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lunes, 21 de enero de 2019

La paz que no llega


 La confrontación está asegurada al transmitir rechazo, odio, ardor  o desprecio a las generaciones venideras


La firma de la paz debió ser el fin del conflicto armado interno. Años después, sin embargo, se inició una persecución judicial contra acusados de cometer delitos de lesa humanidad. Es evidente, racional y lógico que quienes suscribieron la paz entendieron el proceso como el final a toda confrontación armada, judicial, ideológica y personal, porque de lo contrario no la habría firmado. No podía ser de otra forma, aunque realmente no haya sido así.
El inicio de juicios contra militares -alguno esporádico hubo contra miembros de la guerrilla- abrió una caja de pandora cuyas ondas todavía aturden. El famoso caso de genocidio -y otros- contaminó y exaltó el ambiente porque vulneró aquel pacto firmado con la esperanza de que el conflicto concluyera. El encarcelamiento de veteranos militares de avanzada edad, además de transmitir una penosa imagen sobre la detención preventiva, desgasta y, por supuesto, indigna a la institución militar y a sus integrantes que obedecieron al poder constituido y ahora sufren persecución y enjuiciamiento de algunos de sus integrantes por estar en la cadena de mando, incluso sin ser autores materiales de acciones criminales. Del otro lado, hay que entender el pesar de quienes perdieron a seres queridos porque fueron ejecutados, torturados, secuestrados o desaparecidos y desean justicia, venganza o resarcimiento ¡No importa!, están en su derecho de sentirse igualmente indignados y reclamar lo que consideran “reparador” en función del dolor que llevan consigo.
Difícil entenderlos si no se pertenece a alguno de los grupos a los que hay que añadir aquellos que sin militar ideológicamente, sufrieron las consecuencias directas o indirectas de cualquier de los dos bandos o tuvieron que salir del país por seguridad. La supuesta paz, firmada hace años, no ha llegado aún y entre reproches, acusaciones, juicios, indemnizaciones o búsqueda de marcos legales de exoneración de responsabilidad, nos hemos adentrado en el presente siglo sin que la solución aflore. Pero hay algo peor: de seguir así, la confrontación está asegurada por años al transmitir ese rechazo, odio, ardor  o desprecio a las generaciones venideras.
Si se desea que alguien culpable de haber secuestrado, torturado o asesinado colabore con la justicia, únicamente hay una solución posible: debe ser perdonado y no encarcelado. Si la parte ofendida quiere conocer el paradero de sus familiares, debe perdonar o, por el contrario el silencio será lo único que encuentre como respuesta frente a quien tiene miedo de sufrir represalias. Si el resarcimiento es un fin perseguido, encontrará igualmente reprobación general porque quienes deben pagar ni siquiera participaron en los actos. Es fácil concluir que una ley de reconciliación nacional pasa por perdonar después de confesar y colaborar para que se resuelva lo que aflige a muchos: ¿dónde están los desaparecidos?, de otro modo cualquier propuesta no tendrá el éxito deseado.
Podemos seguir negando la realidad por la que atravesamos, pero no servirá porque no arreglará el problema, además de dilatarlo eternamente con pocas esperanzas de búsqueda de la verdad y mucho de odio o venganza. Hacer las cosas unilateralmente está abocado al fracaso y seguramente generará más rechazo y provocación porque un conflicto armado afecta a todos -a cada quien a su manera- y frente al innegable dilema no es posible encontrar una buena solución aunque la menos mala parece estar clara. El perdón sin colaboración no es de recibo; la venganza o el interés solo genera rechazo. La virtud, como de costumbre, suele estar en el medio y aunque visible, pareciera estar difuminada y oculta para algunos.

lunes, 7 de enero de 2019

Testamento en vida para Pablo


El país está lleno de “Pablos” con ilusiones y esperanzas asesinadas a diario por mafiosos inescrupulosos

Durante los últimos meses de 2018 chofereé a mi hijo de 16 años al trabajo que buscó como vacacionista en horario de 5am. a 3pm. Me causó gran impresión y mayor orgullo que estuviera puntalmente listo a las 4.30am. Durante el silencioso trayecto de madrugada y entre las cabezadas que iba dando por el cansancio y el madrugón, lo miraba y pensaba en el país que le iba a heredar.
La preocupación se acrecentaba diariamente cuando leía -entre otras muchas- noticias sobre sindicatos que depredaban fondos públicos, repartían hornos microondas entre sus afiliados o pactaban alzas salariales y horarios reducidos de trabajo para empleados públicos. Cómo la SAAS gastaba de nuevo dinero para adquirir poporopos o se nombraba diplomática en Seattle a la hermanastra de una diputada, cuya credencial más destacada es “pintar el pelo primorosamente”, similar al curriculum del cónsul en Barcelona, hijo de la vulgar y rabisalsera de Vea Canal y, curiosamente, única “periodista” invitada por el gobierno cuando se trasladó la embajada a Jerusalén.
Busqué en el diccionario la palabra más apropiada para esas conductas y encontré podrido: “Dicho de una persona o de una institución: corrompida o dominada por la inmoralidad”, y exclamé:  ¡Claro que estamos podridos! y el actuar obsceno de políticos y personajes mafiosos lo evidencia continuamente. Gobierno lleno de podredumbre que oculta y protege a personajes acusados de parricidio, asigna millonarias cantidades a amigos contratistas, gasta dinero público en lujosos caprichos presidenciales de marca o derrocha los escasos recursos disponibles. En el que hay ministros que contratan a las madres de sus hijos -¡Si, en plural!-, destrozan la cúpula policial para que la institución sirva a particulares intereses y puedan controlar la justicia y hacer lo que les venga en gana o asignan altas cantidades para pagos extraordinarios y camuflados al Presidente mejor remunerado de América latina. Diputados penalmente perseguidos y personajes huidos de la justicia que desde perfiles falsos manejados por pagados netcenteros o con vítores en redes de desquiciados y aburridas, se llenan la boca de patriotismo y hablan de “mi país” o “mi gente”, prepotentes posesivos con los que pretenden seguir manipulando a su antojo a una casta “inferior”. También, y lamentablemente, grupos de ciudadanos que con su silencio -o aplauso que de todo hay- mantienen esta situación para que las cosas no cambien y sigan en su zona de confort.
Camino al trabajo de Pablo, lo miraba y veía dormitar a un muchacho de 16 años recién cumplidos mientras me preguntaba cuántos como él igualmente llenos de ilusiones, espíritu y fe sueñan todos los días con un país sin gentuza, sin inmorales, sinvergüenzas ni extremista que matan las esperanzas de salir del autoritarismo, la criminalidad organizada, las mafias, el dedo embarrado de quien otorga concesiones, empleos y puestos públicos o la perversidad de quienes anualmente se roban los fondos estatales. En esos fríos días me prometí que sin importar lo que costara, Pablo -como muchos otros- tendría un mejor futuro en Guatemala -como se merecen- porque no voy a consentir que nadie, absolutamente nadie, mate la pasión de esos jóvenes ni apague luces de esperanza que veo brillar diariamente. El oscuro y nefasto horizonte de ahora no puede seguir siendo permanente y único ¡No hay derecho a que charlatanes inescrupulosos ni golpistas cobardes, destruyan una sola generación más!
Dicho esto -que usted puede compartir conmigo como propósito del año si lo desea- tenga muy feliz 2019, súmese a luchar activamente contra la corrupción y medite su voto para sacar a este país de la descomposición crónica que padecemos.