Entradas populares

lunes, 27 de abril de 2020

No es oro todo lo que reluce

Lo que el Congreso hizo -aunque suene raro- es subir solapadamente los precios de los servicios básicos que pretende proteger

El decreto 15-2020 es la legislación que impide la interrupción de los servicios básicos de agua, luz, teléfono e internet, pero aún no ha sido sancionado por el Ejecutivo, lo que  ha generado fuertes protestas de quienes ven una falta de sensibilidad en el gobierno, y ha sido usado por la oposición como elemento de desgaste político. Si yo fuera gobierno tampoco lo sancionaría, porque lo que está mal hecho no puede aplicarse; se corre el riesgo de provocar mayores males que los nobles que pretende evitar. En este caso, la mayoría de los diputados aprobaron algo que “sonaba” bien, pero sin un análisis mínimo que hubiera detectado dónde están los problemas que ahora muchos de ellos reconocen, aunque no hacen nada por cambiarlos.
No es de recibo que un proveedor de agua, electricidad, teléfono o internet -póngase en sus zapatos- tenga que pedir un préstamo y correr con el costo de los intereses para financiar un servicio que brinda, no cobra y no puede suspender. Otro contrasentido igualmente incomprensible y criticable, es que se otorgan privilegios crediticios para proveedores de agua potable -a través del Crédito Hipotecario Nacional, aunque también con costo sobre el préstamo- pero obvian al resto de proveedores citados cuya solución tácita es: “búsquense la vida como puedan en el mercado financiero”.
El decreto no prevé solución alguna para que esos empresarios tengan una salida sin incurrir en gastos extraordinarios, y cómo la ley obliga a proporcionar esos servicios y que el prestador asuma el costo extra, evidentemente será trasladado al consumidor. No hay que doctorarse en economía para comprender ese sencillo y natural fenómeno. Lo que el Congreso hizo -aunque suene raro- es subir solapadamente los precios de los servicios básicos que pretende proteger. Al final la factura será más elevada
¡Señores diputados no es responsable legislar así!, y mucho menos culpar luego al Ejecutivo de que no sanciona esa mamarrachada que aprobaron. Queriendo hacer un bien -evitar el corte de servicios básicos en momento de crisis- han conseguido un efecto colateral inverso y preocupante. Si hablan con alguna empresa y pide que analice económicamente su propuesta de ley, verán que en un espacio de tiempo indeterminado -porque no sabemos cuando durará la pandemia- deben prestar un servicio que no cobran, pedir un crédito para financiarlo y, seguramente, correr con otros gastos producto del pago diferido -de hasta doce meses- que puede proponer el cliente. El resultado final es que esos sumatorios suponen imprevistos inicialmente no contemplados en los precios, y que habrá que agregar ¿Conoce la respuesta? Se la voy a adelantar: el consumido pagará más, aunque sea en cuotas. Lo que hicieron fue encarecer los servicios por no ofrecer soluciones, tal cual pudo haber sido una subvención estatal y no este despropósito. No saben cuanto costará todo esto, porque la pandemia no tiene fecha límite; no solucionan el tema del financiamiento empresarial; culpan al Ejecutivo de un problema que los diputados crearon; usan políticamente el tema para sacar tajada de ello y, además, no se reúnen para enmendar esa legislación mal hecha.
Esperábamos que este Congreso fuese diferente. Gente nueva, diputados jóvenes, mañas “superadas”, mucha mayor preparación de la mayoría de los diputados, salida de la vieja guardia, etc., pero pareciera que de momento el pastel se cocina de forma similar. No se pueden aprobar cosas porque suenen bien, sean populistas o estén en la órbita ideológica de cada cual. Hay que leer analizar y no dejarse llevar por otros, única forma de evitar errores, como este, que compliquen encontrar la solución.

lunes, 20 de abril de 2020

Sindicalismo en tiempos de crisis

La única manifestación de ciertas organizaciones sindicales ha sido solicitar bonos especiales por la pandemia

Se esperaría -¡Ay con las utopías!- que en momentos de crisis, determinadas instituciones que en situaciones de normalidad abogan por derechos y dignificación del trabajador, actuaran en el marco ético que proclaman en sus discursos. Se escucha constantemente a las organizaciones sindicales abogar por la justicia, la igualdad o los derechos de sus afiliados. No obstante, en esta crisis del COVID-19 se han mostrado como lo que son: grupos de presión y chantaje que huyen y se esconden en momentos de necesidad. Un líder sindical, como el señor Acevedo, que se sienta sin pudor con cualquier gobernante, pacta o negocia con no importa quién o lanza a sus huestes a las calles para parar el país y exigir subida salaria para dignificar al maestro, ahora está callado, silenciado, escondido, sin propuestas.
De entre los préstamos avalados por el Congreso, en esas cuestionadas sesiones celebradas al inicio de la pandemia, se aprobó una millonaria cantidad para hacer frente a pactos colectivos de salud y educación. Hubiese esperado que si apenas hay instalaciones adecuadas para llevar a cabo clases presenciales con un mínimo de dignidad -absolutamente ausente lo virtual- los sindicatos saliesen a proponer soluciones, pero eso no ha ocurrido. Quizá tomar las vacaciones durante abril y mayo y prolongar las clases hasta diciembre hubiese sido algo a considerar, pero el magisterio calla, aunque cobra, sin ser parte de la solución de este problema. La educación y la niñez les dan exactamente igual, como se venía intuyendo.
La única manifestación de ciertas organizaciones sindicales ha sido solicitar bonos especiales por la pandemia. Así lo han hecho sindicatos de Puerto Quetzal y de la SAT, entre otros, mostrando lo que son: chantajista y oportunistas a los que hay que confrontar con la dureza legal y moral de una sociedad a la que tienen parasitada.
En todas las crisis hay oportunidades, y esta no es una excepción. Se ven las instituciones que sirven y las que no, y en estos momentos difíciles los sindicatos no han servido absolutamente para nada. Una inútil carga económica que no debemos soportar por más tiempo. Es momento de que el Presidente ordene a la PGN la anulación de los pactos colectivos por ser perjudiciales para el Estado. No es posible seguir negociando, después de que pasemos este bache epidemiológico, con personajes que hunde el país con sus posturas y actitudes, y debemos buscar fórmulas para que no continúe el reparto del pastel presupuestario entre grupos de parásitos sociales.
A la administración anterior -como a otras- le faltó carácter para hacerlo y detuvo procesos avanzados que tenía en sus manos la PGN, al igual que en la época de la UNE -Sandra Torres concretamente- se impidió la destitución de Joviel Acevedo tras un proceso legal iniciado en el gobierno anterior. Este país está repleto de depredadores de fondos públicos. Algunos hacen lo propio aún desde prisión, otros siguen libres y al frente de organizaciones políticas o sindicales, y son consentidos.
Una sociedad moderna con presupuesto público ajustado, no puede permitirse que cada año tanto los Puertos como el Organismo Judicial, la SAT, el Congreso o las Municipalidades, por poner otros ejemplos a los ya citados, vean en el Estado un botín al que hay que sacarle la máxima tajada y quedarse con todo lo posible, porque así no se avanza ni hay dinero público que alcance.
Aunque sea un tema secundario, es momento de tomar este tipo de decisiones. No es posible que el dinero no llegue y a esos colectivos, que se excluyen de las soluciones, se les suba el salario.

lunes, 13 de abril de 2020

Muso Ayau, economía y crisis

El hombre-masa orteguiano, no entiende ni puñeta de economía básica ni se interesa por ella, y eso le preocupaba a Muso

El constante entusiasmo que proyectaba Manuel Ayau para que la mayoría de las personas entendieran de economía -al menos lo básico- se siente más comprensible en situación especiales.
Como consecuencia de la crisis provocada por el COVID-19, en todo el mundo proliferan peticiones para que los Estados aprueben préstamos e inversiones millonarias que activen la economía. Además, se exige que no se despidan trabajadores y que las empresas aseguren el puesto y el salario de sus empleados. Algunos no entienden que al trabajador le sucede, exactamente, lo que al empresario: si un negocio no vende sus productos -porque está cerrado- es numéricamente imposible que tenga recursos para pagar salarios. Esas ingenuas reivindicaciones van acompañadas del supuesto de que como ya ganaron mucho y tienen suficiente, que de ahí lo saquen. Aunque contaran con esas inversiones millonarias que se les endilgan, no advierten que los grupos empresariales no tienen el dinero escondido en el cajón de la mesa del jefe, sino invertido en diferentes proyectos y, por lo tanto, no disponible inmediatamente. 
En los Estados ocurre algo similar porque el dinero únicamente sale del bolsillo de los contribuyentes. Es difícil que un gobierno pueda destinar cientos de millones de dólares para atender la crisis cuando el país está endeudado más del 100% de su PIB, como ocurre con los desarrollados, o no cuenta con ahorros. Es el debate que se tiene en la Unión Europea, en donde España, Italia o Portugal piden solidaridad, mientras Alemania o Países Bajos -históricamente más previsores y ahorradores- les hacen ver que podrían estar mejor si se hubieran preocupado de guardar -y no despilfarrar- en épocas de “vacas gordas”. Un viejo y desteñido debate que se dio en 2015 en la Grecia del socialista Alexis Tsipras, pero del que poco se aprendió y nos lleva a la pregunta: ¿Quién pagara todo después de la crisis?
La única manera de invertir y contar con recursos para el futuro es ahorrar, que es justamente lo que los Estados no hacen, mientras gastan más dinero del que tienen y pueden pagar los impuestos de sus ciudadanos. Cuando se está en apuros, quienes estaban acostumbrados a vivir de derechos otorgados por del Estado, exigen que el gobierno se haga cargo de ellos y continúen los privilegios, pero justamente la crisis no lo permite. Acuden, entonces, al discurso tradicional de que sean quienes más tienen -los que ahorraron- los que asuman la falta de previsión de políticos manos rotas y votantes insensatos, y que se tomen medidas especiales, pero desiguales, para conseguir una “necesaria equidad”. Tampoco comprenden que ciertos artículos suban, y piden la inmediata intervención del Estado, ignorando -también- la relación entre oferta y demanda, y su incidencia en el precio final del bien.
El hombre-masa orteguiano, no entiende ni puñeta de economía básica ni se interesa por ella, y eso le preocupaba a Muso, con toda razón. En momentos difíciles, se acude al fatal arrogante hayekiano y se pretenden milagros o acciones mágicas de líderes que, sabedores de la situación, prometen el oro y el moro en un ambiente cargado de populismo que solo conduce al borde del precipicio. En los años previos a la II Guerra Mundial, las consecuencias de la Gran Depresión y la millonaria inflación del marco alemán abrieron la puerta a Hitler. Las consecuencias ya las conocemos, pero no aprendemos nada. Muso tenía razón, pero escuchamos poco y asimilamos menos, porque nos acostumbramos a vivir acomodados mientras “cientistas sociales” nos “solucionen” los problemas. Además de economía, parece ser que tampoco entendimos muchos de democracia liberal ¡Y es que somos lo que leemos!

lunes, 6 de abril de 2020

En torno al espíritu de la tribu

O salimos de la basura política a la que nos hemos habituado o estaremos en cuarentena mental por otros 200 años

El Congreso volvió a sus andadas, y dio un lamentable y bochornoso espectáculo. No sería nada nuevo si no fuera porque en momentos de crisis -como los actuales- las condiciones lo hacen más doloso y preocupante. Una circunstancia agravante que endurece la condena hacía personajes que no dejan de practicar la delincuencia política en cada oportunidad que se les presenta.
Me da vergüenza -muchísima vergüenza- que esos mamarrachos -no son todos- ridiculicen al país cada vez que tienen ocasión, mientras se llenan la boca con elogios a Guatemala y cómo se preocupan y trabajan por el pueblo. El país les importa un soberano pito, al igual que los intereses colectivos, el Estado de Derecho o guardar la mínima decencia con la que deberían de conducirse por la vida.
Después de convocar a sesión, comenzaron la reunión horas más tarde, con esa desfachatez e irrespeto propio del narcisista que le importa un bledo los otros. Rompieron la agenda del día y volvieron a introducir una moción privilegiada para atender la aprobación de préstamos y reacomodos presupuestarios que aumentaban dinero al PARLACEN, al Congreso, a incentivos forestales o a una esperpéntica organización: la Asociación de Dignatarios de la Nación, cuyos integrantes, y quienes los animan, perdieron la dignidad hace tiempo, sirviendo particulares y oscuros intereses.
Un “honorable” diputado, Jorge García -de Prosperidad Ciudadana-, planteó la posibilidad de exonerar de impuestos -ISR e IVA- por 100 años, a empresas nuevas que se instalen en el país ¡No hay error!, son justamente CIEN años lo que el prohombre propuso, condenando a las que ya operan en la legalidad a dejar de ser competitivas, cerrar o pagar lo que esas otras dejarían de ingresar al fisco. A esa barbaridad ética, racional, fiscal y de justicia -criticada por muchos- se unió otra, desaprobada por otros: la de dedicar unos Q1,400 millones al pago de incremento salarial pactado por el gobierno anterior con sindicatos depredadores de fondos públicos ¿En qué momento perdimos la cabeza, la razón, la sensatez y la decencia o es que nunca tuvimos mucho de todo eso?
Ese mundo surrealista se hizo más visible cuando “otro honorable”, en esta ocasión el diputado Felipe Alejos, leyó como si fuera en subasta de pescado, el texto que debía aprobarse. Con ininteligibles balbuceos, se burlaba del ciudadano que paga su sueldo y resolvía un estúpido procedimiento de lectura convirtiéndolo en payasada circense -similar a las del gobierno anterior, a lo que está acostumbrado- que en acto formal.
A mi -extranjero en este país, y por tanto no de origen- me avergüenzan esos majaderos sin dignidad ni capacidad para ejercer el cargo que ostentan, y absolutamente desapegados de la realidad nacional, pero sobre todo del país que dicen amar. El medio que publica esta columna no permite el insulto explícito -y hace muy bien- pero esos dignatarios, y quienes les dejan que campen a sus anchas sin ponerles freno, son una auténtica porquería. O salimos de la basura política a la que nos hemos habituado o estaremos en cuarentena mental por otros 200 años.
En situación de normalidad, la mayor parte de lo que salen del Congreso es criticado; en estas condiciones, en las que hay miedo y zozobra, además de riesgo de ser infectado, lo que esos individuos hacen o permiten es abominable. No todos son iguales, pero los diferentes que den cara, golpeen la mesa y señalen a quienes así actúan. No más silencio. No más permisividad. No más paciencia. No más miedo. Es momento de actuar, de hacer la diferencia, de alzar la voz y frenar a esos delincuentes con disfraz político.

lunes, 30 de marzo de 2020

Quién te lo iba a decir

Acaso no extrañas llegar a un restaurante y que te digan que debes esperar 30 minutos para que se desocupe una mesa

Quién te iba a decir que debiste haber incluido en tus propósitos para 2020, besar más a tus hijos, mimar a tus seres queridos o saludar fraternalmente a tus vecinos. Quién te iba a decir, joven adolescente e insolente, que tendrías que abrazar más a tus papás -hasta cansarte- sin reparar en esa vergüenza, propia de la edad, que rehúsa caricias, besos y apapachos. Quién debió advertirte que no volverías a ver a familiares mayores, arrebatados súbitamente y sin tiempo para despedirte de ellos o echarles una última mirada.
Seguro extrañas pasear por aquellos centros comerciales atiborrados de personas que apenas te dejaban espacio o hacer interminables colas para ingresar al cine o a conciertos, rodeado de otros irritados por la espera, como tú. Acaso no echas en falta llegar a un restaurante y que te digan que debes esperar 30 minutos para que se desocupe una mesa, mientras permaneces de pie con niños gritando y girando a tu alrededor que te empujan y pisotean. Quién te iba a decir que echarías de menos el tráfico de ida y regreso al trabajo o aquel que se producía en cualquier momento del día. Quién te ha vetado la charla con la vecina o con el jardinero cuando paseas por el condómino. Cosas simples que hacíamos por costumbre y que de pronto se han perdido. Momentos de los que estábamos cansados, porque eran la rutina de cada día, se convierten ahora en sueños imposibles, sin que sepamos con certeza cuándo regresarán.
En poco tiempo, todo habrá cambiado en muchos lugares. No veremos a ciertos familiares y amigos porque se fueron, se los llevaron sin nuestro permiso, y no volverán. La vida, súbitamente, te sorprende, te hace aterrizar bruscamente y volver la vista a cosas simples que adaptaste a tu comportamiento sin darte cuenta, y a las que habías quitado valor. Qué más daba un saludo, si al día siguiente podías hacerlo. Qué importaba un abrazo o un beso olvidado por la mañana si podías recuperarlo al regreso en la tarde. Qué importancia tenía aquella actividad escolar de tus hijos si en definitiva todos los años, cuando no más a menudo, podías asistir a otra. Se perdieron los saludos, las sonrisas, los momentos… Las manos que se juntaban mientras paseabas o veías televisión, buscan ahora contacto en la soledad. Los viajes encajonados en innumerables fotos perdidas en el espacio electrónico se añoran como nunca. A miles de millones de atrevidos seres humanos nos han puesto en nuestro sitio, y extrañamos pasear, abrazar, compartir, sonreír… Nos han hecho reflexionar sobre aquello a lo que dejamos de darle crédito y valor.
Salir de comprar será un placer en el futuro, especialmente si es en familia. Reunirnos en torno a una mesa, rodeado de otras mesas que gritan o aplauden como la nuestra, un privilegio que no dejaremos escapar. Sentarse a ver TV tomados de la mano, una oportunidad de oro. Vivir en el tráfico, la mejor forma de comenzar o terminar un día y no una maldición cotidiana. Regresar al colegio, un deseo hasta ahora desconocido ¡Cuándo volveremos a experimentar lo que antes desdeñábamos!
Seremos generaciones de afortunados si seguimos respirando un aire contaminado en un entorno ruidoso, con un ambiente cargado. Será momento de reflexionar sobre el “yo”, el “nosotros” y el “ellos”. Tiempo de pasear, reír, besar, abrazar, compartir, amar…
¿Ha pensado en la oportunidad que tendremos de recomponer valores perdidos? Estimemos más lo que tenemos antes de que se esfume. Valoremos el cariño de los nuestros. Démonos cuenta lo maravillosa que es la vida. 

lunes, 23 de marzo de 2020

La sutil hipocresía (inter)nacional

El famoso coronavirus ha vuelto a ponernos a prueba y revelado la idiosincrasia habitual, sin cambios sustantivos

Tuve un jefe que cuando se jubiló nos visitó a varios amigos con el fin de compartir recuerdos y vivencias. En aquella reunión, le pregunte qué quedaba cuando se alcanzaba la edad de retiro. Serenamente, como siempre hablaba, me dijo que tres cosas: a) difícilmente lo engañaban, b) se reunía con quien deseaba y seleccionaba a sus amigos, y c) que podía hablar claro sin temor al que dirán. No se si llegué a esa edad en la que puedo acomodarme sobre el trípode de aquellos consejos.
El famoso coronavirus nos ha vuelto a poner a prueba y revelado la idiosincrasia habitual, sin cambios significativos. Fue música celestial escuchar aquel lema de #TodosUnidosPodemos, el llamado presidencial a que ayunáramos y oráramos, amén de prédicas, pláticas, alabanzas y diversas consignas y buenas intenciones mostradas por iglesias, grupos, asambleas o personas individuales. Sin embargo, si llegó al supermercado pudo ver, en una atmósfera tóxica, interminables colas en las que unos miraban a otros sin hablar, con la carreta lista para entrar a comprar e ignorar el consejo de no acumular porque se podía producir desabastecimiento, además de encarecer los productos ¡A la mara le peló el egg, aquí y en medio mundo!
¿A quien puñeta le importan los otros?, me pregunté con la franqueza de mi exjefe. El otro puede ser agredido, atropellado en sus derechos o ignorado, por quedarme en tres calificativos. Lo importante es uno mismo y si es necesario comprar todo el super pues se hace, y punto. En las dificultades incrementamos el ardor patriótico y nos declaramos “chapines de corazón”, pero el que venga detrás que arree porque para eso está el templo, la oración, el diezmo o la limosna, capaces de limpiar nuestra frágil conciencia resentida. Perdón, pero como titula un mi amigo su libro: ¡qué hueva!
El gel desinfectante es mío, y las toallitas húmedas también. No digamos los frijoles, garrafones de agua, productos de limpieza y comestibles en general ¡Si yo fuera el virus -pensé- les daría una lección que no olvidarían! Y es que hasta el papel higiénico depredaron, sin advertir que el “bicho” no provoca flojedad de vientre.
Encontramos también a patrones insensibles y empleados aprovechados, porque la soberbia -es soberbia y no egoísmo- no conoce clases ni distingue abolengos. Unos, querían que sin transporte público llegaran trabajadores, como si en este país fuese posible semejante cosa. Los otros, quedarse en casa y que el empresario -al que le “sobra el dinero”- pague su tiempo de cuarentena y las subvenciones que, sin duda, decretará el político. Algunos más, criticaban a empresarios que donaron millones, pero callaban el irresponsable reclamo de bonos extraordinarios por parte de sindicatos de Puerto Quetzal y de la SAT. Ninguno comprendió que si la empresa  quiebra se van todos al carajo ¿Otra vez egoísmo? ¡Que no, que se llama soberbia!, y si quiere ponerle apellido para que el término no sea más hijo de…, añádale desprecio al prójimo.
Los valores de la vida en sociedad se aprenden en casa, en el colegio y en la calle, porque los otros también educan, y cuando no se han mamado no valen pajas piadosas que terminan revelando como somos realmente. Hay sociedades que requieren una catarsis muy profunda para comprender que el respeto a los demás y la civilidad son claves para la vida en sociedad, y la solidaridad y la responsabilidad patrimonio privado. Nada de ideologías, aquí -y en medio mundo- lo que falta es educación para vivir en común. 
Creo que llegué a la edad de Rodrigo, mi exjefe, a quien agradezco profundamente su lección de vida.

lunes, 16 de marzo de 2020

El tsunami del coronapánico

El jodido virus ha evidenciado que la sanidad pública más avanzada parece no estar preparada para catástrofes

En algún momento -no ahora- se hará un análisis del impacto del coronavirus más allá de aspectos relacionados con la salud. La primera plaga del mundo de las redes ha generado su propia pandemia: la mediático-alarmista. Grandes catástrofes suelen ir acompañadas por alarmismos que generan confusión y contribuyen al desconcierto, de ahí la vieja lección de: en caso de alarma, conserve la calma.
Es innegable el rápido contagio de la enfermedad y su propagación, pero, las redes, capaces de alborotarlo todo, han hecho del coronavirus una excusa para que cada uno aporte al caos su parte de pánico o irresponsabilidad. Sin necesidad, se han vaciado supermercados y agotado todo lo vendible, cerrado centros de enseñanza o cortado la comunicación con el mundo, entre otras cosas. Con el ánimo saludable de evitar la contaminación de otros, hemos olvidado que lo único que se podrá hacer es retrasarla y seguramente en el futuro próximo veremos una crisis económica que igual termina afectando a muchas más personas. 
Ese tsunami de opinión ha hecho que el ciudadano exija a sus autoridades no importa que barbaridad bajo un miedo imaginario y superior a la realidad. La responsabilidad individual se ha subsumido en la gestión del liderazgo político que ha seguido las pautas de la presión pública, generada de forma similar a la que ocurrió con aquel efecto Y2K, olvidado o no conocido por muchos que ahora usan redes. 
El pánico ha liderado la toma de decisiones y lo racional se ha supeditado a la emotividad del momento transmitida inmediatamente por redes a los que estamos suscritas. Se ha percibido clara diferencia entre lo que dicen políticos y algunos medios de comunicación y las recomendaciones de científicos, mucho más sosegadas y menos alarmistas. Y es que nos gusta la bulla, el chisme y poner fotos de calles vacías o pacientes en el hospital ¡No nos engañemos! 
El jodido virus ha evidenciado que la sanidad pública más avanzada parece no estar preparada para catástrofes y la acumulación en cuidados intensivos de muchas personas -no todas por coronavirus- ha generado la vieja práctica de la medicina de guerra que clasifica y atiende a quienes tienen posibilidades de supervivir, dejando a otros a su suerte. También ha crecido el nacionalismo y la consecuente exaltación patriótica, y la emotividad ocultará nuevamente los grandes errores de la organización política que falla a cada prueba extrema a la que es sometida.
Aquello de: “más vale prevenir que curar” -que es cierto- o esto otro de: “cualquier medida es buena para evitar el contagio”, no se aleja mucho del viejo postulado del “fin justifica los medios”. Lo triste es que en pleno siglo XXI, cuando la humanidad ha avanzado más que nunca, sigamos sin utilizar la razón con el nivel esperado y deseado, además de acorde con las circunstancias. 
Lo que si quede seguramente para el futuro es que podemos hacer muchos trabajos desde casa, cambiar el horario en ciertos establecimientos, que China es el país que más contamina el medio ambiente, que a la OPEP no le gustan las crisis, que la ley de la oferta y la demanda es clave para comprender los precios, que es preciso potenciar la enseñanza virtual y modificar el horario escolar y que las oraciones hay que hacerlas en soledad para evitar contagios.
Seguramente y de forma milagrosa China, Rusia, USA o Bukele terminen con el coronavirus, y la plebe se exaltará de nuevo con otro asunto por venir. Mientras, la razón parece estancada en principios del siglo pasado y pocos se acuerdan de ella. Dicho esto: evite infectarse.

lunes, 9 de marzo de 2020

Del feminismo al extremismo feminista

De ahí esas teorías, repetidas hasta la saciedad, del heteropatriarcado y el consecuente desprecio del hombre 

Sería absurdo e irracional rebatir la negación y el desprecio al 50% de la población humana a lo largo de la historia del ser humano. La mujer, por cuestiones relacionadas con la supervivencia -al inicio- y a costumbres sociales tangenciales con la propia biología -después-, ha estado ausente de la toma de decisiones y participación pública. No es hasta finales del XIX y, sobre todo, bien entrado el siglo XX, que el mundo comienza a escuchar un reclamo legítimo de mujeres que no quieren seguir estando a la sobra del hombre ni desplazadas del protagonismo laboral, social, familiar, etc.
De esa cuenta, los movimientos feministas toman sentido al presentar a seres humanos -mujeres- tradicionalmente desplazado por otros -hombres,- y anulados particularmente en la vida pública. El modelo excluyente, mantenido por siglos, fue perpetuado por hombres, pero también por mujeres, que sustentaron tal forma de actuar en razones biológicas, culturales y religiosas, principalmente. A pesar de todo, las sociedades tradicionales sobrevivieron, en muchas ocasiones, gracias a un matriarcado en la sombra que permitió la observancia de valores, formas y sobre todo protección y supervivencia.
Los nuevos tiempos dieron una vuelta sustantiva a esa forma segregacionista de pensar y, afortunadamente, la mujer tomó su espacio en la legislación de forma que se terminaron reconociendo derechos y obligaciones por igual, al menos en un marco jurídico teórico que evidentemente requerirá de algunas generaciones para ponerlo plenamente en práctica, como sucede con casi todos los cambios sustantivos.
Sin embargo, el legítimo movimiento feminista ha sido parasitado por ciertos grupos radicales que han terminado por hacerle más daño que favor. Además, determinadas formaciones políticas de ideología extrema tomaron la bandera para posicionar temas colaterales que nada tienen que ver con el reclamo legitimo de la igualdad de derechos y obligaciones, como el aborto, las cuotas en la función pública y cuestiones similares.
De esa cuenta, se ha terminado por mezclar una cosa con las otras y radicalizado protestas como las que se han venido viendo últimamente en varios lugares del mundo. Esos grupos feministas y extremistas no distan mucho de aquellos otros que se negaron a facilitar los derechos de las mujeres, con el agravante de que los primeros basaban sus posturas -equivocadamente si se quiere- en razones culturales, biológicas o de tradición; estos otros, por su parte, son racionalmente operados y terminan construyendo sobre el odio más que sobre la razón o cualquier otro principio inocente. De ahí esas teorías, repetidas hasta la saciedad, del heteropatriarcado y el consecuente desprecio y condena generaliza del hombre, justamente lo que rechazan en relación con su devenir histórico.
Las cosas deben tener su justa medida, pero, en una sociedad cada vez más emotiva que racional, es muy difícil manejar argumentos y juicios que no terminen diluyéndose en redes sociales, protestas musicales con la cara tapada o destrucción del entorno como desahogo de una frustración más ideológica y personal que social o de respuesta a realidades históricas. Emerge la teoría del péndulo, aquella que nos hace pasar de un extremo al otro sin advertir que terminamos justamente en el mismo nivel de intransigencia que se pretendía anular.
En estas fechas en que se celebra el día y por extensión el mes de la mujer, es bueno presentar el tema desde una visión reflexiva. De lo contrario es posible que, en algunas centenas de años, estemos celebrando el día de hombre con idénticos reclamos históricos que, por cierto, la religión no ha terminado de arreglar en sus postulados y enseñanzas eminentemente masculinizadas ¡Al tiempo si no!

lunes, 2 de marzo de 2020

Hacer piñata de lo público

Los Estados han ido esquilmando en la medida que estas prácticas se han perfeccionado en todos los niveles

Entre lo público y lo privado hay una diferencia sustancial: la propiedad de lo que se maneja o gestiona. Cuando aquello que se administra es propio, los resultados dependen de la buena o mala pericia en la gestión. Sin embargo, administrar lo público no suele tener un costo directo para quien descuida su quehacer, por lo que no es necesario ser eficaz ni eficiente en alcanzar los resultados que se hayan podido plantear previamente.
Los políticos -de aquí y de allá, como diría Alberto Cortéz- manejan la cosa pública con desfachatez y alegría sin límite, precisamente por la tesis antes indicada. Se asignan vehículos, combustible, asesores, comidas, teléfono, seguro de vida y médico,  comisiones, caja chica -con grandes números- y prebendas similares que duplican o triplican el salario asignado que suele ser el único conocido. No tienen empacho en pactar esos privilegios ni tampoco consentirlos en otros colectivos: organismo judicial, puertos, sindicatos y otras instituciones. Una suerte de pacto de canallas que pagamos los ciudadanos que, desde la economía formal, practicamos valores y principios éticos que deberían regir una sociedad organizada.
Pasar la línea de la ética en lo público es muy sencillo. De una determinada asignación para “representación” -que se debería destinar a atender situaciones difíciles de explicar, pero sencillas de comprender- se termina por aparcar el carro oficial con los guardaespaldas a la puerta del restaurante o bar de copas hasta que el funcionario de turno finalice la hartada o libada correspondiente y así disponga de transporte hacia su domicilio. No hay que dejar de mencionar el vehículo oficial que lleva a los hijos al colegio para que el dignatario o su esposa no pierdan un solo instante y se distraigan de su importante labor o que el chofer asignado les haga la compra del supermercado. A ello hay que sumar los asesores contratados que suelen ser amigos, parientes o compromisos previamente contraídos y el grupo de secretarias a quienes algunos consideran que pueden tirarle los perros como celebración de happy hours en viernes.
Los Estados -unos más que otros- se han ido esquilmando en la medida que estas prácticas se han perfeccionado en todos los niveles. En una organización social como la nuestra, en la que la función pública no existe como modelo de carrera y la mayoría de trabajadores del Estado -incluidos policías, jueces y militares- están al capricho y favor de los políticos, los funcionarios se deben a quienes los nombran y no al trabajo digno que deberían hacer en beneficio de todos. Es la razón por la que la Ley de Servicio Civil es importante y necesaria: evitar que el poder corrompa al alinearlo con el nombramiento.
La discusión nacional sobre si los diputados deben o no tener un almuerzo diario, seguro de vida, seguro médico, vehículo y otras prebendas, se torna justamente trascendente no tanto por el costo -que ya es alto- sino porque el debate se produce en un espacio ausente de ética y valores. Cuando las autoridades no saben diferenciar lo correcto de aquello otro que es moralmente reprochable, es muy difícil darles el crédito suficiente sobre si serán buenos administradores públicos y eficientes gestores de un presupuesto que se confecciona para alcanzar determinados objetivos sociales.
Es el momento de poner sobre la mesa todas esas cuestiones “nimias” -así han sido calificadas por algunos- que, además de sumar cientos de millones, impiden construir pilares sólidos de comportamiento ético y gestión adecuada, y dejar para siempre de ser una sociedad somnolienta, conformista y pasiva que critica pero que no hace mucho esfuerzo por cambiar las cosas.

lunes, 24 de febrero de 2020

Deconstruir una mentira

Nos satisface más ver la mentira vestida que la verdad desnuda, tal y como predijera Jean-Leon Gerôme en una preciosa fábula.

Vivir en una mentira es una actitud más frecuente de lo que podría pensarse. En lo individual, acudimos a esa forma de confrontar determinadas situaciones ingratas, y evadir cierto grado de culpa o responsabilidad. Pasamos los semáforos en rojo alegando miedo insuperable a ser asaltados, y justificamos tranquilamente nuestra irresponsable conducta. Llegamos tarde a las citas y culpamos de la impuntualidad al tráfico. Pensamos que los hijos de los demás son quienes beben o prueban la mariguana, pero jamás los nuestros. Nos convencemos de que no estamos gordos, cuando el espejo dice lo contrario, así que le echamos la culpa para tranquilizarnos. En definitiva: nos satisface más ver la mentira vestida que la verdad desnuda, tal y como predijera Gerôme en una preciosa fábula. Algunas técnicas de coaching saben mucho de eso.
En lo social, no somos diferentes. Organizamos instituciones y procesos que se sustentan en mentiras vestidas de legalidad, porque es necesaria la ley para refrendarlos y legalizarlos, aunque no necesariamente hacerlos justos. El actual proceso de elección de jueces y magistrados -por medio de las comisiones de postulación- es uno de ellos, quizá el más disfrazado.
Para manejar y manipular las comisiones se ha hecho de todo, ¡aunque siempre legal! Se crearon universidades fantasmagóricas para contar con representantes en dichas comisiones. La última de ellas, la universidad Regional, fundada por el delincuente Manuel Baldizón. Se han nombrado decanos ad hoc para los procesos de postulación con la finalidad de compincharse con otros y así contar con cierta cantidad de votos que permitan la trampa. Las tablas de gradación -de puntuación- se confeccionan en el momento previo a la selección con lo que incluyendo, aquí o allá, algunos méritos o bien ponderando la puntuación a gusto del consumidor, se puede promover tal o cual grupo o persona. Después de múltiples discusiones sobre la aplicación de dicha tabla a los expedientes de los postulantes, se establece un orden -lo más objetivo del proceso, sin ser totalmente fiable- y se elabora un listado por puntuación. Todo lo anterior, sin embargo, queda descalificado cuando -independientemente del orden establecido- los postuladores votan discrecionalmente por quienes integrarán la nómina definitiva que remitirán al Congreso, sin tener que observar la puntuación indicada, para la que tomaron horas de discusión y análisis. Entonces, ¿de qué sirvió todo aquello? Es de esa cuenta que la nomina final incluye aspirantes altamente puntuados, otros muy mediocres y algunos más que jamás deberían estar ahí.
En el Congreso ocurre algo similar. Llegado el listado, los diputados elegirán como deseen -arbitrariamente-y no siendo necesario observar ninguno de los criterios seguidos, se consumará lo pactado desde el principio: serán nombrados jueces y magistrados aquellos que estuvieron en el radar de quienes manejan los hilos de estas mentiras vestidas de legalidad.
Las alternativas de grupos que se dicen promotores de la reforma judicial, no pasan de quitar un calzón a esa mentira nacional y ponerle otro, porque al final ninguna de esas propuestas apuesta por la objetividad y todas permiten que alguien o algunos elijan a los jueces, en lugar de poner una barrera de conocimientos, experiencia y honorabilidad y quienes la superen sean designados en función de la calificación más alta o bien por sorteo. Estas dos últimas formas, las más objetivas, no se incluyen en ninguna propuesta porque se perdería lo que todos persiguen: nombrar a sus jueces, a los que como grupo creen mejores que los del contrario. 
Y para vergüenza nuestra, seguimos con la verdad desnuda escondida y la mentira vestida de traje de fiesta.