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lunes, 8 de mayo de 2017

Claro, clarito, claritito

Es hora de que actúe por usted mismo. Infórmese y que no lo jalen a la fuerza

Discutir sobre las reformas constitucionales del sector justicia, está que arde. Según opine, corre el riesgo de ser encasillado de extremista, versión izquierdista comunista u oligarca intransigente. No le dejarán explicar que está lejos de apasionamientos, porque se informa y busca soluciones, no defiende una radical negación ni una conformista aceptación y persigue debatir con altura.
A quienes he escuchado hablar seriamente del asunto, coinciden en mucho. Admiten que el actual sistema -comisiones de postulación- no es eficaz, reconocen que separar la administración de justicia de la gestión de recursos es oportuno -así se hace en el resto del mundo- y están de acuerdo en que no podemos seguir inmóviles. Hay una plataforma común sobre la que se puede construir. A pesar de ello, no nos ponemos de acuerdo y se resiente la certeza jurídica.
La moda, la revolución fresa, es invadir el Congreso, insultar, agredir e impedir que sesione o inundar las redes de videos, lemas, memes y hasta amenazas para fomentar la inhibición o promover la aceptación. Los objetivos están claros: aprobar sin debatir o impedir la discusión para que el Legislativo no tome una decisión. Lucha de poder entre extremos que dejan en medio a millones de ciudadanos -no siempre informados- intentando comprender qué ocurre y cómo deben posicionarse.
Dejar el sistema como está, significa que diferentes grupos continúen nombrando y manipulando jueces, tal como se ha venido haciendo o intentado, aún sin lograrlo. Favorece a quienes desean utilizar la justicia para fines espurios del conflicto armado pero también a otros que están siendo investigados o en prisión por delitos muy graves relacionados con desfalco y lavado de dinero. Unos, reclamados, además, por USA, otros huidos, y muchos más pendientes de perder su inmunidad o a escasos centímetros de ser acusados por el MP. Esa mara manipuladora sigue enroscadas en ciertas organizaciones civiles, en el ejercicio de la función pública o en la sombra y luchan por seguir eligiendo magistrados que sobresean o activen “sus” causas -según interese- o emitan sentencias a la carta ¡Me desmarco de quienes buscan la impunidad o fuerzan decisiones!
A esta disputa se agregan diputados que se refugian en el Congreso y no están dispuestos a debatir sobre el sistema, al igual que magistrados que operan “por instrucciones”. Lo que debería ser la solución, se convierte en problema y los legisladores se justifican, ausentan o ponen todo tipo de trabas para preservar un estatus quo cuya manipulación es clara. No es necesario apelar a un nacionalismo trasnochado que desecha cualquier discrepante opinión. Mucho menos usar la doble moral nacional perfeccionada sobre un falso patriotismo, aquel del que Samuel Johnson dijera que era “el último refugio de un canalla”, y que ha servido -y sirve- para plastificar intereses propios.
Es indiscutible el mal funcionamiento de la justicia. En prisión hay acusados que deberían liberarse y trasladarse a su domicilio a esperar juicio y no quedar eternamente encarcelados. Sin embargo, hay otros que necesitan quebrar el sistema porque de lo contrario sus posibilidades de salir libres son escasas, al igual que hay que enjuiciar a muchos más que campan a sus anchas.

Tanto himno nacional, mano al corazón y recitar aquello de “…tu nombre inmortal…”, pero cuánto anónimo, autoritario, ideología barata, escaso sentido común y analfabetismo funcional. Aprovechando que nos hicieron despertar, actúe por usted mismo y que no lo jalen a la fuerza. El país requiere -y merece- una seria catarsis.

lunes, 1 de mayo de 2017

Sobre vida y derechos

Un feto -una vida- es un potencial infinito y no hay razón alguna para destruirlo

El atropello de escolares que se manifestaban por un energúmeno, pone nuevamente sobre la mesa el debate sobre la prioridad en los derechos y, coincidentemente, destapa en el Congreso una olla de grillos en relación con el aborto.
Los proabortistas suelen justificar sus reclamos sobre extremos, sean referidos al derecho de mujeres violadas o al ejercicio absoluto de la libertad materna. La mayoría de los embarazos -incluso entre menores- lo son por relaciones mutuamente consentidas, muchas de ellas erradas o con arrepentimiento posterior por las consecuencias. No se justifica, por tanto, una norma legal general -el aborto- por un exiguo porcentaje de casos de violación, lo que no quita que deban tomarse acciones contundentes. En relación con la libertad femenina al uso de “su” cuerpo, y en contraposición al manido eslogan de: “nosotras parimos, nosotras decidimos”, se olvida colocar otro de una parte interesadamente ausente en el debate: los padres, quienes deberían responder: “nosotros también procreamos, nosotros nos responsabilizamos”. Y uno más del silencioso embrión: “que tu resbalón no sea mi ejecución”.
Un feto -una vida- es un potencial infinito y no hay razón para destruirlo. Incluso cuando pudiera parecer justificado como, por ejemplo, en caso de violación. Es inconcebible que quienes condenan el reciente atropello de escolares, porque se violó precisamente el derecho a la vida, puedan, a la vez, justificar sin rubor ni escándalo el asesinato de seres aún más desvalidos. Igualmente incoherente es defender el derecho a la vida de animales o plantas y abogar por la muerte de un neonato, de un ser humano ¡Lógica demencial!
Uno de los mayores errores de las democracias liberales es haber incluido en las constituciones políticas la vida como un derecho. Siendo así, es preciso que ese derecho -el de la vida- sea necesariamente superior a otros y, por lo tanto, obliga a establecer un orden, lo que abre la puerta para hablar, en otros casos y según el interés, de orden entre derechos.
Para Ortega y Gasset la vida humana es la “realidad radical” ya que de uno u otro modo el resto de realidades debemos referirlas a ella. De esa cuenta, si acepta la vida no como un derecho sino como la condición necesaria para que aquellos existan, habrá puesto punto final al establecimiento de prioridades posteriores y “solucionado” de inmediato temas como el aborto y la pena de muerte. La reflexión, posiciona la vida por encima de todo como esa “realidad radial” orteguiana y, a partir de ahí, se sitúan los derechos individuales en idéntico plano de igualdad e importancia que no hace necesario ordenarlos, sino buscar la forma de ejercerlos paralela o concurrentemente sin colisión con los derechos de otros.
Si todavía no está convencido, siéntese con sus progenitores y déjelos debatir sobre si pueden “abortarlo” aunque sea tardíamente. No hable, no opine, no diga nada. Cuando termine la discusión, si todavía vive, reflexione y evalúe su “no participación”. Aún así, estará en ventaja porque razona, ve y escucha, y hasta puede huir.
Tengo dos hijas maravillosas. Una, nació con 5 meses y menos de 2 libras de peso; otra, se adelantó un mes y tiene una lesión cerebral. Ambas son exitosas, hacen su vida -incluso universitaria- y brillan con luz propia. Por favor, ¡sea usted tan fino! Y no me venga con lemas de muerte que estoy en edad de riesgo de infarto.

Mientras redacto esta columna, el diputado Álvaro Velásquez escribe en redes: “…confirmando que este país es una mierda” ¡Qué cosas!

lunes, 24 de abril de 2017

“Securitizar” colegios

No haya que ser hipócritas y asumir los deberes que cada quien tiene

Se viene un debate social en relación con la necesidad -o no- de inspeccionar las mochilas al accesar a los colegios, para impedir el ingreso de armas. La iniciativa surge tras los hechos acaecidos en México y en territorio nacional. Las opiniones están divididas por diversas razones y habrá que esperar a ver como evolucionan los acontecimientos.
La seguridad, por definición, nunca es total, siempre habrá que asumir riesgos. Es necesario minimizarlos y ello requiere invertir recursos y tiempo. Se pueden instalar detectores de metales en las entradas de los colegios, lo que seguramente derivará en que sus hijos tengan que ingresar una hora antes para evitar colas, además elevará el precio del servicio. También surgirán, por experiencias vividas en situaciones similares, quejas de las personas que registren a los menores. Será, en definitiva una ecuación costo-beneficio que habrá que resolver tanto en establecimientos públicos como privados.
Dos reflexiones al respecto para agregar al debate. La primera, se refiere a la relación libertad y seguridad. La frase de Benjamín Franklin ilustra el pensamiento: Los que pueden renunciar a la libertad para obtener una pequeña seguridad temporal no merecen ni libertad ni seguridad. En el norteamericano primaba más la libertad del individuo que el intervencionismo justificable ¡Sobran comentarios! La segunda, medita sobre cómo se habla sistemática y únicamente qué deben hacer los colegios pero se obvia que en los sucesos acaecidos los menores tomaron las armas de sus casas y, por tanto, lo que falló fue la custodia paterna. La sociedad simplista y cínicamente centra la atención en los centro educativos y, al igual que con la educación de los hijos, pareciera pretender que sean otros quienes asuman la responsabilidad -y las consecuencias- que como padres parecen evitar. Los menores, no compraron armas fuera de sus domicilios sino que las obtuvieron en ellos porque sus progenitores no tomaron las medidas de precaución necesarias. El origen del problema, consecuentemente, no está en el colegio, sino en el domicilio familiar y eso no están dispuestos a aceptarlo muchos de quienes proponen normas coercitivas diferidas.
No hay que ser hipócritas y asumir los deberes propios. Si se implementa una medida así en colegios ¿por qué no hacerlo en universidades, campos de futbol, lugares de ocio, restaurantes y otros en los que concurran masivamente personas, incluyendo el transporte colectivo y hasta las iglesias? No se puede, ni se debe, matar moscas a cañonazos.
Fue muy triste lo que ocurrió en el Hogar Seguro, pero igualmente penoso fue ver cómo acudían al lugar progenitores -que tenían internados allí a sus hijos- llorando y pidiendo explicaciones cuando ellos deberían haber aclarado por qué aquellos muchachos no estaban en sus hogares o el señalamiento de abuso sexual de un padre que hizo un medio escrito, razón por la cual la hija estaba internada en aquel lugar.

Poco o nada se habla de responsabilidad en una sociedad irresponsable con los hijos, pretendiendo que “otros” sean quienes eduquen, salvaguarden, instruyan, sanen o velen por ellos. Hay que aprender a ser padres y madres de tiempo completo y asumir que nadie más que nosotros tenemos el deber de velar por su bienestar. Lo demás es socializar los problemas para diluir la responsabilidad y crear políticas asistencialistas, lo que no es correcto ni mucho menos útil. Pensemos en ello antes de tomar una decisión y, sobre todo, de quejarnos.