Durante años, la región se preguntó qué hacer con Maduro. Hoy surge la pregunta incómoda: ¿qué hacer con una Venezuela sin él?
La madrugada del 3 de enero marcó la caída de Nicolás Maduro e inauguró una etapa de incertidumbre mayor. Se suele confundir el derrocamiento de un líder con el derrumbe del sistema; Venezuela muestra que no son lo mismo. La paradoja es clara: la operación fue militarmente exitosa, pero políticamente inconclusa. Estados Unidos capturó a un criminal, pero no desmontó un régimen, y esa diferencia definirá el futuro inmediato del país.
Washington ejecutó una maniobra precisa y audaz al extraer al «presidente» venezolano en minutos, pese a la presencia de mercenarios cubanos. Para EE. UU. fue justicia; para otros, una agresión imperial, aunque ambas posturas soslayan lo esencial: la captura de Maduro no resuelve la crisis, solo la transforma.
Durante años, la región se preguntó qué hacer con Maduro. Hoy surge la pregunta incómoda: ¿qué hacer con una Venezuela sin él? El chavismo fue diseñado como un sistema personalista y vertical, sostenido por lealtades militares, redes económicas opacas y control territorial. Al retirar la figura central sin desmontar la estructura, lo que emerge no es necesariamente una transición, sino un vacío de poder que raramente se llena con democracia. El final de Maduro no es el final del problema; es, quizá, el comienzo del tramo más complejo: construir poder legítimo donde sólo hubo imposición. El «día después» parece liberador en los titulares, pero es devastador en la realidad. Venezuela no entra en una etapa de solución, sino de definición.
En ese contexto, los opositores —porque no hay una auténtica oposición política, y ese es uno de los grandes problemas— celebran la caída de Maduro sin vislumbrar un horizonte aceptable en el mediano plazo. Intentar respaldar a los oponentes podría desestabilizar aún más el país y exigiría una presencia militar más robusta en su interior, así que es mejor negociar con lo que queda del régimen e irlo sustituyendo progresivamente.
En el plano internacional, paralelamente, el tablero se fragmenta. Rusia, China e Irán condenan, aunque sin capacidad de reacción. Europa pide moderación, como si aún existiera margen para ello. América observa dividida: algunos gobiernos temen el precedente; otros celebran el desenlace. El mayor riesgo no es una restauración autoritaria, sino la fragmentación. Un Estado debilitado, facciones armadas, control territorial disputado, economía colapsada y millones de ciudadanos buscando salida.
Ese escenario vuelve a exhibir el fracaso del sistema internacional, que se muestra marcadamente inútil. Los organismos internacionales y regionales no han podido impedir 67 años de dictadura en Cuba, casi tres décadas en Venezuela ni lo que ocurre en Nicaragua. Quienes siguen apostando por viejas fórmulas de diálogo, apenas aportan conocidas narrativas al debate, pero ninguna solución. El idealismo y el multilateralismo, como ya ocurrió en otros momentos, ceden paso al realismo político y a la acción contundente. Resolver dilemas siempre tiene un alto costo, pero alguien tiene que hacerlo.
Históricamente, EE. UU. ha convivido con líderes leales, electos o impuestos. Este caso no es una excepción y exige que el régimen se pliegue a los intereses norteamericanos. Pero será necesario algo más mientras Venezuela se estabiliza y recupera: una transición durante 2026, cuando surja lo que hoy no existe que es una verdadera oposición política con liderazgo y legitimidad. La región debe comprender la nueva estrategia de seguridad de Washington y su choque frontal contra la injerencia de China, Rusia y el Foro de São Paulo. EE. UU. no necesita petróleo, pero Cuba y China si, y lo requieren para mantener sus dictaduras. La intervención parece destinada a negar ese recurso, reducir la presencia china en América y debilitar ambos regímenes, lo que dibuja una calculada estrategia de mucho mayor alcance.
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