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lunes, 6 de abril de 2020

En torno al espíritu de la tribu

O salimos de la basura política a la que nos hemos habituado o estaremos en cuarentena mental por otros 200 años

El Congreso volvió a sus andadas, y dio un lamentable y bochornoso espectáculo. No sería nada nuevo si no fuera porque en momentos de crisis -como los actuales- las condiciones lo hacen más doloso y preocupante. Una circunstancia agravante que endurece la condena hacía personajes que no dejan de practicar la delincuencia política en cada oportunidad que se les presenta.
Me da vergüenza -muchísima vergüenza- que esos mamarrachos -no son todos- ridiculicen al país cada vez que tienen ocasión, mientras se llenan la boca con elogios a Guatemala y cómo se preocupan y trabajan por el pueblo. El país les importa un soberano pito, al igual que los intereses colectivos, el Estado de Derecho o guardar la mínima decencia con la que deberían de conducirse por la vida.
Después de convocar a sesión, comenzaron la reunión horas más tarde, con esa desfachatez e irrespeto propio del narcisista que le importa un bledo los otros. Rompieron la agenda del día y volvieron a introducir una moción privilegiada para atender la aprobación de préstamos y reacomodos presupuestarios que aumentaban dinero al PARLACEN, al Congreso, a incentivos forestales o a una esperpéntica organización: la Asociación de Dignatarios de la Nación, cuyos integrantes, y quienes los animan, perdieron la dignidad hace tiempo, sirviendo particulares y oscuros intereses.
Un “honorable” diputado, Jorge García -de Prosperidad Ciudadana-, planteó la posibilidad de exonerar de impuestos -ISR e IVA- por 100 años, a empresas nuevas que se instalen en el país ¡No hay error!, son justamente CIEN años lo que el prohombre propuso, condenando a las que ya operan en la legalidad a dejar de ser competitivas, cerrar o pagar lo que esas otras dejarían de ingresar al fisco. A esa barbaridad ética, racional, fiscal y de justicia -criticada por muchos- se unió otra, desaprobada por otros: la de dedicar unos Q1,400 millones al pago de incremento salarial pactado por el gobierno anterior con sindicatos depredadores de fondos públicos ¿En qué momento perdimos la cabeza, la razón, la sensatez y la decencia o es que nunca tuvimos mucho de todo eso?
Ese mundo surrealista se hizo más visible cuando “otro honorable”, en esta ocasión el diputado Felipe Alejos, leyó como si fuera en subasta de pescado, el texto que debía aprobarse. Con ininteligibles balbuceos, se burlaba del ciudadano que paga su sueldo y resolvía un estúpido procedimiento de lectura convirtiéndolo en payasada circense -similar a las del gobierno anterior, a lo que está acostumbrado- que en acto formal.
A mi -extranjero en este país, y por tanto no de origen- me avergüenzan esos majaderos sin dignidad ni capacidad para ejercer el cargo que ostentan, y absolutamente desapegados de la realidad nacional, pero sobre todo del país que dicen amar. El medio que publica esta columna no permite el insulto explícito -y hace muy bien- pero esos dignatarios, y quienes les dejan que campen a sus anchas sin ponerles freno, son una auténtica porquería. O salimos de la basura política a la que nos hemos habituado o estaremos en cuarentena mental por otros 200 años.
En situación de normalidad, la mayor parte de lo que salen del Congreso es criticado; en estas condiciones, en las que hay miedo y zozobra, además de riesgo de ser infectado, lo que esos individuos hacen o permiten es abominable. No todos son iguales, pero los diferentes que den cara, golpeen la mesa y señalen a quienes así actúan. No más silencio. No más permisividad. No más paciencia. No más miedo. Es momento de actuar, de hacer la diferencia, de alzar la voz y frenar a esos delincuentes con disfraz político.

lunes, 30 de marzo de 2020

Quién te lo iba a decir

Acaso no extrañas llegar a un restaurante y que te digan que debes esperar 30 minutos para que se desocupe una mesa

Quién te iba a decir que debiste haber incluido en tus propósitos para 2020, besar más a tus hijos, mimar a tus seres queridos o saludar fraternalmente a tus vecinos. Quién te iba a decir, joven adolescente e insolente, que tendrías que abrazar más a tus papás -hasta cansarte- sin reparar en esa vergüenza, propia de la edad, que rehúsa caricias, besos y apapachos. Quién debió advertirte que no volverías a ver a familiares mayores, arrebatados súbitamente y sin tiempo para despedirte de ellos o echarles una última mirada.
Seguro extrañas pasear por aquellos centros comerciales atiborrados de personas que apenas te dejaban espacio o hacer interminables colas para ingresar al cine o a conciertos, rodeado de otros irritados por la espera, como tú. Acaso no echas en falta llegar a un restaurante y que te digan que debes esperar 30 minutos para que se desocupe una mesa, mientras permaneces de pie con niños gritando y girando a tu alrededor que te empujan y pisotean. Quién te iba a decir que echarías de menos el tráfico de ida y regreso al trabajo o aquel que se producía en cualquier momento del día. Quién te ha vetado la charla con la vecina o con el jardinero cuando paseas por el condómino. Cosas simples que hacíamos por costumbre y que de pronto se han perdido. Momentos de los que estábamos cansados, porque eran la rutina de cada día, se convierten ahora en sueños imposibles, sin que sepamos con certeza cuándo regresarán.
En poco tiempo, todo habrá cambiado en muchos lugares. No veremos a ciertos familiares y amigos porque se fueron, se los llevaron sin nuestro permiso, y no volverán. La vida, súbitamente, te sorprende, te hace aterrizar bruscamente y volver la vista a cosas simples que adaptaste a tu comportamiento sin darte cuenta, y a las que habías quitado valor. Qué más daba un saludo, si al día siguiente podías hacerlo. Qué importaba un abrazo o un beso olvidado por la mañana si podías recuperarlo al regreso en la tarde. Qué importancia tenía aquella actividad escolar de tus hijos si en definitiva todos los años, cuando no más a menudo, podías asistir a otra. Se perdieron los saludos, las sonrisas, los momentos… Las manos que se juntaban mientras paseabas o veías televisión, buscan ahora contacto en la soledad. Los viajes encajonados en innumerables fotos perdidas en el espacio electrónico se añoran como nunca. A miles de millones de atrevidos seres humanos nos han puesto en nuestro sitio, y extrañamos pasear, abrazar, compartir, sonreír… Nos han hecho reflexionar sobre aquello a lo que dejamos de darle crédito y valor.
Salir de comprar será un placer en el futuro, especialmente si es en familia. Reunirnos en torno a una mesa, rodeado de otras mesas que gritan o aplauden como la nuestra, un privilegio que no dejaremos escapar. Sentarse a ver TV tomados de la mano, una oportunidad de oro. Vivir en el tráfico, la mejor forma de comenzar o terminar un día y no una maldición cotidiana. Regresar al colegio, un deseo hasta ahora desconocido ¡Cuándo volveremos a experimentar lo que antes desdeñábamos!
Seremos generaciones de afortunados si seguimos respirando un aire contaminado en un entorno ruidoso, con un ambiente cargado. Será momento de reflexionar sobre el “yo”, el “nosotros” y el “ellos”. Tiempo de pasear, reír, besar, abrazar, compartir, amar…
¿Ha pensado en la oportunidad que tendremos de recomponer valores perdidos? Estimemos más lo que tenemos antes de que se esfume. Valoremos el cariño de los nuestros. Démonos cuenta lo maravillosa que es la vida. 

lunes, 23 de marzo de 2020

La sutil hipocresía (inter)nacional

El famoso coronavirus ha vuelto a ponernos a prueba y revelado la idiosincrasia habitual, sin cambios sustantivos

Tuve un jefe que cuando se jubiló nos visitó a varios amigos con el fin de compartir recuerdos y vivencias. En aquella reunión, le pregunte qué quedaba cuando se alcanzaba la edad de retiro. Serenamente, como siempre hablaba, me dijo que tres cosas: a) difícilmente lo engañaban, b) se reunía con quien deseaba y seleccionaba a sus amigos, y c) que podía hablar claro sin temor al que dirán. No se si llegué a esa edad en la que puedo acomodarme sobre el trípode de aquellos consejos.
El famoso coronavirus nos ha vuelto a poner a prueba y revelado la idiosincrasia habitual, sin cambios significativos. Fue música celestial escuchar aquel lema de #TodosUnidosPodemos, el llamado presidencial a que ayunáramos y oráramos, amén de prédicas, pláticas, alabanzas y diversas consignas y buenas intenciones mostradas por iglesias, grupos, asambleas o personas individuales. Sin embargo, si llegó al supermercado pudo ver, en una atmósfera tóxica, interminables colas en las que unos miraban a otros sin hablar, con la carreta lista para entrar a comprar e ignorar el consejo de no acumular porque se podía producir desabastecimiento, además de encarecer los productos ¡A la mara le peló el egg, aquí y en medio mundo!
¿A quien puñeta le importan los otros?, me pregunté con la franqueza de mi exjefe. El otro puede ser agredido, atropellado en sus derechos o ignorado, por quedarme en tres calificativos. Lo importante es uno mismo y si es necesario comprar todo el super pues se hace, y punto. En las dificultades incrementamos el ardor patriótico y nos declaramos “chapines de corazón”, pero el que venga detrás que arree porque para eso está el templo, la oración, el diezmo o la limosna, capaces de limpiar nuestra frágil conciencia resentida. Perdón, pero como titula un mi amigo su libro: ¡qué hueva!
El gel desinfectante es mío, y las toallitas húmedas también. No digamos los frijoles, garrafones de agua, productos de limpieza y comestibles en general ¡Si yo fuera el virus -pensé- les daría una lección que no olvidarían! Y es que hasta el papel higiénico depredaron, sin advertir que el “bicho” no provoca flojedad de vientre.
Encontramos también a patrones insensibles y empleados aprovechados, porque la soberbia -es soberbia y no egoísmo- no conoce clases ni distingue abolengos. Unos, querían que sin transporte público llegaran trabajadores, como si en este país fuese posible semejante cosa. Los otros, quedarse en casa y que el empresario -al que le “sobra el dinero”- pague su tiempo de cuarentena y las subvenciones que, sin duda, decretará el político. Algunos más, criticaban a empresarios que donaron millones, pero callaban el irresponsable reclamo de bonos extraordinarios por parte de sindicatos de Puerto Quetzal y de la SAT. Ninguno comprendió que si la empresa  quiebra se van todos al carajo ¿Otra vez egoísmo? ¡Que no, que se llama soberbia!, y si quiere ponerle apellido para que el término no sea más hijo de…, añádale desprecio al prójimo.
Los valores de la vida en sociedad se aprenden en casa, en el colegio y en la calle, porque los otros también educan, y cuando no se han mamado no valen pajas piadosas que terminan revelando como somos realmente. Hay sociedades que requieren una catarsis muy profunda para comprender que el respeto a los demás y la civilidad son claves para la vida en sociedad, y la solidaridad y la responsabilidad patrimonio privado. Nada de ideologías, aquí -y en medio mundo- lo que falta es educación para vivir en común. 
Creo que llegué a la edad de Rodrigo, mi exjefe, a quien agradezco profundamente su lección de vida.

lunes, 16 de marzo de 2020

El tsunami del coronapánico

El jodido virus ha evidenciado que la sanidad pública más avanzada parece no estar preparada para catástrofes

En algún momento -no ahora- se hará un análisis del impacto del coronavirus más allá de aspectos relacionados con la salud. La primera plaga del mundo de las redes ha generado su propia pandemia: la mediático-alarmista. Grandes catástrofes suelen ir acompañadas por alarmismos que generan confusión y contribuyen al desconcierto, de ahí la vieja lección de: en caso de alarma, conserve la calma.
Es innegable el rápido contagio de la enfermedad y su propagación, pero, las redes, capaces de alborotarlo todo, han hecho del coronavirus una excusa para que cada uno aporte al caos su parte de pánico o irresponsabilidad. Sin necesidad, se han vaciado supermercados y agotado todo lo vendible, cerrado centros de enseñanza o cortado la comunicación con el mundo, entre otras cosas. Con el ánimo saludable de evitar la contaminación de otros, hemos olvidado que lo único que se podrá hacer es retrasarla y seguramente en el futuro próximo veremos una crisis económica que igual termina afectando a muchas más personas. 
Ese tsunami de opinión ha hecho que el ciudadano exija a sus autoridades no importa que barbaridad bajo un miedo imaginario y superior a la realidad. La responsabilidad individual se ha subsumido en la gestión del liderazgo político que ha seguido las pautas de la presión pública, generada de forma similar a la que ocurrió con aquel efecto Y2K, olvidado o no conocido por muchos que ahora usan redes. 
El pánico ha liderado la toma de decisiones y lo racional se ha supeditado a la emotividad del momento transmitida inmediatamente por redes a los que estamos suscritas. Se ha percibido clara diferencia entre lo que dicen políticos y algunos medios de comunicación y las recomendaciones de científicos, mucho más sosegadas y menos alarmistas. Y es que nos gusta la bulla, el chisme y poner fotos de calles vacías o pacientes en el hospital ¡No nos engañemos! 
El jodido virus ha evidenciado que la sanidad pública más avanzada parece no estar preparada para catástrofes y la acumulación en cuidados intensivos de muchas personas -no todas por coronavirus- ha generado la vieja práctica de la medicina de guerra que clasifica y atiende a quienes tienen posibilidades de supervivir, dejando a otros a su suerte. También ha crecido el nacionalismo y la consecuente exaltación patriótica, y la emotividad ocultará nuevamente los grandes errores de la organización política que falla a cada prueba extrema a la que es sometida.
Aquello de: “más vale prevenir que curar” -que es cierto- o esto otro de: “cualquier medida es buena para evitar el contagio”, no se aleja mucho del viejo postulado del “fin justifica los medios”. Lo triste es que en pleno siglo XXI, cuando la humanidad ha avanzado más que nunca, sigamos sin utilizar la razón con el nivel esperado y deseado, además de acorde con las circunstancias. 
Lo que si quede seguramente para el futuro es que podemos hacer muchos trabajos desde casa, cambiar el horario en ciertos establecimientos, que China es el país que más contamina el medio ambiente, que a la OPEP no le gustan las crisis, que la ley de la oferta y la demanda es clave para comprender los precios, que es preciso potenciar la enseñanza virtual y modificar el horario escolar y que las oraciones hay que hacerlas en soledad para evitar contagios.
Seguramente y de forma milagrosa China, Rusia, USA o Bukele terminen con el coronavirus, y la plebe se exaltará de nuevo con otro asunto por venir. Mientras, la razón parece estancada en principios del siglo pasado y pocos se acuerdan de ella. Dicho esto: evite infectarse.

lunes, 9 de marzo de 2020

Del feminismo al extremismo feminista

De ahí esas teorías, repetidas hasta la saciedad, del heteropatriarcado y el consecuente desprecio del hombre 

Sería absurdo e irracional rebatir la negación y el desprecio al 50% de la población humana a lo largo de la historia del ser humano. La mujer, por cuestiones relacionadas con la supervivencia -al inicio- y a costumbres sociales tangenciales con la propia biología -después-, ha estado ausente de la toma de decisiones y participación pública. No es hasta finales del XIX y, sobre todo, bien entrado el siglo XX, que el mundo comienza a escuchar un reclamo legítimo de mujeres que no quieren seguir estando a la sobra del hombre ni desplazadas del protagonismo laboral, social, familiar, etc.
De esa cuenta, los movimientos feministas toman sentido al presentar a seres humanos -mujeres- tradicionalmente desplazado por otros -hombres,- y anulados particularmente en la vida pública. El modelo excluyente, mantenido por siglos, fue perpetuado por hombres, pero también por mujeres, que sustentaron tal forma de actuar en razones biológicas, culturales y religiosas, principalmente. A pesar de todo, las sociedades tradicionales sobrevivieron, en muchas ocasiones, gracias a un matriarcado en la sombra que permitió la observancia de valores, formas y sobre todo protección y supervivencia.
Los nuevos tiempos dieron una vuelta sustantiva a esa forma segregacionista de pensar y, afortunadamente, la mujer tomó su espacio en la legislación de forma que se terminaron reconociendo derechos y obligaciones por igual, al menos en un marco jurídico teórico que evidentemente requerirá de algunas generaciones para ponerlo plenamente en práctica, como sucede con casi todos los cambios sustantivos.
Sin embargo, el legítimo movimiento feminista ha sido parasitado por ciertos grupos radicales que han terminado por hacerle más daño que favor. Además, determinadas formaciones políticas de ideología extrema tomaron la bandera para posicionar temas colaterales que nada tienen que ver con el reclamo legitimo de la igualdad de derechos y obligaciones, como el aborto, las cuotas en la función pública y cuestiones similares.
De esa cuenta, se ha terminado por mezclar una cosa con las otras y radicalizado protestas como las que se han venido viendo últimamente en varios lugares del mundo. Esos grupos feministas y extremistas no distan mucho de aquellos otros que se negaron a facilitar los derechos de las mujeres, con el agravante de que los primeros basaban sus posturas -equivocadamente si se quiere- en razones culturales, biológicas o de tradición; estos otros, por su parte, son racionalmente operados y terminan construyendo sobre el odio más que sobre la razón o cualquier otro principio inocente. De ahí esas teorías, repetidas hasta la saciedad, del heteropatriarcado y el consecuente desprecio y condena generaliza del hombre, justamente lo que rechazan en relación con su devenir histórico.
Las cosas deben tener su justa medida, pero, en una sociedad cada vez más emotiva que racional, es muy difícil manejar argumentos y juicios que no terminen diluyéndose en redes sociales, protestas musicales con la cara tapada o destrucción del entorno como desahogo de una frustración más ideológica y personal que social o de respuesta a realidades históricas. Emerge la teoría del péndulo, aquella que nos hace pasar de un extremo al otro sin advertir que terminamos justamente en el mismo nivel de intransigencia que se pretendía anular.
En estas fechas en que se celebra el día y por extensión el mes de la mujer, es bueno presentar el tema desde una visión reflexiva. De lo contrario es posible que, en algunas centenas de años, estemos celebrando el día de hombre con idénticos reclamos históricos que, por cierto, la religión no ha terminado de arreglar en sus postulados y enseñanzas eminentemente masculinizadas ¡Al tiempo si no!

lunes, 2 de marzo de 2020

Hacer piñata de lo público

Los Estados han ido esquilmando en la medida que estas prácticas se han perfeccionado en todos los niveles

Entre lo público y lo privado hay una diferencia sustancial: la propiedad de lo que se maneja o gestiona. Cuando aquello que se administra es propio, los resultados dependen de la buena o mala pericia en la gestión. Sin embargo, administrar lo público no suele tener un costo directo para quien descuida su quehacer, por lo que no es necesario ser eficaz ni eficiente en alcanzar los resultados que se hayan podido plantear previamente.
Los políticos -de aquí y de allá, como diría Alberto Cortéz- manejan la cosa pública con desfachatez y alegría sin límite, precisamente por la tesis antes indicada. Se asignan vehículos, combustible, asesores, comidas, teléfono, seguro de vida y médico,  comisiones, caja chica -con grandes números- y prebendas similares que duplican o triplican el salario asignado que suele ser el único conocido. No tienen empacho en pactar esos privilegios ni tampoco consentirlos en otros colectivos: organismo judicial, puertos, sindicatos y otras instituciones. Una suerte de pacto de canallas que pagamos los ciudadanos que, desde la economía formal, practicamos valores y principios éticos que deberían regir una sociedad organizada.
Pasar la línea de la ética en lo público es muy sencillo. De una determinada asignación para “representación” -que se debería destinar a atender situaciones difíciles de explicar, pero sencillas de comprender- se termina por aparcar el carro oficial con los guardaespaldas a la puerta del restaurante o bar de copas hasta que el funcionario de turno finalice la hartada o libada correspondiente y así disponga de transporte hacia su domicilio. No hay que dejar de mencionar el vehículo oficial que lleva a los hijos al colegio para que el dignatario o su esposa no pierdan un solo instante y se distraigan de su importante labor o que el chofer asignado les haga la compra del supermercado. A ello hay que sumar los asesores contratados que suelen ser amigos, parientes o compromisos previamente contraídos y el grupo de secretarias a quienes algunos consideran que pueden tirarle los perros como celebración de happy hours en viernes.
Los Estados -unos más que otros- se han ido esquilmando en la medida que estas prácticas se han perfeccionado en todos los niveles. En una organización social como la nuestra, en la que la función pública no existe como modelo de carrera y la mayoría de trabajadores del Estado -incluidos policías, jueces y militares- están al capricho y favor de los políticos, los funcionarios se deben a quienes los nombran y no al trabajo digno que deberían hacer en beneficio de todos. Es la razón por la que la Ley de Servicio Civil es importante y necesaria: evitar que el poder corrompa al alinearlo con el nombramiento.
La discusión nacional sobre si los diputados deben o no tener un almuerzo diario, seguro de vida, seguro médico, vehículo y otras prebendas, se torna justamente trascendente no tanto por el costo -que ya es alto- sino porque el debate se produce en un espacio ausente de ética y valores. Cuando las autoridades no saben diferenciar lo correcto de aquello otro que es moralmente reprochable, es muy difícil darles el crédito suficiente sobre si serán buenos administradores públicos y eficientes gestores de un presupuesto que se confecciona para alcanzar determinados objetivos sociales.
Es el momento de poner sobre la mesa todas esas cuestiones “nimias” -así han sido calificadas por algunos- que, además de sumar cientos de millones, impiden construir pilares sólidos de comportamiento ético y gestión adecuada, y dejar para siempre de ser una sociedad somnolienta, conformista y pasiva que critica pero que no hace mucho esfuerzo por cambiar las cosas.

lunes, 24 de febrero de 2020

Deconstruir una mentira

Nos satisface más ver la mentira vestida que la verdad desnuda, tal y como predijera Jean-Leon Gerôme en una preciosa fábula.

Vivir en una mentira es una actitud más frecuente de lo que podría pensarse. En lo individual, acudimos a esa forma de confrontar determinadas situaciones ingratas, y evadir cierto grado de culpa o responsabilidad. Pasamos los semáforos en rojo alegando miedo insuperable a ser asaltados, y justificamos tranquilamente nuestra irresponsable conducta. Llegamos tarde a las citas y culpamos de la impuntualidad al tráfico. Pensamos que los hijos de los demás son quienes beben o prueban la mariguana, pero jamás los nuestros. Nos convencemos de que no estamos gordos, cuando el espejo dice lo contrario, así que le echamos la culpa para tranquilizarnos. En definitiva: nos satisface más ver la mentira vestida que la verdad desnuda, tal y como predijera Gerôme en una preciosa fábula. Algunas técnicas de coaching saben mucho de eso.
En lo social, no somos diferentes. Organizamos instituciones y procesos que se sustentan en mentiras vestidas de legalidad, porque es necesaria la ley para refrendarlos y legalizarlos, aunque no necesariamente hacerlos justos. El actual proceso de elección de jueces y magistrados -por medio de las comisiones de postulación- es uno de ellos, quizá el más disfrazado.
Para manejar y manipular las comisiones se ha hecho de todo, ¡aunque siempre legal! Se crearon universidades fantasmagóricas para contar con representantes en dichas comisiones. La última de ellas, la universidad Regional, fundada por el delincuente Manuel Baldizón. Se han nombrado decanos ad hoc para los procesos de postulación con la finalidad de compincharse con otros y así contar con cierta cantidad de votos que permitan la trampa. Las tablas de gradación -de puntuación- se confeccionan en el momento previo a la selección con lo que incluyendo, aquí o allá, algunos méritos o bien ponderando la puntuación a gusto del consumidor, se puede promover tal o cual grupo o persona. Después de múltiples discusiones sobre la aplicación de dicha tabla a los expedientes de los postulantes, se establece un orden -lo más objetivo del proceso, sin ser totalmente fiable- y se elabora un listado por puntuación. Todo lo anterior, sin embargo, queda descalificado cuando -independientemente del orden establecido- los postuladores votan discrecionalmente por quienes integrarán la nómina definitiva que remitirán al Congreso, sin tener que observar la puntuación indicada, para la que tomaron horas de discusión y análisis. Entonces, ¿de qué sirvió todo aquello? Es de esa cuenta que la nomina final incluye aspirantes altamente puntuados, otros muy mediocres y algunos más que jamás deberían estar ahí.
En el Congreso ocurre algo similar. Llegado el listado, los diputados elegirán como deseen -arbitrariamente-y no siendo necesario observar ninguno de los criterios seguidos, se consumará lo pactado desde el principio: serán nombrados jueces y magistrados aquellos que estuvieron en el radar de quienes manejan los hilos de estas mentiras vestidas de legalidad.
Las alternativas de grupos que se dicen promotores de la reforma judicial, no pasan de quitar un calzón a esa mentira nacional y ponerle otro, porque al final ninguna de esas propuestas apuesta por la objetividad y todas permiten que alguien o algunos elijan a los jueces, en lugar de poner una barrera de conocimientos, experiencia y honorabilidad y quienes la superen sean designados en función de la calificación más alta o bien por sorteo. Estas dos últimas formas, las más objetivas, no se incluyen en ninguna propuesta porque se perdería lo que todos persiguen: nombrar a sus jueces, a los que como grupo creen mejores que los del contrario. 
Y para vergüenza nuestra, seguimos con la verdad desnuda escondida y la mentira vestida de traje de fiesta.

lunes, 17 de febrero de 2020

¿Un día para celebrar el amor?

El amor llega sin que se le espere, pero también se marcha sin esperarlo. No hay fórmulas para retenerlo, aunque nos empeñemos

Celebramos recientemente el día del cariño, del amor o de la amistad, según versión de cada quien. El amor es un vector transversal y permanente en la vida; no hay vida sin amor, es imposible que exista. Cambia con el tiempo y se torna de pasional a reflexivo, a espiritual, incluso platónico. Hay quienes dedican su amor a una deidad, a su pareja, a la familia, al prójimo o al trabajo. Es infinito y puede ofrecer idénticas dosis a muchos; se puede amar por igual a hijos, padres, familiares o amigos.
El amor establece prioridades difíciles de cambiar y comprender, salvo por amor. Para una madre, sus hijos ocupan un indiscutible primer puesto, para un padre suele ser su pareja, sin que los hijos queden relegados. Los abuelos son capaces -también por amor- de superar el que tienen a sus propios hijos, incluso para discutir con ellos, y ofrecerles una porción mayor -o distinta- a los nietos, en una peliaguda búsqueda de equilibrio que los tacha de malcriadores y alcahuetes, aunque todo lo hagan con amor.
El amor te hace abandonar todo, literalmente. Puede nublar los ojos y la mente e impulsarte a emprender inciertos y complejos caminos. No tiene precio ni es posible comprarlo, más allá de la simulación del amor, especie de sucedáneo con el que algunos construyen equivocada y artificialmente su vida. Tampoco tiene gusto definido, edad, género o sexo. Cuando se ama libremente no hay muro capaz de detener; una fuerza arrolladora que no atiende a razones ni a realidades, a prejuicios o costumbres, a ruegos o hábitos ¡Cuántas cosas hemos hecho por amor, y cuántas más nos quedan por hacer!
El amor al prójimo promueve una sociedad respetuosa y complaciente; el amor a los hijos un trato deferente y cariñoso; el amor a la pareja respeto, consideración y diálogo; el amor a los amigos, camaradería, apoyo y lealtad; el amor al trabajo perfección y servicio. Es, sin embargo, voluble, caprichoso y no está sujeto a control, razón o medida, y también el amor puede destruir, cuando se pervierte. Los celos o el desamor derivan en rechazo y conducen al odio, a la frustración o a la violencia. El despecho suele ser el peor motivo y razón frecuente de la conducta colérica. 
El amor llega sin que se le espere, pero también se marcha sin esperarlo. No hay fórmulas para retenerlo, aunque nos empeñemos en amarrarlo. Aumenta con el tiempo, y se torna más amigable y desinteresado. Una sonrisa o una mirada llenas de amor en un momento de la vida carecen de significado en otras ocasiones. Una palabra o un gesto amoroso, puede representar todo lo que algunos son capaces de ofrecer, porque el perdón está ausente en su vocabulario. No hay baremo para medir o valorar el amor. Es callado en ocasiones o muy visible en otras; se vive con felicidad plena o con frustración permanente; hay necesidad de manifestarlo o se resguarda silenciosamente en el alma o aprisiona en el corazón ¡El amor rompe todas las reglas!
Pocas cosas hay en la vida tan simples y complejas a la vez, en cualquier edad, momento o situación. Alguien dijo aquello de que “el corazón tiene razones que la razón desconoce”, así que mejor no cuestionarlo más. Celebremos al amor mientras lo tengamos, el día que desaparece todo se torna vacío y sin sentido, profundamente oscuro y desesperanzador; quedamos huérfanos de pasión y de ilusión. 
Sin duda, el amor es el motor de la vida y hay que festejarlo permanentemente mientras se pueda.

lunes, 10 de febrero de 2020

El siglo del populismo

El sistema de pesos y contrapesos les genera desgaste y no están dispuestos a debatir porque su concepción autoritaria no lo permite

El siglo XX fue el de los dictadores, el fascismo, el nazismo, el comunismo y el socialismo. Ningún país escapó a alguna de esas tendencias, la mayoría aupadas por ciudadanos cansados de absolutismos monárquicos que no dejaban mucho margen de actuación política ni aires de libertad. No fue si no hasta el último cuarto del pasado siglo que la mayoría de países occidentales tornaron a sistemas democráticos más o menos eficientes que abrieron paso a lo que se denominó democracia liberal.
Sin embargo, la llegada del siglo XXI evidenció aquello de que la libertad se gana cada día y que nada de lo conseguido es permanente. En el particular caso de América latina, aparecieron personajes como Chávez, seguido por otros: Correa, los Kitchner, Evo Morales y más recientemente Bolsonaro, Trump, AMLO y Bukele. Una suerte de autoritarios que, subidos al burro del populismo, han aprovechado la frustración de millones de ciudadanos cansados de sistemas democráticos que no satisfacen sus expectativas. Todo ello hace renacer la tesis de Juan Linz sobre los sistemas presidencialistas y su fracasado diseño.
Los autoritarismos populistas se han caracterizado por, al menos, dos cosas: el acaparamiento del poder y la presencia religiosa -extrema o conservadora- en la mayoría de las ocasiones. Ya en el siglo pasado tanto Fujimori, en Perú, como Serrano Elías, en Guatemala, dieron muestras de esas tendencias que ahora se perciben más habituales y acomodadas a los tiempos, pero que tienen el mismo efecto devastador. Entre el actuar de los personajes citados y la dictadura más férrea solo es cuestión de tiempo, tal y como muestra Venezuela, un ejemplo a no seguir que permite visualizar hacia donde caminan ciertos liderazgos.
El modus operandi ha sido igualmente seguido por todos: la llegada al poder en momentos de crisis y la promesa de acciones contundentes propuestas desde una tribuna nacionalista, sea en temas de seguridad o en desarrollo económico. La presencia divina en los discursos, las oraciones como elemento de comunión ciudadana y la exaltación patriótica, también son ejes sobre los que se ha construido el modelo, además del desprecio y condena a los medios de comunicación para evitar que evidencien tales barbaridades; todos, además, cruzaron la línea del respeto a valores y principios democráticos. En Venezuela, Chávez implementó la ley de habilitación, antigua forma de tomar el poder total que Hitler adoptó, y el resto de personajes citados han seguido la misma ruta de pasar, directa o indirectamente, por encima de los poderes Legislativo y Judicial. El sistema de pesos y contrapesos les genera desgaste y no están dispuestos a debatir porque su concepción autoritaria no lo permite.
El caso más reciente, el de Bukele en El Salvador, es más de lo mismo con el agregado del llamado emocional por medio de redes sociales y el uso del aparato militar-policial para ingresar a una Asamblea Legislativa legitimada igualmente en la urnas, “defecto” del que Linz advirtió en su análisis sobre la configuración de los sistemas presidencialistas. Por su parte la ciudadanía, exaltada por esa interminable espera de un líder que solucione los problema, grita y se enaltece sin advertir que en el próximo menú político ellos serán el plato principal del almuerzo, y para ser Nicaragua apenas hay un paso más. El debate regional sobre el tema sigue pospuesto y los organismos internacionales duermen plácidamente el sueño de los justos al cerrar los ojos a una frecuente realidad. Al final, una debacle anunciada será seguramente el punto de indignación de lo que ya se sabe ocurrirá.
El siglo XXI ya tiene su propio estigma: el de los populismos.

lunes, 3 de febrero de 2020

Golondrinas en el Congreso

Quizá una golondrina no haga verano pero se le oye trisar a lo lejos y muchos miran a ver si el estío se aproxima

Vicenta Jerónimo, diputada del MLP, no aceptó el almuerzo -pagado con nuestros impuestos- que se ofrece a los congresistas durante las sesiones del mediodía, y alegó -con razón- que hay otras horas mejores para esas reuniones. Otros diputados decidieron no suscribir el seguro médico -también pagado con impuestos- que igualmente ofrece el Legislativo a los parlamentarios en vez del IGSS, seguro de salud estatal que ellos promueven, regulan y supervisan.
Esas actitudes generan la pregunta de si renunciar a ciertos privilegios hace la diferencia entre los políticos. En puridad conceptual pareciera que no, porque el trabajo final debería ser el resultado sobre el que evaluar al legislador. Sin embargo, la política es cada vez más emotiva y visceral que racional y sensata y, en un país harto de tanto político mañoso, corrupto, delincuente, narcotraficante o prófugo, es normal que esos detalles aporten valor a la discusión y sean percibidos como muy positivos.
Sea un acto populista, popular o genuino, lo cierto es que el ciudadano ve con buenos ojos el hecho de que un grupito se separe de esa tónica de disfrute de privilegios que se recetan políticos y sindicalistas en connivencia y apoyo mutuo. Un país en el que todavía mueren de hambre muchos niños o quedan desnutridos y afectados de por vida, no puede permitirse esa forma de vida que se dan la mayoría de autoridades. O son sueldos que sobrepasan los de países con renta per cápita triple que la nacional o bien privilegios que terminan por encarecer el funcionario a niveles difícilmente evaluables. No es casualidad el interés por ocupar ciertos cargos o por mantenerse en ellos, a pesar de que los aparentes salarios no deberían de provocar tales angustias al perderlos o generar ilusiones por alcanzarlos.
El funcionario, además de ingresar por oposición a cualquier puesto, debería tener un salario único basado en competencias, responsabilidad, riesgo y especialización. Sus gastos en salud, seguro de vida, gasolina para el carro o pantagruélicas comidas con finos licores, tendría que salir de su peculio, al igual que ocurre con el resto de personas, pero jamás de erario público que debería utilizarse para otros fines.
Igualmente, los sindicatos estatales deberían desaparecer, puesto que si la labor de los mismos es mediar entre el patrón y los trabajadores, no tiene sentido que el “patrón Estado” negocie con aquellos que lo extorsionan y cuyo costo no es asumido por él sino por resignados ciudadanos pagadores de impuestos que siempre quedan al margen de la negociación. Dicho en román paladino: se produce una suerte de chantaje/soborno de unos a otros que se soluciona con un pacto cómplice en beneficio de ambos, y cuyo costo pagamos el resto.
Quizá una golondrina no haga verano pero se le oye trisar a lo lejos y muchos miran a ver si el calor es más intenso y el estío se aproxima. En esta ocasión, los diputados que han renunciado a privilegios de comidas o seguros médicos han llamado la atención del elector y rentabilizado su imagen a bajo costo. Eso, además de ser una inversión política para el futuro, supone un acto de honestidad y una iniciativa que seguramente traerá otros debates sobre el uso adecuado del dinero público y cómo debe gastarse para los fines establecidos, y no para pagar desmanes de algunos impresentables, como aquel que gastó una grosera cantidad en mariscos.
Los grandes cambios inician con pequeñas muestras que construyen y jalonan el camino hacia la decencia, aunque algunos todavía prefirieran contumazmente seguir en el barro.