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lunes, 6 de septiembre de 2021

Dos más dos siempre son cuatro

No hay ayudas “gratuitas”, transporte “gratuito”, escuelas “gratuitas” o salud “gratuita” porque sencillamente todo tiene un alto costo

La situación que vive Venezuela, Nicaragua, Honduras, Perú o El Salvador, por citar algunos ejemplos de muchos, no es producto del azar sino de las condiciones políticas, sociales, jurídicas y económicas creadas por gobiernos y políticos que generan un ambiente de rechazo, confusión e ineficacia. Descontentos que hartan al votante y lo hacen tomar decisiones promovidas por pasión más que en razón; electores que prefieren optar por quienes les prometen solucionar problemas que otros crearon, sin advertir que pueden caer en un agujero mucho más profundo, algo que se oculta en discursos emocionales y se acepta por el hastío y el cansancio de años de frustración.

Desde 2010, aproximadamente, el poder adquisitivo de los ciudadanos latinoamericanos ha ido en disminución. La pandemia ha venido a reducir el número de personas de clase media y ha hecho crecer -en todos los países- la brecha entre ricos y pobres, generando además, un incremento de la desigualdad y deteniendo la reducción de la pobreza, o incluso incrementándola, en ciertos países. El cierre de pequeñas y medianas empresas (PYMES), consecuencia del COVID, refuerza el escenario y lo sustenta.

Motivado por lo anterior, la población exige a los gobiernos soluciones a sus innumerables problemas: desempleo, poder adquisitivo, precios, educación, salud, y un sinfín de cuestiones, sin advertir que eso no es posible y que únicamente complica la labor de la administración, incrementa los impuestos y facilita el nivel de corruptela, que es lo que se ha visto en muchos lugares. No hay ayudas “gratuitas”, transporte “gratuito”, escuelas “gratuitas” o salud “gratuita” porque sencillamente todo tiene un alto costo. Sólo con impuestos pueden los gobiernos cubrir los desorbitados costos de esas exigencias, así que el reclamo, por quienes consideran tener derechos sin responder a obligaciones es, además de irreflexivo, inútil.

Entre gobiernos que no sirven y ciudadanos que exigen lo imposible, surge un espacio de crecimiento para el discurso radical, en sus versiones extremista o populista. Es la razón de la aparición y sostenibilidad de radicalismos -de derecha o de izquierda- en prácticamente todo el mundo, pero también de populistas de diferente corte. Los extremos, históricamente hablando, han tenido éxito justamente en momento difíciles: crisis económicas, fin de guerras, revoluciones, etc., y los resultados que la historia nos refleja, han sido catastróficos: revolución rusa, fascismo, nacionalsocialismo, franquismo, castrismo, chavismo, orteguismo, etc. El ser humano es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra, por tanto es sencillo comprender la razón de caer una vez tras otra en esos crueles paréntesis históricos, pero cuando no se lee ni se toma tiempo para razonar, es muy simple la explicación.

Estamos en ese límite en el que un paso más nos puede llevar, en pocos años, a que algún personajes de esas características termine gobernando el país, y luego vean a Bukele y su reelección. Puede ser un extremista o un populista, no es tan importante a fin de cuentas, porque el desastre para los años venideros será similar. Siempre existe la posibilidad, en la mente de algunos, de que no será así y tal persona o cual revolución harán cambiar las cosas para bien, aunque no es lo que dice la experiencia histórica. Quienes votarán dentro de dos años, y especialmente los jóvenes, deben de recordar que pueden destruir a su generación, porque esas cosas vienen a quedarse por años, así que mejor meditar sobre el futuro. A los que ya no veremos muchos de esos desastres, solicitarles idéntica responsabilidad, porque dos más dos siempre son cuatro y luego de nada vale quejarse.

lunes, 30 de agosto de 2021

Cuento chino, mamushka rusa y Disney World

El puerto de Santo Tomás simplemente no puede ceder terreno a rusos. La explicación está en su localización estratégica

El repetido e insistente mensaje de que vienen los rusos a quedarse con un puerto y mineral nacional no es producto de la casualidad. Me sorprende que durante dos semanas -y todavía queda- un medio estuviera constantemente machacando -y otros replicando- la idea de que los “rusos” vienen a babosearnos. Dos cosas se quieren posicionar en el imaginario social, porque en ellas se ancla la estratégica idea-fuerza: “rusos y corrupción”.

El puerto de Santo Tomás simplemente no puede ceder terreno a rusos. La explicación está en su localización estratégica -cerca de Honduras-Nicaragua- porque facilitaría el control de El Caribe y seguro incordiaría, también, a los aliados del 10 de Downing Street. El gobierno ruso ha sido un eficiente proveedor de armas a Nicaragua, particularmente un batallón de tanques T-72B1, que representa un serio desequilibrio de fuerza en la región, además de misiles antiaéreos, entre otras. Pero lo más preocupante desde la perspectiva estratégico-operacional es la estación “Chaika”, un sistema alternativo al GPS que concede cierto grado de libertad de acción al tradicional enemigo USA, y dentro de su espacio de influencia. 

China introduce en su esfera a El Salvador y Rusia a Nicaragua; Honduras está perdida con el narcotráfico y veremos que rumbo toma, así que en Langley seguro se preguntan: What is this? ¡El único país con el que todavía hablamos se nos llena de rusos!, y activan el 7º de caballería. Fotografían los aviones de los empresarios, los vigilan, acopian información y, sobre dos hechos -verdad, media verdad o mentirijilla- se organiza el plan operativo mediático; Watergate y las armas químicas en Irak, fueron dos hechos con cierto grado de similitud. No son periodistas investigadores quienes hacen las averiguaciones -perdón por la tristeza que diría Joaquín Sabina- sino profesionales en inteligencia que la filtran dosificada para defender intereses del norte, y concurrentemente los de algunos empresarios que exportan mercancías por el muelle flotante, también parte de la ecuación. A lo anterior se suma la historia -verdad, media verdad o mentirijilla- de la famosa alfombra de dinero, algo bien burdo -aunque conociendo a “mi gente” no es de descartar- y el exfiscal Sandoval la pone sobre la mesa, con evidente impulso norteamericano, tal y como sucedió con el tema del excarcelamiento de Gustavo Alejos.  

Pasamos de la Guerra Fría a la Bronca Tibia, pero con dos frentes: ruso y chino. La lección no aprendida por los norteamericanos es que cuando se distraen en Oriente Medio, aquellos dos aprovechan para colarse en el patio trasero, que fue lo que hicieron en Venezuela y Nicaragua -Cuba ya la tenían- y terminan por darles matarile con lenta reacción de Washington. Los rusos son más directos, los chinos más sutiles, pero ambos persiguen lo mismo, que no es diferente a lo de los estadounidenses. Vean el anclaje de los rusos en Venezuela y el reciente de los chinos en Montenegro, y cómo pretenden -por impago de una deuda- controlar un puerto en aquel país europeo.

Por aquí, a lo tortrix y tropicalizados, nos distraemos discutiendo si la alfombra estaba llena de billetes o no era alfombra, o que la empresa quería paga 1 dólar en lugar de 4 por metro cuadrado, como si eso importara a quienes manejan miles de millones de dólares. Nos quedamos en lo superficial mientras con cuentos, mamushkas o Disney adormecen nuestra infantil actitud y escaso razonamiento crítico. Enojados los unos con los otros, se despelotan de risa de nuestro infantilismo y capacidad de manipulación, y desde sus cuarteles generales planifican la próxima, de la que tampoco nos enteraremos ¡Viva el Bicentenario!

lunes, 23 de agosto de 2021

Ética, democracia y legalidad

Las normas son para cumplirse y existe una necesidad de que sean justas para todos aquellos que están sometidos a ellas

Cada vez es más triste y desafiante ver cómo el Congreso -y otros poderes- se salta la ley con absoluta impunidad y verdulera desfachatez. El “honorable” presidente de tal organismo dejó claro de qué clase de cuero está hecho cuando -de forma privilegiada- se internó en el Centro Médico Militar por padecer COVID, mientras el resto de los ciudadanos buscaban donde ser acogidos o morían en sus casas porque no encontraban plaza en hospitales públicos. Un auténtico caradura, pero también un déspota inmoral. Alguien a quien le viene grande el cargo y la posición que ocupa, y que ejemplifica eso de que “donde acaba la ley comienza la tiranía” (William Pitt).

Debiendo saber que la constitución exige conocer dentro del plazo de tres días el estado de calamidad decretado por el Ejecutivo, busca excusas, deja de cumplir la ley y escarbar en el estercolero de la dialéctica y la impunidad jurídica. Una -otra- sinvergonzonería de esas que viene haciendo en los últimos años, desde que accediera a presidir el organismo legislativo y avergonzara a propios y extraños con su conducta. Nos acercamos a pasos agigantados a aquello de “el principio esencial del totalitarismo consiste en promulgar leyes que sean imposibles de obedecer” (Hitchens).

Estamos acostumbrándonos a vivir en un estado de ilegalidad permanente y eso es muy grave, y autodestructivo. La gobernanza del país está por los suelos porque un grupos de diputados pasivos, mediocres o delincuentes -normalmente dos de tres- coluden para dejar de observar principios legales que están suficientemente claros en las normas vigentes. No designan magistrados a la Corte Suprema, a pesar de llevar dos años en el “proceso”, o desde la mesa presidencial se imponen formas y silencio a voces disonantes que es justamente la razón de ser de la democracia. Pequeños autoritarios que creen poder hacer constantemente lo que quieren mientras se ríen de una ciudadanía crispada que terminará por justificar actos violentos porque hay demasiada sordera en esta política putrefacta.

Las normas son para cumplirse y existe una necesidad de que sean justas para todos aquellos que están sometidos a ellas. Es la idea que ha desarrollado Occidente y permeado la literatura jurídica de los países que han adoptado el modelo de democracia liberal. No puede ser que en el índice de capacidad para combatir la corrupción (2021), de 14 variables que contempla, la calificada más baja sea la referida a “procesos legislativos y de gobierno y la democracia”, y que el grupo peor puntuado sea el referido a “las instituciones políticas”, tampoco que hayamos estado cayendo desde 4.55 en 2019 a 3.84 en la actualidad.

De seguir así, es cuestión de tiempo que la agresión sea justificada ante un Estado/Gobierno incapaz de comprender la dimensión del diálogo y de no observar las normas que nos hemos dado. Algunos de los que están en la política no han leído más allá de algún folleto de esos que reparten a la salida del super, pero, al menos, deberían atender un principio presentado por Bastiat hace tiempo: “Cuando la ley y la moral se contradicen una a otra, el ciudadano confronta la cruel alternativa de perder su sentido moral o perder su respeto a la ley”. Ante ese dilema, es posible que no se actúe como muchos congresistas -y en especial como suele hacer el Presidente de dicho organismo- y se apueste por mantener la moral. Así que a poquito que deduzca, si la borrachera de poder se lo permite, comprenderá la dimensión de adónde nos está llevando, y lo que puede venir 

¿Les suena Nicaragua, Honduras y El Salvador?, pues eso.


lunes, 16 de agosto de 2021

Élites y pueblo en la neolengua

Hay arduo interés en presentar una realidad artificial como opinión publicada -que no pública- porque los hechos muestran las cosas de otro modo

Es frecuente referirse a élites y pueblo como sustantivos colectivos que engloban grupos indefinidos de personas. “Élites” proyecta una sensación negativa en la que se engloba a personas poderosas, además,  quienes endilgan ese término suelen mezclarlo -como refuerzo- con “oligarcas”. “Pueblo”, por su parte, refleja un concepto positivo de un colectivo oprimido y explotado, representado por una ciudadanía pobre y sumisa. Las palabras tienen significados y percepciones que no siempre coincide, aunque la neolengua trata de aproximarlos con emociones, que siempre son manipulables.

En el país hay élites ladinas e indígenas, élites económicas y élites políticas, y hasta un elitismo social que se adjudica la representatividad de esa masa imprecisa y maleable de “pueblo”. Hay oligarcas en todos lados, porque en el fondo “oligarquías” no son más que grupos pequeños que mandan, y que encontramos en la capital y a más de 300 kilómetros de ella. No toda la élite es mala ni todo el pueblo es bueno, y muchos del “pueblo” resultan ser élites sin saberlo.

Dicho lo anterior -para precisar- es momento de reflexionar sobre las manifestaciones de los pasados días. Si tomamos en cuenta el estudio de opinión de Cid Gallup de julio pasado, el 12% consideraba que los problemas del país se resolvían cuando el Presidente renunciara. Sin embargo, una mayoría del 40% pensaba que todo estaría bien -o mejor- cuando se produjera un diálogo entre el gobierno y la sociedad civil, y juntos buscaran salidas a los problemas. Es justamente la relación presencial que se ha visto en esos bloqueos que algunos han presentado como “un éxito del pueblo”, cuando realmente ha sido un pequeño porcentaje de individuos que pretendía hacer más ruido del que realmente representan, aunque fuera en nombre del ese etéreo colectivo. El estudio de opinión citado incluye otras preguntas como: “qué opina de la situación política del país”, y a la que un alto porcentaje de entrevistados -coincidente con el 40% anterior- manifiestan que “no hay división en el país, pero sí muchas diferencias entre políticos”, seguido de un 28% que opina que “el país está dividido, pero los/las guatemaltecos/as podemos resolver nuestras diferencias pacíficamente.” De nuevo, únicamente el 18% asume el “enfrentamiento”.

Cada vez más, me da la impresión de que hay arduo interés en presentar una realidad artificial como opinión publicada -que no pública- porque los hechos muestran las cosas de otro modo. Parece que “el pueblo” no está con esa oligarquía que pretende tomar el poder a toda costa -sin importar el costo- y con discursos sacados de la manga, salvo que desechemos los estudios de opinión y tomemos como “neociencia” ciertas artificiosas tendencias en redes.

Necesitamos profundos cambios, pero no es con violencia como se lograrán. El consejo permanente de la conferencia episcopal ha sabido responder a tiempo y modular otros comunicados, aunque cierto sacerdote construyó su propio misil nuclear y se despachó desde el púlpito y en redes al mejor estilo de vocero oficial de la teología de la liberación. El canónigo acusó a algunos de no tener arrestos, lo que quizá habría que haberle exigido a él por no tirarse al monte, donde muchos murieron por ese estado de excitación inducida, producto de una doctrina extremista y fracasada, y de ese principio maquiavélico de: es mejor ser temido que amado.

Algunos no han asumido lecciones concretas del conflicto armado, pero siguen vivos. Muchos de ellos alentaron a otros a morir, mientras permanecían escondidos en la sombra de la imprenta o de la sacristía, eso sí ”defendiendo al pueblo” ¡Ojo porque los extremismos matan, independientemente de donde vengan, y aunque no den la cara!

lunes, 9 de agosto de 2021

“Mientras hay muerte, hay esperanza”

Podemos buscar a personas que nos gusten y desechar a aquellas que nos repelen o bien apostar por consolidar las instituciones

Las manifestaciones, bloqueos, cortes o bochinches de estos días transmiten mensajes -más allá de la movilización- que no hay que dejar pasar. Uno de ellos pone de manifiesto que el elitismo y los grupos de presión no son únicamente ladinos, sino que también existen en la organización indígena. En resumen: lo mismo que se cuestiona desde un sector aparece en el otro y las quejas de “criminalización de la protesta social” se reflejan en la “criminalización de discursos que no gustan”  ¡Mismas mañas!

Otra cuestión es la insistencia en mensajes sobre personas. Con nombres y apellidos se pide la renuncia de unos y se elogia a otros, pero nadie habla de instituciones. El modelo de “despedir a unos y contratar a otros” ya se ha hecho, y no ha resultado, aunque podemos insistir en repetir errores, lo que Einstein denominó estupidez humana. No hay propuestas y discusión sobre cambiar el sistema electoral o de comisiones de postulación, así que en un año, una, y en dos, el otro, repetiremos procesos con idénticas normas, lo que nos conducirá al tradicional y experimentado fracasado. Se podría debatir sobre cómo darle validez al voto nulo, elegir en una vuelta o hacerlo por un método diferente -ejemplo: elección por preferencias- pero no nos molestamos en ello. Las comisiones de postulación no funcionan, aunque seguimos insistiendo, y evidentemente los resultados serán los conocidos. La razón de tal obstinación no es otra que ver como contar con suficientes probabilidades para elegir “a los míos”, lo que incita a mantener el sistema y no buscar otro neutral que reste posibilidades al grupo.

La tercera lección de las protestas es que hay que cambiar muchas cosas, y hacerlo pronto. El sistema educativo, el de salud, el de prisiones, el judicial…, no funcionan.; casi nada funciona, porque el sistema topó. En el mediano plazo se percibe un horizonte caótico, violento y de desasosiego, así que enfrentamos el reto de escucharnos y ponernos de acuerdo o llegaremos al punto en que nos destruiremos. Las lecciones por el mundo apuntan a que el cambio suele ser a peor cuando se dan esas circunstancias, por tanto estamos a tiempo de buscar fórmulas y diseñar el plan adecuado para hacerlo al ritmo posible, deseable y que lo permita la situación social y económica, o se impondrán unas condiciones que subirán el ánimo unos años para caer en la más profunda depresión en los siguientes, tal y como muestra Cuba, Venezuela o Nicaragua.

Podemos buscar a personas que nos gusten y desechar a aquellas que nos repelen -forma tosca de hacer las cosas- o bien apostar por consolidar las instituciones buscando ese cacareado bien común que la mayoría traduce equívocamente como interés particular o grupal. El reto está claro, las señales más que evidentes y el hartazgo a punto de llegar a su cenit.

Hay que cambiar lo que está mal: el sistema, y no focalizarse en las personas. El problema de no pensar así es que cuando el personaje no es de nuestra cuerda nos enoja, y despotricamos de todo aquel que lo defiende o no cuestiona. Clamamos ayuda a los USA para que sigan confeccionando listas de antidemocráticos, corruptos o similares, pero eso ocurrió en la era Trump y, los mismos que ahora piden ayuda, se quejaban entonces estruendosamente. Cuando nos gusta, alabamos a los del Norte; si nos disgusta, los acusamos de intervencionistas. Una especie de paranoia sin sentido que únicamente obedece a preferencias ideológicas o viscerales de cada quien y apunta a una única solución viable: desarrollar instituciones en vez de apostar por personas.


lunes, 2 de agosto de 2021

La crisis en el tablero de ajedrez

La destitución del FECI se ha convertido en bandera de grupos que han ido perdiendo piezas en este tablero de ajedrez político-judicial

El pasado jueves aconteció lo que algunos denominaron “paro nacional”. La conferencia episcopal hizo su trabajo con una declaración negativo-predictiva, algo que Nostradamus no hubiese refrendado. Por su parte, los 48 cantones, con cierto estilo autoritario que niega la libertad individual, expresaron en su comunicado que “…, se ha determinado una manifestación pacífica en la que participará toda la población totonicapanense…”, fijando varios puntos de bloqueo de carreteras. En otros lugares, grupos coordinados de unos 10/20 jóvenes se erogaron el derecho de atravesar buses, cerrar cruces viales o poner tablas con clavos en el suelo para forzar a la población a participar en un paro con el que, como se vio, no todos estaban de acuerdo. Por su parte, las redes sociales -mundo cerrado generador de ruido no siempre acorde con la situación- hicieron su trabajo antes y durante del evento; después, difuminaron la realidad para evitar reconocer que la opinión publicada no se correspondía con la opinión pública.

Que todos estamos hartos de la corrupción es algo únicamente negado por mafiosos, que los hay; que la gestión del gobierno en salud no ha sido buena es otro punto de poca discusión, y que la investigación que realiza el MP debería ser más rápida y oportuna, tampoco genera discrepancias. Y aunque todo eso es reprochable, no se puede pretender cambiar un mal gobierno con opciones violentas que vulneran derechos. Quedó claro, salvo para quienes se tapan los oídos, que la oposición política no tiene capacidad de convocatoria ni aceptación suficiente, incluso cuando promueve rechazo contra el actual gobierno. El sistema genera malos partidos -muy malos- y quienes son rechazados en votaciones no siempre son opciones reales de cambio. De hecho, en toda crisis se espera un liderazgo al frente, pero en el movimiento del pasado jueves nadie estaba presente porque hubiese hecho un estruendoso ridículo, lo que evidencia que no hay alternativas, por muy mal que percibamos lo que tenemos.

La disputa de fondo, sin embargo, no es otra que hacerse con el poder sin importar la forma y a cualquier precio. Una especie de maquiavelismo versión 2.0, de ahí que no viéramos a CODECA que seguramente organizará su propia marcha, para mostrar su fuerza después de separarse del resto que medio se puso de acuerdo. No hablamos de cómo construir una sociedad sustentada en valores, principios, democracia y estado de derecho -una República- sino en cómo tomar el poder para continuar con agendas interesadas, polarizadas, ideologizadas, financiadas y sumamente reducidas a la corta y particular visión de quienes brincan cuando tienen hilos que mover o se deprimen y enojan, cuando los pierden. En medio, quedamos atrapados millones de ciudadanos que desearíamos construir esa sociedad que otros secuestran. 

La destitución del FECI se ha convertido en bandera de quienes han ido perdiendo piezas en este tablero de ajedrez político-judicial, arrebatado, dicho sea de paso, por otros que se vieron privados de lo mismo tiempo atrás. Al final: Gloria Porras, Aldana, Sandoval…, parecen ser peones de grupos que los utilizan, en tanto en cuando son útiles, para después acogerlos y oxigenarlos desde lejos, y quizá volverlos a usar.

Da muchísima pena observar esa lucha visceral por el poder en la que el odio está a flor de piel y los diversos actores responden a intereses personales y no sociales. En nombre de la libertad, la destruimos, y reclamando el estado de derecho, lo vulneramos. No se busca democracia y la divergencia y pluralidad de opiniones es rechazada hepáticamente. Cocemos el caldo perfecto para el más rancio autoritarismo sanguinolento, y seguramente lo tendremos en breve.

lunes, 26 de julio de 2021

Manual para detectar desastres

El país sigue confrontado porque la lucha de intereses es profunda, y en medio, la corrupción y el narcotráfico hacen fiesta calladamente 

Dos hechos encadenados y sorpresivos sucedieron el fin de semana: la destitución del fiscal Sandoval -y sus declaraciones- y las explicaciones de la fiscal general. Tras la primera, desde vehículos generadores de opinión -como son las redes sociales- se esparcieron mensajes y hashtags; después de la segunda se unieron a los genuinos perfiles críticos otros recién creados, inactivos o anónimos. Los comunicados iban en dos direcciones: el apoyo al ahora exfiscal y la solicitud de dimisión de la fiscal general. Perfumó el ambiente declaraciones de algunos funcionarios USA que suelen hacerse notar en momentos especiales, al igual que hace unos años otros hicieron lo mismo en sentido contrario. Una suerte de activismo demócrata-republicano que suelen aprovechar para sus fines quienes se han tropicalizado en demasía.

El exfiscal Sandoval hizo graves declaraciones contra el actuar del MP y de su titular, y señaló interferencias en ciertas investigaciones, así como persecución y acoso a algunos fiscales. La fiscal general adujo que la FECI no registraba los casos en el sistema del MP y actuaba por su cuenta -según le parecía- sin informar ni seguir las instrucciones correspondientes. Los comentarios se decantaban por aquel que mejor caía porque en las redes no se vio el mínimo atisbo de debate o discusión sobre el fondo de los temas, característica propia de sociedades poco democráticas.

Mientras, yo me ocupaba de terminar un trabajo de “sociales” con mi hija porque la maestra tuvo el “atrevimiento” de pedirle que explicara si Guatemala es un país en construcción. Después de la “bibliografía visual” -producto del intercambio de acusaciones- creo que obtendremos buena nota en la redacción de ese trabajo escolar. Guatemala -esto no lo puso en su redacción- es un país genéticamente caudillista, profundamente visceral y sustancialmente anárquico. La identidad nacional que se proclama de muchas formas está ausente, y la ciudadanía, sin saberlo, reclama -y necesita- permanentemente un autoritario al frente que la ponga en orden, porque es incapaz de tomar las riendas de su propio destino. Las personas siguen siendo más importantes que construir la institucionalidad, y cada vez se ejemplifica más y mejor la basta literatura sobre el rol de las masas.

Con la facilidad del exterminador de cucarachas -y con idéntico sentir- se juzga, condena, destruye o justifica no importa que cosa. Lo trascendente es poder gritar -y fuerte- de vez en cuando, a modo de aquellos desahogos orwellianos del odio. No hay voluntad de contrastar opiniones, de analizar ni mucho menos de escuchar, valorar o identificar razones. Si lo dice “Juan”, y me satisface, enseguida lo tomo como letanía; si es “Pedro” quien lo afirma, sencillamente lo destruyo porque va en contra del mantra ¿Para qué perder el tiempo en buscar la verdad si lo importante es que me acoja el rebaño, o se incrementen los likes?

El país sigue confrontado porque la lucha de intereses es profunda, y en medio, la corrupción y el narcotráfico hacen fiesta calladamente. No queremos razones, porque gustamos de emociones, mucho más irresponsables y menos comprometidas, además de adaptables al momento. Tenemos malos, malísimos gobiernos, pero aquellos que pretenden sustituirlos están absolutamente desubicados, algo que también vemos en esos países con autoritarios emergentes. En el fondo, una sociedad en construcción en la que faltan albañiles, materiales e insumos varios. Nos gobiernan quienes se parecen a nosotros, pero estamos distraídos y muy lejos de hacer una catarsis medianamente sensata y profunda para cambiar porque es más divertido -y revolucionario- tocar tambores, componer letras espantosas, tuitear insultando o distraernos para superar -embolados, como decía el Nobel- la triste cotidianidad. ¡En dos días, hablaremos de otra cosa!

lunes, 19 de julio de 2021

Los ideales de la Revolución Francesa

Poco o nada se habla de la fraternidad y frecuentemente se ignora la necesidad de fomentar y promover la ciudadanía

Celebramos este mes aquel lejano 14 Juillet. Los principios de Libertad, Igualdad y Fraternidad, además de Ciudadanía -quizá tan importante como los otros y necesario para construir el soporte de una democracia- parecieran que no calaron en esta parte del continente. Mientras que en Europa -más tarde que temprano- se asentaron, es momento de preguntarse y reflexionar qué tanto están presente en la realidad latinoamericana, especialmente con la celebración de estos 200 años de independencia.

No hay discurso, debate ni texto político o social que no incluya la libertad y la igualdad. De hecho, este último -la igualdad-, se ha manoseado por activa y pasiva, y quizá hasta desvirtuado de aquel que se promovió en 1789 y que se refirió a una igualdad ante la ley -en derechos y obligaciones- de todo ciudadano. Sin embargo, poco o nada se habla de la fraternidad y frecuentemente se ignora la necesidad de fomentar y promover la ciudadanía, otros de los valores heredados de aquellos sucesos.

Pareciera ser que queremos ser iguales y libres en un mundo en el que no se practique la fraternidad -o no se entiendan y se desarrollen los valores que conlleva- y tampoco sea necesario ejercer la ciudadanía. Ser ciudadano no es si no participar responsable y activamente en el diseño del destino del grupo social al que se pertenece. La contraposición con ser súbdito -justamente lo que intentó destruir la Revolución Francesa- consiste en no dejarse llevar por las decisiones de un poder absolutista, y analizar, debatir, informarse y tomar acción en la dinámica social diaria que desarrolla toda sociedad.

Aquí, por el contrario, pareciera ser que la visión absolutista -o el pensamiento y aceptación del poder de otro- está tan asentada que constantemente se espera a alguien todopoderoso que arregle los problemas que padecemos, y lo aceptamos con sumisión histórica. Cuando se genera el debate, las preguntas más frecuentes son: ¿qué podemos hacer? o ¿quién va a arreglar esto?, que proyectan la sensación de que sea otro quien tome las riendas pero que uno mismo no sea molestado ni implicado. Dejamos nuestro futuro en manos de aquellos a quienes decidimos elegir con inconsciencia e inconsistencia, pero el modelo permite culparlos y lavarnos las manos de nuestra irresponsabilidad, que nos sacudimos. El deporte nacional favorito no es el futbol, como en otros lugares -y quizá por eso el continuo fracaso de la selección- sino la crítica permanente y poco edificante de la realidad nacional -económica, política y social- que dejamos construir a otros por falta de ciudadanía, pero que permite la queja continuada. 

El valor de aquellos revolucionarios de finales del XVIII es que tomaron las riendas en sus manos e impidieron -no sin altibajos- que el absolutismo monárquico los consumiera por más tiempo. Luego, aquella filosofía se extendió por el mundo y el responsable ejercicio ciudadano es la forma de actuar de la mayoría de las personas en países desarrollados. Aquí pareciera que llegó parcialmente el concepto pero no la inercia, y determinadas circunstancias -que ya deberíamos haber superado- nos mantienen todavía como súbditos de un poder que ni siquiera identificamos.

Sobre la fraternidad es más difícil hablar porque para ello es necesario una conciencia nacional de la que carecemos. La historia, desde 1821, ha trazado una autopista de un solo carril por la que únicamente se puede manejar en una dirección, y no todos, así que sencillamente el concepto no se trata. La mala noticia es que como leemos poco, es posible que nos enteremos de todo esto dentro de 100 años, o quizá ni eso.

lunes, 12 de julio de 2021

La permanente crisis nacional

Un discurso manido y manipulador que polariza el debate entre quienes se creen “buenos” y aquellos a los que señalan de “malvados”.

La política es una lucha por alcanzar el poder y aunque no todo es válido, algunos no terminan de entenderlo. De esa cuenta, y desde el inicio de la democracia, los distintos grupos políticos del país han accionado precisamente para llegar al poder, demasiadas veces sin observar requerimientos éticos y morales. Aquello de que el fin justifica los medios sencillamente no ha muerto y en esta administración no ocurren cosas muy distintas a las de años atrás. La diferencia sustancial es que, por primera vez, una minoría de diputados ha tomado el poder con ayuda de varios grupos, y desplazado a la mayoría dominante desde 2008. 

La actual coalición en el Congreso no se ha formado por acuerdos pragmáticos de incidencia social, sino por intereses particulares, algo tampoco distintos a lo que antes ocurría. Años atrás, había que contentar a uno o dos grupos de la oposición PP, LIDER, FCN, etc., pero en esta ocasión -de ahí lo llamativo- la suma de votos requerida para contar con mayoría requiere pactos o sobornos más amplios. 

En este complejo escenario concurren, además, actores fuertemente ideologizados y con aspiraciones no satisfechas. Grupos que pensaban que todo estaba “cocinado” advierten que se les cae el sistema que habían organizado y sustentado. La CC de hace unos años satisfacía a cierto entorno que se considera incólume e impoluto, pero la actual ha cambiado de manos y quienes en estos momentos la apoyan son señalado de corruptos, por aquellos otros puritanos. Un discurso manido y manipulador que polariza el debate entre quienes se dicen “buenos” y aquellos a los que señalan de “malvados”. 

Lo anterior ha coincidido, además, con un cambio de gobierno en los EE.UU., y alimentado esta situación de crisis. Personajes protegidos bajos las enaguas demócratas, recurren a señalar “de corruptos” a quienes no actúan como ellos, además de generar dinámicas confrontadoras y presentarse como paladines de la decencia política. Hay incluso quienes promueven sondeos tuiteros para ver quien debería ser el próximo presidente del país, aunque acotan la selección a sus amigos o promovidos. Una militancia abierta que disimulan pero no terminan de reconocer, y que hace pensar si no la llevaban ejerciendo años atrás, aunque nos confundieran con discursos grandilocuentes y acciones distractoras desde otras instituciones. En el país se acciona de idéntica forma, y surgen igualmente protagonistas que, bajo el paraguas de su función institucional, hacen una clara militancia política -con el correspondiente sesgo ideológico- que se suma a la de los “exiliados”. 

Y es que no terminamos de madurar porque la generación que litiga ha crecido con cierta contaminación histórica que es necesario superar, mientras subyace el enorme riesgo de que se traslade a nuevas generaciones y que sigan actuando con idéntica visceralidad.

Es difícil abordar esta discusión sin ser tachado de “chairo o corrupto” -calificativos de los que me quiero separar- porque en el fondo es producto del desánimo de quienes han perdido determinados anclajes institucionales que manejaban sutilmente, y les permitían contar con cierto poder político o de presión, frente a otros que lo han recuperado y pretenden resarcirse de los vejámenes sufridos en el pasado inmediato.

No entendemos que tenemos un sistema agotado del que no es fácil salir, y 200 años de independencia muestran que no han sido suficientes para ponernos de acuerdo en cuestiones esenciales. La lucha parece continuar mientras mueren niños de hambre, el desarrollo no avanza, el crecimiento económico es insuficiente y la enseñanza lleva dos años paralizada. De la salud mejor ni hablar. De momento seguimos vivos, y con eso nos conformamos ¡Vaya legado el nuestro!

lunes, 5 de julio de 2021

¿Justicia por principios o a la carta?

Al criminal se le vence con la ley en la mano, la acusación sustentada y el juicio público, lo demás son manipulaciones

En 2003, Estados Unidos invadió Irak bajo la justificación de que contaban con armas de destrucción masiva. Tiempo después se supo que nunca las hubo. Acababa de aplicarse la “legítima defensa preventiva”, un constructo semántico que incluía “legítima defensa” pero que no tenía que cumplir con los requisitos de aquella, ya que se podía construir el marco justificativo necesario para legitimarla ¡Claro, solo posible para potencias mundiales!

Poco antes de aquella fecha se había activado el centro de detención de Guantánamo, prisión para “combatientes enemigos ilegales” recluidos por tiempo indefinido y sin derecho a la justicia ordinaria. Años después, un comando militar intervino en Pakistán y “desapareció” a Osama Bin Laden un terrorista sin juicio ni sepultura conocida, aunque no alteró mucho a la comunidad internacional porque había sido señalado por la justicia norteamericana. Pocos días atrás, se publicó un lista que incluye a personas señaladas de corrupción o de pertenecer a estructuras criminales, aunque muchos de ellos no han sido acusados en tribunales. 

Me puedo sumar a la idea de que Sadam Hussein (mantenido en el poder por sucesivas administraciones norteamericanas) era un asesino; Bin Laden un terrorista despiadado, y quienes están en la lista Engels personajes oscuros o delincuentes. Sin embargo, las actuaciones descritas no se enmarcan en el Estado de Derecho al que aspira una sociedad de personas libre que invoca constantemente la observancia de los derechos humanos. La razón de Estado ha sido esgrimida tradicionalmente por los gobiernos para actuar, arbitrariamente y con aparentes visos de legalidad, contra opositores, y fue el argumento de regímenes represores que se acogían a la doctrina de seguridad nacional. Por tanto, no es aceptable condenar la actuación de unos y aplaudir la de otros cuando se hace bajo idéntico esquema argumentativo.

No faltarán quienes desdigan lo anterior con la tesis que hay Estados solidos y democráticos y otros que no lo son, admitiendo lo que hacen los primeros y rechazando idénticas acciones de los segundos. De ser así, están legalizando ciertos prejuicios y arbitrariedades, y justificando la “dictadura buena” o si se quiere el no Estado de Derecho, cuando es aplicado por “un buen Estado”, concepto a todas luces subjetivo e interesado.

El Estado de Derecho requiere de normas generales y universales y no de conceptos propios del “Derecho penal del enemigo”. Al criminal se le vence con la ley en la mano, la acusación sustentada y el juicio público, lo demás son manipulaciones. Un Estado puede negar el ingreso a su país a aquellas personas que el gobierno de turno considere, pero no puede publicar una listado que somete al escarnio mundial a quienes no han sido acusados formalmente, juzgados o condenados. Por cierto, actuación que únicamente hace con extranjeros y no con nacionales porque violaría las garantías constitucionales de sus ciudadanos ¡Cómo si la violación no existiera cuando no lo son!

Se puede entender al poderoso desde la acción política -siempre ideológica- pero nunca justificarla desde la concepción filosófico-jurídica, porque cuando eso ocurre se pierde la razón. A los criminales -y en Guatemala sobran- se les detiene, acusa, juzga y condena, pero no se les vilipendia sin posibilidad de defensa porque no es justificable la lucha por los DD.HH. desde la violación de aquellos. El individuo no tiene que demostrar su inocencia; el sistema debe probar la culpabilidad. Pensar al revés lleva a la destrucción de la democracia liberal y del Estado de Derecho, aunque lo hagan los norteamericanos que son tan justos y correctos a pesar de 1954 o 1982, o lo tomemos como una forma de colonialismo habitual y aceptado