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lunes, 25 de enero de 2021

La estrategia del ruido

No se si hay una pregunta de investigación que se cuestione algo así: ¿Somos culturalmente agresores de mujeres?

En los últimos días varias féminas -entre ellas una niña de 3 años- han aparecido brutalmente asesinadas. Cada vez con mayor frecuencia desaparecen mujeres, muchas de las cuales, tristemente, aparecen muertas días después.

El análisis sobre el porqué se hace desde diferentes puntos de vistas. Hay quienes hablan de odio hacia la mujer, de machismo o lo achacan a la falta de justicia e impunidad. Seguramente todos tienen algo de razón, y unos más que otros. No creo que se pueda establecer el término “odio” como la causa principal, sería aceptar una enfermedad masculina generalizada, y no creo que la mayoría de los casos responda a ese motivo, aunque seguro está presente en algunos. Me inclino más por la impunidad y el machismo -y no por la misoginia- aunque creo que ninguna de las razones citadas puede ser la causa principal.

Cuando cursaba maestría, un profesor y amigo me dijo que hay temas que son políticamente incorrectos de tratar -algo evidente- y que nadie financiaría o promovería una investigación al respecto. En aquel momento, por dirección suya, hicimos un trabajo de campo con la clase sobre el machismo y el papel de la mujer en Oriente y Occidente. Los distintos grupos llegamos a la conclusión de que no había mucha diferencia. Es más, la mujer parecía ser más sumisa al marido en Occidente que en Oriente. Los datos quedaron reflejados en aquellos estudios.

Desconozco si hay una pregunta de investigación que se cuestione algo así: ¿Somos culturalmente agresores de mujeres? Y por ello hay que entender que se promueve, acepta y permite -además de replicarse generacionalmente- que los padres, abuelos, tíos o esposos -que suelen ser los agresores- tienen el “derecho” de agredir a las mujeres de su entorno familiar. Lo que algunos denominan sutilmente “violencia normalizada”. Como dijo mi profesor, nadie va a promover ni financiar una campaña para averiguar si este fenómeno se explica así de directo, y mucho menos si se produce más en un lugar que en otro del país ¡Dios nos libre! De la misma forma que nadie se atreve a hacer una encuesta sobre si se debe aplicar o no la pena de muerte, vaya a ser que salga que “si” y no sepamos después qué hacer. Lo mejor: dejar las cosas como están y situar esas elucubraciones en el limbo de las opiniones, las suposiciones y la discusión perdida.

Sin conocer las causas, es difícil acertar con acciones que hagan desaparecer la violencia contra la mujer. Podemos inaugurar decenas de juzgados contra el femicidio que, en el fondo, no servirán para mucho porque cada vez los casos serán más y quienes juzguen -hombres y mujeres- estarán imbuidos de esa cultural de -“violencia normalizada”, que le dicen- que los hará tomar decisiones desafortunadas, como ya ha ocurrido. Recordemos la aplicación -por una jueza- de la ley de femicidio a favor de Sandra Torres contra periodistas y fiscales de la FECI.

Seguimos queriendo tapar el sol con un dedo y no gustamos de realidades que tenemos frente a nosotros y no queremos aceptar. Continuamos divagando en el campo ideológico, militante, feminista, machista, heteropatriarcal o de cualquier otro tipo, pero no nos preguntaremos nunca si debemos cambiar hábitos culturales que desvirtúan el comportamiento propio del siglo XXI. Los latigazos públicos que algunos aceptan como parte del  “derecho consuetudinario” es una de esas aberraciones que aún persiste, y el rapto de la novia, otra ¡Ahí lo dejo!, tampoco creo que sirva de mucho mientras no aceptemos la triste realidad o cuestiones, incluso, el papel de la iglesias en todo esto.


lunes, 18 de enero de 2021

El riesgo del argumento dicotómico

Cuando consideramos a una persona o a una administración que son buenas o convenientes, admitimos y celebramos inmediatamente la injerencia

El inminente cambio de gobierno en USA y la lucha contra la corrupción en Centroamérica -y particularmente en Guatemala- promueve análisis variados sobre actuaciones asociadas de cómo lo primero podría incidir en lo segundo. 

En una entrevista radial en ConCriterio, el contertulio -persona internacionalmente conocida- se refirió, al hablar de la nueva administración norteamericana, a “la influencia correcta”, “persuadir al gobierno” y los “aires del norte”. Asociaba el nuevo gobierno Biden-Harris con los conceptos “influencia y persuasión”, lo que necesariamente reconoce y admite a un persuasor -o un equipo- porque las acciones siempre se originan en personas. En otras palabras, cuando consideramos a una persona o a una administración -la de Biden en este caso- que son buenas o convenientes, admitimos y celebramos inmediatamente la injerencia porque coincide con nuestra ideología, principios y objetivos. El problema, desde una posición lógica, es que estamos aceptando que la influencia externa es buena -aunque sea solamente cuando coincida con mis intereses- lo eso deja la puerta abierta a que otros exijan exactamente lo mismo sobre intereses opuestos. En 1944 se hizo una “revolución” consentida por USA, ahora recordada por algunos como el inicio de lo que no pudo ser, pero en 1954, siguiendo idéntica forma de actuar, también los USA cambiaron el modelo por otro que respondía más directamente a sus intereses, algo que no gusta a quienes aplauden lo primero; y viceversa.

Y es que seguimos mirando hacia afuera a ver que nos llega o nos cae, y cuando felizmente coincide con nuestras preferencias y forma de pensar lo vemos bien. Así venimos desde 1821 y “alegremente” celebraremos la independencia condicionada a los vecinos del norte que siguen viendo como lo que somos: sujetos incapaces de diseñar, construir y luchar por nuestro propio destino que debería ser lo más importante. No estamos dispuesto a mirar hacia adentro de cada uno de nosotros -y de la sociedad que conformamos- y preguntarnos cuándo vamos a cambiar lo que tenemos por algo que nos sirva, y dejar de apostar para que llegue un demócrata, un republicano o un marciano que “nos ayude” a salir del atolladero en el que estamos metidos pero de donde no hacemos suficientes esfuerzos por salir. El riesgo que corremos -y que llevamos 200 años experimentando- es que no superamos la permanente polarización entre quienes gustan del interventor de turno y aquellos que añoran al comisario sustituido, repitiendo periódicamente idéntico modelo. De esa cuenta ¡que bueno era Trump para algunos!, mientras otros ya suspiran por apoyar las nuevas bondades del norte que llegarán a través del señor Biden, el bueno del próximo cuatrienio ¡Valiente superficialidad y perdida de tiempo la nuestra, y así nos va, claro!

No entendemos -o no queremos entender que creo que es mejor descripción- que los gobiernos norteamericanos, esté quien esté, miran por sus propios intereses -cómo debe de ser- y alguna veces nos salpican con dádivas porque con ello cumplen sus objetivos. Lo demás son “cuentos chinos” tipo Oppenheimer, ilusiones ópticas de soñadores eternos o falta de realismo al analizar la historia y la política. A mí, en lo personal, me da mucha pena escuchar a algunos que, en lugar de echarle ganas, responsabilizarse y trabajar, terminan depositando sus esperanzas en los “amigos del norte” ¡Vaya mundo miserable que nos espera sino cambiamos! Tampoco nada nuevo a lo que llevamos haciendo desde hace dos siglos y parecemos dispuestos a prolongar dos más.


lunes, 11 de enero de 2021

In God we trust. Well, well

¿Por qué el votante norteamericano eligió a un neófito frente a una mujer que había estado toda su vida en la política?

Trump nos ha puesto de acuerdo en algo: el populismo y la demagogia -como el COVID- no reconocen fronteras ni países y todos -unos más que otros- corremos el riesgo de padecerlo en algún momento. No es momento de promover una aprovechada, falsa e interesada dicotomía entre derechas -republicanos- e izquierdas -demócratas- sin advertir que, como dijeran Levitsky y Ziblatt en su libro “Cómo mueren las democracias”, no se trata de ideologías políticas sino de populistas, políticos antisistema que afirman representar al pueblo y terminan haciendo colapsar las democracias.
En este debate acalorado, no es de recibo señalar a unos y ser benévolos con otros, porque ambos son culpables. Los demócratas, pusieron en duda el sistema del colegio electoral cuando ganaron el voto popular pero perdieron el número de representantes, una de esas veces con Trump. Ahí comenzaron a cuestionarse el modelo. Ahora, sin embargo, es Trump quien duda del voto por correo, porque cree que ha beneficiado a sus opositores. Tanto unos como otros, sin embargo, aceptaron siempre, como reglas indiscutibles, el colegio electoral y el voto por correo, hasta que les fue mal y entonces se cuestionaron procedimientos que sostenían el sistema ¡Una suerte de oportunismo político que abre la caja de Pandora!
Lo que el ardor de la coyuntura ha impedido cuestionar son dos cosas importantes, una en mayor medida que la otra: la falta de liderazgo político en ambos partidos y cómo Trump llega al poder y lo pierde justamente frente a quien se lo arrebató años atrás: Biden, al que había “sustituido”. Respecto a la falta de liderazgo, hay que señalar que Hilary Clinton fue una candidata demócrata que perdió frente a un extraño de la política como lo era Trump ¿Por qué el votante norteamericano eligió a un neófito frente a una mujer que había estado toda su vida en la política? ¿No hay más liderazgo en USA que Biden, Hilary o Trump? ¿No se renueva la cúpula de los partidos para que haya suficiente oferta política? Respecto de lo segundo, hay que cuestionarse por qué los votantes que descartaron a los demócratas cuatro año atrás, se separan ahora de los republicanos y vuelven a elegir, a quien “castigaron” entonces ¿Nos encontramos ante un votante descerebrado, mal informado o que reaccionó a la administración Obama-Biden que no respondió a las exigencias ciudadanas? ¿Qué pasó?, porque no entenderlo impide comprender cómo se llegó al punto en que ahora estamos.
Los populistas, en todo el mundo, llegan al poder por antecedentes no corregidos en la dinámica de esa democracia amplia que ya nadie define ni entiende de igual manera, y ahí está el riesgo. El ciudadano cree que el gobierno puede y debe proveerle “sus derechos”, muchos de ellos elaborados en grupos de trabajo y convertidos en tales. Se le ha vendido la idea de que es sujeto de educación, salud, trabajo, vivienda, etc., todo gratis, y el ciudadano considera que la democracia y sus líderes deben proporcionarle todo eso y mucho mas, aunque nadie habla del costo que representa, quien lo paga ni la imposibilidad real de hacerlo. 
No hay referentes puros, inmaculados o no contaminados y lejos de seguir pensando que los norteamericanos deben ayudarnos y solucionarnos nuestros problemas, debemos tomar las riendas del país, antes de que el populismo y la demagogia nos alcancen y nos arrastren a un fondo del que nos será muy difícil salir porque nuestras instituciones son débiles y nuestra capacidad de reacción mucho menor que la de los vecinos del norte ¿Será que tomaremos nota para el 2023? Creo que no.



lunes, 4 de enero de 2021

El año 2021 que recién inicia

Cada institución pública pareciera estar hecha para depredar, con estructuras sólidas construidas por años

Hay ilusos -optimistas se denominan ellos- que piensan que el inicio de año es “borrón y cuenta nueva”, sin advertir que el tiempo, en su inmensidad, no entiende de barreras mentales que el ser humano coloca a su comodidad y conveniencia. Nos pegamos media vida -o toda ella- estableciendo nuevos propósitos que se diluyen a lo largo de los meses venideros, en lugar de continuar, aprovechar o valorar lo aprendido hasta el día anterior, ese 31 que enterramos anualmente con ahínco. Es como el padre que cree que su hijo, universitario en enero, es diferente al escolar de noviembre recién pasado.

El año que inicia no será todo lo agradable que pudiéramos esperar, así que es mejor mirar los datos fríamente para saber donde estamos. Somos el penúltimo país de América Latina con menor deuda fiscal -25.2% del PIB- lo que permite endeudarnos si realmente quisiéramos invertir en el futuro en lugar de seguir anclados en un pasado permanente. Otros no pueden hacer lo mismo porque ya utilizaron esa reserva de la que disponemos. La economía, dañada en todo el mundo, no se ha visto tan afectada en Guatemala y siempre hay un margen para la recuperación progresiva o, si se desea, para que el impacto del decrecimiento sea mucho menor que en otros lugares ¡Claro que con un 70% de la misma fuera del marco legal -sumergida- tampoco podemos esperar mucho análisis económico. Los inversores buscan previsibilidad, es decir, acciones de gobiernos que no sean cambiantes y Estado de Derecho que no dificulte la dinámica económica. No somos los mejores en ese espacio, pero, detrás nuestra están México, Honduras y Nicaragua, con lo cual podemos “ejercer cierto liderazgo regional”, en la medida que corregimos esos aspectos que, junto con las protestas sociales, terminan espantando la atracción de inversiones.

La corrupción nos come por donde la miremos. Cada institución pública pareciera estar hecha para depredar, con estructuras sólidas construidas por años. No importa la cantidad de fondos que ingresen, ya que se acoplan para ver como repartírselos: pactos colectivos, bonos con nombres ignominiosos, plazas fantasma, a dedo o de amigos y contratos con aquellos que les paguen mordidas. O salimos de eso por nuestra cuenta o formaremos un lodazal en el que nos hundiremos con el tiempo. No vale solo con denunciarlo, hay que tomar acciones al respecto y eso inicia por el cambio de actitud personal. No nos engañemos: estamos así porque muchos lo permiten y se benefician de ello.

La desnutrición es otro tema que hay que abordar contundentemente. No es de recibo que se mueran personas de hambre en ninguna sociedad del siglo XXI, y aquí es algo demasiado normal que no preocupa realmente a todos aquellos que manejan el discurso. Un debate serio en el Congreso -aunque sea pedir demasiado- sería oportuno y desnudaría a más de un partido; quizá por eso no se produce.

Y podemos seguir con una largo etcétera de tareas pendientes: agresiones sexuales, homicidios, falta de justicia, de carreteras, de educación y de salud…, y como dijera Buzz Ligthyear: al infinito y más allá. No tengo, sin embargo, mucha fe en los cambios porque justamente haremos ese borrón y cuenta nueva que impide mejorar la línea del tiempo perdido. Comenzaremos con buenos deseos y, poco a poco, como siempre ha sido, la anestesia nos irá pasando hasta volver a sentir lo habitual: el desastre que como sociedad representamos. Culparemos a los políticos, tranquilizaremos nuestra conciencia y nos dispondremos a celebrar 200 años de independencia. Así transcurrirá el 2021, para llegar a hacer algo parecido en el 2022.

lunes, 28 de diciembre de 2020

El año de los pocos abrazos

Lo que antes era normal: un beso, un abrazo, un gesto o una caricia, ha pasado a ser inexistente o inusual.

Casi a punto de finalizar este particular 2020, intentamos convencernos -quizá inútilmente- de que lo venidero será mucho mejor, sin advertir aquel viejo adagio: “toda situación por mala que sea es susceptible de empeorar”. De momento, y para que seamos cautos, nuevas cepas de virus se han propagado y amenazan con expandirse mucho más rápidamente que su predecesor.

Este ha sido el año de los pocos abrazos. El año que ha sacado a relucir muchas cosas que solíamos tener reservadas en el frasco de las emociones más escondidas. Parejas que han entendido que no estaban hechas para convivir mucho más tiempo que el escaso en que coincidían al regreso de sus trabajos. Amigos que pensábamos estaban ahí pero que no representaban más cercanía que esa insustancial “amistad de Facebook”. Jóvenes que salían a conocer a otros como ellos para establecer relaciones y que súbitamente vieron todo cerrado, vacío, al mejor estilo de walking dead.

El COVID -o la COVID, que la RAE ya ha aclarado el asunto de género- ha desnudado nuestra esencia humana. Esa que guardábamos y que no era preciso sacar a luz porque la dinámica natural del mundo -de antes- no lo necesitaba. Sin embargo, de pronto, algo tan pequeño como un virus ha sido capaz de revelar información que nunca hubiésemos conocido ni interpretado. Lo que antes era normal: un beso, un abrazo, un gesto o una caricia, ha pasado a ser inexistente o inusual. Deberemos aprender a expresar emociones de otra manera -más los latinos que los fríos anglosajones- pero a todos nos llevará candanga. La convivencia en bares y lugares bulliciosos donde el empujón, el humo, el tono elevado de voz al hablar o la masificación, eran atractivos, es probable que dejen de existir y habrá, necesariamente, que aprender a convivir de otra manera que obvie todas esas costumbres, aquellos hábitos que celebrábamos hace apenas unos meses. Súmele a lo anterior el cine, los parques de atracciones, las calles peatonales repletas de personas, los estadios, las aulas de clases, los niños en el recreo y sus bullas o los aeropuertos con colas infinitas.

El mundo cambió después del 11 de septiembre de 2001 y la seguridad ocupó una parte importante del tiempo que se devengaba en los viajes. Nos adaptamos progresivamente, muy diferente de este otro embate del COVID del que no hemos sido capaces, siquiera, de asimilar todavía. Algunos piensan que llegará un momento en que todo volverá a la normalidad, sin advertir que aquella normalidad es muy posible que nunca regrese y únicamente la vivamos en el recuerdo. Habrá otra normalidad, mucho más fría, sin duda, menos calurosa, más aburrida, y a la que deberemos adaptarnos porque ese ha sido el devenir de la humanidad.

Estamos todavía aturdidos, encerrados y leyendo cualquier cosa que nos ponen delante, pero no hemos querido advertir, ni mucho menos adivinar, cómo podría ser un futuro menos intenso que la vida que llevábamos antes de todo esto. Quizá haya un antes y un después de la historia del ser humano que nuestros bisnietos puedan evaluar mucho mejor que lo hacemos ahora, aunque no entenderán que significaba eso de hacer camping y meterse más de los que cabían en una tienda de campaña.

Terminamos 2020 y esperamos un 2021 que todo lo retrotraiga nueve meses atrás, sin advertir que eso no será posible y que quienes debemos de comenzar a cambiar el chips somos nosotros. En cualquier caso la evolución no es otra cosa que adaptación, aunque lo novedoso esta vez es la velocidad a la que hemos debido aprender a hacerlo.


lunes, 21 de diciembre de 2020

Hablemos de eutanasia

Si usted cree en la libertad, observará que no hay acto más sublime del ejercicio de esta que el propio sacrificio

El Congreso español aprobó una ley que regulará la eutanasia, un tema que tardaremos muchos años en debatir en la región. Deseo posicionarme: estoy absolutamente en contra de la pena de muerte y del aborto, pero no de la eutanasia, y sobre eso quiero reflexionar. En el aborto y en la condena a muerte, es alguien externo -con mayor o menor justificación médica o legal- quien toma la decisión sobre la muerte de un tercero, algo que no ocurre en la eutanasia. Quienes consideren que Dios es el dueño de su vida, argumentarán algo parecido a lo que acabo de hacer, pero si cree firmemente ser dueño de su destino, es en el único caso en que puede ejercer su libertad plenamente, al decidir sobre su propia vida.

La ley española -para evitar interpretaciones tempranas- precisa que la persona debe de “reiterar hasta en cuatro ocasiones su deseo de poner fin a su vida”, además de contar con los preceptivos informes médicos de que su dolencia es irreversible y su sufrimiento intolerante, lo que representa suficiente garantía para evitar que otros decidan por uno o que se tome a la ligera ¡Ah, y no es aplicable a menores de edad! La idea, y de la lectura se desprende, es que se establezcan todas las garantías posibles para que la eutanasia sea conscientemente meditada y se lleve a cabo con total garantía de quien la solicita.

Si usted cree en la libertad, independientemente de los condicionantes morales o religiosos que tenga, observará que no hay acto más sublime del ejercicio de esta que el propio sacrificio, sea en beneficio de un tercero -de esos hay muchos en la historia- o incluso de uno mismo, siempre con los resguardos indicados. Si nos emocionamos con aquel guion cinematográfico de “Yo antes de ti”, deberíamos entender que cada persona tiene derecho a decidir -cuando medicamente no hay reversibilidad de sus males- poner fin a su vida, de manera asistida y en manos de quien voluntariamente desea ayudar, colaborar, participar o como queramos denominarlo para evitar suspicacias de léxico.

Esto dará mucho que hablar desde el plano emocional, moral o religioso, especialmente cuando el suicidio se ha presentado -con razón dicho sea de paso- como una autoejecución, partiendo de la base de una previa enajenación mental que impide tomar la mejor decisión posible, aunque eso no es lo que regula la ley indicada, sino totalmente opuesto. Hay un ejemplo en el propio Juan Pablo II (hoy santo) cuando decidió libremente no prolongar más su vida de forma artificial. Muchos podrán indican que no es lo mismo una cosa que la otra -y están en lo correcto- pero en el fondo no deja de ser la expresión voluntaria de no continuar viviendo cuando ya no hay solución. La ley, en particular, sustituye a la naturaleza y su tiempo, por alguien que anticipadamente alivia el dolor, el sufrimiento, la presión y la angustia, cuestiones que no creo que aporten mucho al currículo de una persona cuando llegue a ese lugar mágico que, según la religión, acogerá a los buenos en presencia del dios de cada cual.

Lo trascendente también, es ver como ciertas sociedades -de cultura latina, por cierto- son capaces de debatir estos temas sin ruborizarse ni escandalizarse, y adoptar las decisiones que consideren, siempre que la libertad esté presente en ellas. Por aquí falta mucho, especialmente cuando temas mucho menos complejas nos dan pena, achican o impiden un diálogo serio y científico. Ahí queda el ejemplo, no para seguirlo necesariamente, pero si como referente de democracia, libertad y capacidad autocrítica.


lunes, 14 de diciembre de 2020

La sociedad de los valores muertos

Sociedades que no lucharon duramente por su independencia -incluso que les costó vidas- no han sabido digerir el grado de libertad que alcanzaron

Queremos que el país cambie, pero cada vez está más claro que nosotros no estamos dispuestos a cambiar, y eso es un imposible. Una sociedad que premia al chispudo, al pilas, al vivo, al pillo, se diferencia muchísimo de otras que alaban la competencia, el concurso de méritos, el respeto al prójimo y la transparencia. Nos han educado en buscar la ventaja, en lugar de perseguir los méritos; en llegar al objetivo sin importar el suelo que se pisa; en darle forma legal o correcta a lo que hacemos sin buscar la generalidad de la ley, mucho menos la igualdad ante ella.
Los puestos en la administración pública se otorgan en función del conocido que se tiene, de la amistad cercana con quien los concede o de la relación -sentimental incluso, y de preferencia- que se mantiene con aquel que los otorga. No es necesario -lamentablemente- educar a los hijos para que cuenten con un buen historial académico e intenten ser los mejores, sino para que dispongan de una buena red de conocidos que les abran las puertas cuando sea necesario. Tampoco se pide realmente justicia pronta y cumplida, aunque se utilice frecuente pero banalmente ese discurso, sino que se exige aquella que se adapte a las circunstancias o los deseo de la facción dominante en el momento. Las normas se acoplan sencillamente a la situación, y posteriormente se barnizan de forma conveniente.
Valores como ahorro, trabajo, sacrificio o diligencia -base sobre la que se ha construido prosperidad en el mundo -y soporte de sociedades capitalistas, dicho sea de paso- han perdido posicionamiento y actualidad. Nuevas generaciones, nacidas en mayor opulencia que sus progenitores, dan por sentada la prosperidad que disfrutan, y consideran que es algo que se reproducirá por generación espontánea. De esa cuenta, se lanzan a reclamar derechos que pueden gozar gracias a la riqueza generada por otros que los antecedieron,  pero no advierten que deben de promoverla y conservarla, porque no es algo que estará ahí continuamente. Una especie de sociedad sustentada en el hedonismo que cree que tiene derecho a todo, aunque construyen tal afirmación sobre la base de que otros paguen el costo.
Hasta las redes sociales son un reflejo de esa tendencia. Tuis superficiales reproducidos por miles de personajes que se excitan al calor del “like” sin siquiera entender lo que allí se intenta explicar en pocos caracteres, pero hay que sumarse a la tendencia de moda; fotografías en Instagram que proyectan imágenes captada en un instante y que seguramente no responde “al yo” permanente, pero reflejan la moda del momento.
Siempre dijeron que las sociedades que no lucharon duramente por su independencia -incluso que les costó vidas- no han sabido digerir el grado de libertad que alcanzaron y, consecuentemente, no valoran la situación que disfrutan, resultado de una lucha contra quienes les oprimían. De igual forma, es muy posible que, pasados unos años, advirtamos -tarde, eso si- que estas generaciones que han nacido con “el plato sobre la mesa” no han sabido comprender cómo llegó allí ni mucho menos el esfuerzo que tuvieron que hacer quienes lo pusieron, y desde ese fondo del barranco de la ignorancia supina, vean como otros los han manipulado y ahora son quienes interesadamente los dirigen y manosean. Comenzará, como pasó en otros lugares, la lucha por independizarse de los opresores, pero se perderán -como también ya ha ocurrido- varias generaciones que pagarán esa ausencia de valores y principios que deberían estar en el ADN de cada quien, pero que se escapan continuamente de la transmisión genética. Y algunos, ya no lo veremos.


lunes, 7 de diciembre de 2020

¡Suficiente tanto silencio cándido!

Detrás de ambos mandatarios hay grupos de poder e ideológicos que desean imponer su visión de país, de mundo o de lo que sea

Me siento muy incómodo si callo lo que creo es el merengue del pastel nacional. Este país esta lleno de “prudencia”, “educación”, “fíjese qué” y silencio bochornoso porque “da pena” hablar, y digerimos la frustración que luego se desata descontroladamente por acumulación de bilis. Así que, dispuesto a salirme de la norma -algo habitual en mi- y no queriendo ser de los que calla cuando más se necesita clarificar, me sirvo un güisqui con hielo y me pongo a escribir.

Esa disputa, pelea o diferencias entre el Vice y el Presi -o viceversa- no es más que la pantalla de una pregunta que evitamos respondernos, mucho menos en público: ¿quiénes están detrás de ellos? No soporto más la idea de que “tienen puntos de vista diferentes”, porque eso se resuelve hablando, negociando o incluso imponiendo, sin que la misión de la OEA tenga que venir a decirnos qué hacer ¡Dejemos los complejos y agarremos el toro por los cuernos, puñeta!

Detrás de ambos mandatarios hay grupos de poder e ideológicos que desean imponer su visión de país, de mundo o de lo que sea. Unos son admiradores de CICIG porque vieron en aquellos lo que ellos no son capaces de hacer, y no todos están contra la corrupción, no nos engañemos. Otros, están contra CICIG porque no quieren que vengan a chulearles más e imponerles agenda y condiciones, y tampoco todos están a favor de la corrupción. Pero ni siquiera la cosa queda ahí. En uno de los grupos hay exembajadores, colectivos de la sociedad civil, organizaciones de derechos humanos y militantes de izquierda que creen ver la palanca de un cambio que no consiguen con el voto. En el otro grupo hay militantes de derecha y quienes han decidido no soportar más costos de experimentos que -después de 25 años- no han llevado al país a ningún lugar diferente al que estaba en aquel entonces. En ambos bandos encontramos: extremistas, violentos, corruptos y muchísimos ciudadanos decentes. El narcotráfico parece estar por su cuenta o mimetizado, como de costumbre.

Debajo de ese nivel otra batalla sórdida se desarrolla: la toma de la justicia. Algunos apoyan una CC que ha dejado muchísimo a deber, especialmente en materia de atracción de inversiones y conflictividad social. Otros, respaldan una CSJ que también tiene números en rojo, y a la que ven como la espada capaz de decapitar a la bestia de las siete cabezas, sin alusión personal. Todos desean ostentar el poder y continuar con los réditos que les otorga la posición, tampoco nos engañemos con eso. Usted ponga a cada quién en el grupo que desee.

Así las cosas, abril 2021 es el mes fatídico al que unos quieren llegar rápidamente y otros cuentan los días para que no se acabe. Mientras, la guerra muestra múltiples batallas camufladas bajo discursos de desnutrición, presupuesto, corruptela, falta de transparencia y otras “menudencias”, ¡como si eso nos hubiese preocupado en alguna ocasión, ja! En ese escenario los extremistas -de uno y otro lado- hacen de las suyas y el Presi tuitea o wasapea sobre el Vice -o viceversa- mientras nos distraemos con el pan que tiran a la arena circense los emperadores desde Washington que promueven visitas sorpresa de algunos notables.

O nos dejamos de babosadas y actuamos como adultos responsables o seguiremos siendo los niños a los que tratan como zonzos porque aguantan todo ¿No están hartos de que los vean así? Pues yo si. Mientras tanto, me acabo el güisqui relajo mi conciencia artificialmente tranquilizada ¡Total, siempre se le puede echar al alcohol la culpa del desvarío!


lunes, 30 de noviembre de 2020

En guerra avisada no hay muertos

Esto es una lucha de poder por la sobrevivencia de un partido que se acostumbró a incidir en política en el último quindenio 

Los sucesos que vivimos desde hace un par de semana se achacan al presupuesto, al actuar de los diputados y a la poca eficacia del gobierno. Sin contradecir lo anterior, es bueno precisar. El presupuesto detona una crisis que comenzó en enero de este año, producto de una situación política que no debe pasar desapercibida: la perdida de poder de la UNE. Siempre ha habido un presupuesto desfinanciado y alto endeudamiento, y no ha generado este rechazo, ¿por qué ahora y tan ruidosamente?

Desde que la UNE dejara el poder en 2012, ha ejercido un papel predominante en la política nacional, justo hasta ahora. Su candidata quedó, en dos ocasiones, en 2º lugar en elecciones presidenciales y continuamente han tenido un importante número de diputados -en torno a los 50- con excepción del 2015 que fueron 36, pero LIDER -su hijo político putativo- obtuvo 44, y la suma superó la de otros años. Es igualmente significativo el número de alcaldes uneistas -en torno a los 100 en cada elección- excepto nuevamente en la de 2015 en la que LIDER obtuvo 130 y sumados casi llegaron a los 200. Es decir, por lo menos una tercera parte del Congreso y de las municipalidades “ha pertenecido”, directa o indirectamente, a la UNE desde 2008.

El año 2020 no se perfilaba diferente -52 diputados y 108 alcaldes- y seguramente se visualizaba una forma de cogobernar similar a las pasadas: pactos, alianzas, cuotas de poder, etc. Sin embargo, en dos ocasiones, han recibido un soberano bofetón y no pudieron -por primera vez desde 2008- tomar las riendas del Legislativo porque un pacto diferente hizo tambalear las ambiciones políticas del hasta entonces partido hegemónico. Se suma a la debacle la lucha interna, lo que desató los peores demonios.

La UNE ha visto como desapareció Encuentro por Guatemala y cedió ese espacio ideológico. El actual ninguneo puede llevar a la UNE a desaparecer en el mediano plazo por perdida de protagonismo político y ausencia de apoyo municipal -alcaldes que pueden cambiar de mano incentivados por algunos rubros incluidos en el presupuesto aprobado-, y quizá de ahí la preocupación. Esto es una lucha de poder por la sobrevivencia de un partido que se acostumbró a incidir en política en el último quindenio y que súbitamente le han arrebatado el protagonismo, a la vez que han surgido otros grupos políticos como alternativa.

Sin descartar que el gobierno no ha hecho las cosas bien, la forma no puede tapar el fondo. Si todo sigue como hasta ahora, el partido VAMOS no tiene futuro inmediato porque está muy personalizado en Giammattei, lo que no ocurre con la UNE que cuenta con una generación que aspira al poder, y cuando consiguen casi quitarse a Sandra Torres, les aparece un obstáculo que los confronta y anula, además de una alternativa política. Esa frustración se traduce en querer capitalizar la protesta sobre algo que siempre paso: un presupuesto desfinanciado, aunque hasta ahora no era problema porque lo manejaran en común acuerdo. A la “indignación” se han unido otros partidos minoritarios que también quieren sacar tajada y encuentran en la coyuntura una razón suficiente, aunque ninguno presenta una alternativa de presupuesto que nos diga claramente qué harían ellos, mientras seguimos escuchando críticas pero no propuestas. El ambiente está calentado por un combustible de guerra por el poder. Vemos las llamas, pero no donde se generan, y nos distraemos con el calor que producen, sin entender las razones de fondo. Desean replicar lo ocurrido en del 2015, pero estamos muy lejos de aquellos momentos y de lo sucedido entonces.


lunes, 23 de noviembre de 2020

3ª llamara. Repito: 3ª y última llamada

Muchos no gustan de ejemplos como los de Venezuela -que así comenzó- aunque también los hay en Chile e incluso en los Estados Unidos

Con premeditación, alevosía y nocturnidad se aprobó el presupuesto del Estado para 2021. Tres reflexiones en torno al mismo, porque casi todo está dicho: el endeudamiento, el fondo y la forma. No estoy en contra de la deuda si se invierte y produce réditos, pero si cuando se utiliza para gastos de funcionamiento y se hipotecan dos o tres generaciones para pagarla y, sobre todo, si no hay esfuerzos por ampliar la base tributaria ni mucho menos para que ciertos sindicatos -como los de educación- sigan extorsionando.  El fondo -en qué se gastará el dinero- quizá podría comprenderse y debatirse si se explica, algo que no ha ocurrido, y de ahí la crítica. Finalmente, la forma -la nocturnidad para aprobarlo- solo puede calificarse de deleznable. Ha faltado el necesario debate parlamentario y público que permita acceder a la discusión y formarse criterio ¡Más penoso, es imposible!

Lo anterior ha rebasado un vaso lleno de bilis, producto de la encerrona por la pandemia, la depresión económica, los favoritismos a amigos de políticos, los desastres de dos tormentas tropicales y el descubrimiento de dinero encaletado -en Antigua- y fondos “reconducidos” en el Ministerio de Comunicaciones. Un hartazgo nacional que brota por la piel del ciudadano y que conduce irremediablemente a un abismo en el que las manifestaciones y la violencia se pueden hacer presentes en la vida cotidiana, como ocurrió el pasado sábado.

Muchos no gustan de ejemplos como los de Venezuela -que así comenzó- aunque también los hay en Chile e incluso en los Estados Unidos. El ciudadano, cansado de tanto manoseo, tiende a aceptar el extremismo -e incluso la violencia- como solución y única manera de sacar del poder a personajes de los que no gusta. No se trata de si lo hace con razón o sin ella -discusión banal cuando la percepción predomina- sino de acciones materializadas en protestas masivas, algunas de las cuales pierden el norte y se tornan explosivas, inútiles y destructivas. 

Estas situaciones de caos, incertidumbre, descontento y desconfianza abren la puerta a populistas o radicales que son bien recibidos por el votante como salvadores de la situación. Sin embargo, la experiencia demuestra que terminan por hundir el país mucho más, utilizando el poder democrático otorgado por votantes cansados, viscerales y descontentos. Ortega llegó a Nicaragua por una situación parecida, igual que lo hizo Chávez, Trump o Biden ahora, y algunos más que seguramente usted identifica. No recuerdo un nivel de confrontación social, política, de élites y de autoridades como el actual.

Guatemala está al borde del abismo y a las puertas de que en 2023 tengamos un pillo -o pilla- de esa naturaleza y calaña que, camuflado bajo una piel irreconocible y aupado por ciudadanos cegados por el cansancio, termine por llevar al país a una situación peor, con la oferta de mejorar todo. Una especie de revolución silenciosa que es la que más daño hace, menos visible es y más tiempo se queda. 

O arreglamos los problemas atendiendo a razones lógicas y prioritarias de país o la tensión y la confrontación serán cada vez más acentuadas y nos llevarán a un pozo en el que todos perderemos, menos algunos mafiosos que son la excepción. No malgastemos más tiempo en confrontarnos y desechemos de una vez a quienes pretenden en río revuelto quedarse con todos los peces. 

“Esta es la tercera llamada. Repito: tercera y última  llamada” Que las luces no se apaguen sin que estemos sentados y con la mejor disposición de arreglar el país. Nuestros hijos se lo merecen, y nosotros también.