El problema, presidente, no es únicamente que haya perdido la confianza de la mayoría de los ciudadanos, sino que quienes desafían al Estado le han perdido el respeto.
El asesinato de Juan Francisco Solórzano Foppa y Gustavo Adolfo Aguilar Gamarro, de día, en una cancha de fútbol, con público, constituye una demostración de la vulnerabilidad frente a la violencia. El crimen organizado le ha tomado el pulso al Estado y le ha perdido el respeto. Actúa con una audacia que revela hasta qué punto considera débiles las capacidades de prevención y respuesta de las autoridades, y se confunde dónde termina la incapacidad gubernamental y dónde comienza la tolerancia o la complicidad.
Presidente, la seguridad era precisamente su área de estudio y especialización, por eso resulta más desconcertante su desempeño. Es relativamente fácil hablar de seguridad, elaborar diagnósticos, participar en seminarios, escribir libros o realizar consultorías. Lo difícil es transformar esas recomendaciones en decisiones, operaciones, resultados y responsabilidades. Su gobierno muestra una enorme distancia entre el conocimiento teórico que presumía y la capacidad práctica para implementarlo. Da pena comprobar el nivel de displicencia administrativa que puede exhibir alguien con su trayectoria académica, abolengo, experiencia como funcionario internacional y desempeño diplomático. Nadie esperaba milagros, pero sí un mínimo de competencia, dirección política y aptitud para formar equipos eficaces.
Se acumulan los hechos sin respuestas políticas convincentes. Víctimas cotidianas, ataques armados, incidentes en La Mesilla, trece personas ametralladas en Nahualá, ocho muertos de Huité, un ejecutivo del CHN, y ahora dos asesinatos más: Foppa y Aguilar. Surge una pregunta común: ¿qué está haciendo el gobierno para recuperar el control y garantizar la seguridad de los ciudadanos?
En Huité, las explicaciones oficiales dejaron graves interrogantes sobre la actuación de las fuerzas de seguridad y la presencia de grupos armados no identificados. Lo mismo ocurrió con Nahualá. Las muertes no pueden convertirse en estadísticas que se olvidan cuando aparece la siguiente tragedia. No basta con anunciar investigaciones, hay que ofrecer resultados y asumir responsabilidades.
En otros momentos históricos, incluso bajo gobiernos autoritarios, los grupos criminales medían con mayor cautela demostraciones públicas de violencia por temor a la reacción estatal. Aquellos regímenes cometieron abusos y no constituyen modelos referenciales, pero la comparación permite preguntarse: ¿qué percepción tienen hoy los delincuentes sobre la capacidad y la voluntad del Estado para perseguirlos?
Presidente, su inacción, falta de carácter y dejadez transmiten una imagen debil que resulta extraordinariamente rentable para las organizaciones criminales. Aquellas observan, calculan riesgos, identifican oportunidades y aprovechan sus vacilaciones. La autoridad no se construye mediante discursos, sino adoptando decisiones ajustadas a la ley, pero respaldadas por resultados.
Su gobierno dejará un triste legado de oportunidades perdidas, improvisación y déficit administrativo, aunque algo preocupa más que ese fracaso: cada promesa incumplida, cada episodio de inseguridad y cada muestra de incompetencia abren espacio a quienes se preparan para ofrecer soluciones populistas y capitalizar el desencanto acumulado.
Ha conseguido sorprender incluso a quienes manteníamos expectativas modestas sobre su administración. Sin embargo, le queda una salida digna: reconocer su incapacidad para dirigir el país y presentar su renuncia. Nadie asegura que cualquier sucesor lo haga mejor, pero merecemos algo bastante más serio que un gobierno cuya principal respuesta ante las tragedias parece consistir en lamentarlas y dejar pasar el tiempo.
El problema, presidente, no es únicamente que haya perdido la confianza de la mayoría de los ciudadanos, sino que quienes desafían al Estado le han perdido el respeto. Y cuando eso sucede, el precio de la incapacidad gubernamental no sólo se refleja en encuestas, también cobra vidas humanas.
No hay comentarios:
Publicar un comentario