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lunes, 2 de noviembre de 2026

El miedo a Washington

¿Cuántos candidatos están realmente preocupados por la posibilidad de enfrentar restricciones migratorias, investigaciones financieras o sanciones estadounidenses?

Algo extraño está ocurriendo en la política nacional. Los aspirantes a la presidencia parecen haber descubierto repentinamente la virtud de la prudencia. Algunos hablan menos, otros miden sus palabras y todos procuran ofrecer una imagen más moderada. ¿Han madurado o tienen miedo?

Basta recordar a Carlos Pineda durante el proceso electoral anterior. Su estilo confrontativo y cantinflesco tuvo uno de sus momentos más notorios cuando irrumpió en una reunión del TSE con fiscales de los partidos políticos. Fue expulsado del recinto y posteriormente sancionado. Días después denunció penalmente a magistrados y funcionarios electorales. Era la política convertida en espectáculo y adoración personal.

Roberto Arzú tampoco se caracterizaba por la moderación. Sus intervenciones, cargadas de descalificaciones permanentes, respondían a una estrategia similar, aunque ahora parece el padre Chemita. Sandra Torres, por su parte, parece haber descubierto nuevas afinidades ideológicas. Después de años vinculada a la Internacional Socialista, ahora parece aspirar a presidir el club de admiradores de Milei. Una conversión que, más que madurez política, invita a preguntarse cuánto hay de de conveniencia, aunque la respuesta es obvia por su trayectoria politica. Un lifting más, esta vez ideológico y sin cirujano.

Una posible explicación de la metamorfosis se encuentra en Cayalá. Desde septiembre, la embajada ha reiterado su determinación de combatir la penetración del narcotráfico en las instituciones guatemaltecas y evitar que estructuras criminales encuentren espacio en las próximas elecciones. 

El episodio más ilustrativo ocurrió cuando Carlos Pineda acudió a la sede diplomática para entregar información sobre posibles candidatos de su partido, en un intento de demostrar transparencia, pero sobre todo oportunismo político. La respuesta diplomática fue contundente: la embajada no era escenografía para fotografías de campaña ni una oficina dedicada a verificar antecedentes de aspirantes. Un auténtico bofetón mediático para quien pretendía convertir la visita en un show público de credibilidad. El asunto adquirió mayor relevancia porque Pineda ha reconocido que actualmente no dispone de visa estadounidense, aunque rechaza que ello obedezca a vínculos con el narcotráfico. 

¿Cuántos candidatos están realmente preocupados por la posibilidad de enfrentar restricciones migratorias, investigaciones financieras o sanciones estadounidenses? Parece ser que la situación migratoria de muchos candidatos es ciertamente difícil, aunque también la prudencia repentina podría obedecer a otras razones.

Si esa transformación obedece al temor de perder una visa, enfrentar una investigación o aparecer en una lista de sancionados, estamos ante una prudencia poco admirable. Porque no es lo mismo moderar el discurso por respeto al ciudadano que hacerlo por miedo a las consecuencias personales.

Paradójicamente, durante años, muchos políticos guatemaltecos han mostrado escaso temor al rechazo ciudadano, a las promesas incumplidas o al deterioro institucional. Pero la posibilidad de una sanción estadounidense parece tener una capacidad de persuasión que nuestras propias instituciones rara vez consiguen ejercer.

Quizá los precandidatos no se han vuelto más prudentes ni más responsables, sino que simplemente han descubierto que, esta vez, sus palabras, sus amistades y sus fuentes de financiamiento pueden tener consecuencias directas desde el norte, al menos hasta las elecciones de medio termino.

Pero si para conseguir un poco de moderación política necesitamos que Washington recuerde que el narcotráfico no debe penetrar las elecciones, el verdadero problema no está solamente en nuestros candidatos. Más bien está en la debilidad de un Estado que todavía no consigue imponer por sí mismo las reglas de una competencia política limpia, y de unos ciudadanos que esperan que otros hagan el trabajo.

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