El problema no es “farmear aura”, sino que comienza cuando necesitamos la aprobación del grupo para sentir que valemos.
“Farmear aura” es una expresión que significa básicamente acumular puntos imaginarios de carisma, prestigio o popularidad mediante gestos, poses y comportamientos que reclaman la aprobación de un público que actúa como juez. Jóvenes haciendo gestos extraños, reproduciendo memes y sometiéndose voluntariamente al veredicto de otros jóvenes mientras decenas de teléfonos graban la escena para subirla a redes sociales. Visto desde fuera, puede parecer una suerte de legalización del ridículo.
Todas las generaciones hemos hecho cosas que nuestros padres consideraban absurdas, así que no conviene dramatizar demasiado esta moda. Siempre hemos querido diferenciarnos, provocar, desafiar y construir códigos que los adultos no comprendieran. Ahora no es diferente; “farmear aura” no es el problema. Podría argumentarse incluso que esas reuniones consiguen sacar físicamente de las redes a muchachos que pasan demasiadas horas detrás de una pantalla y ponerlos frente a la criticidad de otros seres humanos. Hasta ahí, poco que objetar. Lo inquietante aparece cuando dejamos de observar las extrañas contorsiones y prestamos atención al mecanismo psicológico que hay detrás: se necesita la aprobación del grupo para sentir que vales.
Hace más de setenta años, el psicólogo social Solomon Asch realizó sus famosos experimentos sobre conformidad. Había que comparar la longitud de unas líneas, y la respuesta resultaba evidente porque eran iguales. Sin embargo, cuando varios integrantes del grupo —cómplices del investigador— elegían deliberadamente la respuesta equivocada, aproximadamente tres cuartas partes de los participantes terminaron plegándose, al menos una vez, al criterio incorrecto de la mayoría. Y ese es el verdadero asunto: sintieron la necesidad de contar con la aprobación colectiva como medida de su propia identidad.
A esa presión por acomodarse a la mayoría, Elisabeth Noelle-Neumann añadió otro mecanismo igualmente inquietante: la espiral del silencio. Cuando las personas perciben que su posición es minoritaria, tienden a callarla por miedo al aislamiento social. No hace falta que la multitud nos convenza, basta con que nos haga sentir solos. El problema no es únicamente terminar pensando como los demás, sino más grave: dejar de decir lo que pensamos para no quedar aislados.
Las redes sociales han perfeccionado ambos mecanismos. Asch necesitaba colocar físicamente a varias personas alrededor de un individuo; Noelle-Neumann, que el individuo percibiera cuál era la opinión dominante. Hoy llevamos ambas cosas en el bolsillo: likes, seguidores, comentarios y tendencias nos indican que recibe aprobación o rechazo y, finalmente, qué debemos decir, hacer o pensar para ser aceptados.
La necesidad de pertenencia puede alcanzar extremos inquietantes. En 1997, 39 miembros de Heaven’s Gate se suicidaron colectivamente en California siguiendo las creencias del grupo y de su líder, Marshall Applewhite. Entre 1994 y 1997, la Orden del Templo Solar dejó alrededor de 74 muertos en Suiza, Francia y Canadá entre suicidios y asesinatos. Comparar a quienes “farmean aura” con una secta sería exagerado, pero existe un hilo psicológico que merece atención: renunciar progresivamente al criterio propio cuando pertenecer resulta más importante que discrepar. Y el algoritmo añade un incentivo que Asch y Noelle-Neumann nunca pudieron imaginar: recompensa inmediatamente nuestra adaptación a la multitud.
Imaginemos uno de esos ejercicios de reforzamiento del aura, en el que se propone apoyar a un histriónico o delincuente candidato. Miles podrían repetir el gesto, el meme o la consigna, sin analizar nada, sino porque hacerlo concede “aura”, genera pertenencia y recibe aprobación. Ahí dejaría de hacerme gracia.
La buena noticia es que parte de quienes participan en estas modas todavía son menores de edad y otros ni siquiera están empadronados. Crecerán, y quizá para entonces hayan aprendido que tener criterio propio “farmea” bastante más aura que plegarse sumisamente a la aprobación de la multitud.
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