo y colateralmente el de “otros” -antes y después del suyo- aunque gustamos de resaltar “el nuestro” porque es aquel en el que las experiencias se acumularon más intensamente, mientras descartamos las limitadas del pasado o los temores del porvenir. Los tiempos cambian, evolucionan, y son modelados por circunstancias imprevistas consecuencia del natural fluir de la vida. Es un tanto verdad aquello de “se le pasó el tiempo” o “no hay que perder el tiempo”, porque la vida discurre a una velocidad que casi no somos capaces de advertir, si no pregúntele a quienes no pueden disponer libremente de su tiempo.

El tiempo nos cambia, nos hace madurar, nos desgasta, nos llena de cosas -algunas inservibles-, nos moldea y nos embellece. Hace fluir la razón, la paciencia, el saber, los recuerdos, pero también los sentimientos, la añoranza, el otoño del amor, la esencia de la vida… 

Hoy, con un año más en esa escalada de la vida, el tiempo me habla en silencio con cierto desdén y melancolía.