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lunes, 25 de julio de 2022

Borrachera de poder y dinero del “jefe”

Nuestros hijos, que luchan por un mejor futuro, merecen que tomemos unos minutos de nuestro tiempo para votar con la cabeza y no con los pies

Hace pocos días circuló un video en redes que llamó poderosamente la atención y generó diferentes reacciones, entre las que destacaron, con mayor profusión, el rechazo, la vergüenza, la pena y la indignación, por eso de cuidar el uso de calificativos y no emplear otros más vehementes. 

El protagonista fue Miguel Martínez -M&M-, aunque había otros actores secundarios en ese espantajo clip. Subido en una tarima -junto con veteranos de la escena política nacional- y micrófono en mano, cantó,  abrazado con el gobernador de El Progreso, el narcocorrido “jefe de jefes”. Borrachos de poder, se contorneaban al ritmo de la música norteña y coreaban frases que no merece la pena repetir. Envalentonado o chamicado por el dios Baco -y cual viejo verde que ríe las gracias del púber- el gobernador besaba en el cuello al cantarín aspirante a diputado, mientras eran alentados, a modo de impetuosos mariachis de cantina, por quienes les acompañaban en el estrado. El esperpéntico dúo -y su grupos de coristas- intentaron imitar a  “Los Tigres del Norte” pero no pasaron de “Los Zopilotes del Nororiente” ¡Qué deprimente espectáculo!

Me da igual quien sea M&M y lo que haga con su vida; su origen, edad, estudios, tendencias o con quien yace o pace, pero desea ser diputado, y eso es justamente lo que me llama la atención y, sobre todo, me preocupa.  Si los votos de los exaltados ciudadanos -que aplaudían y sostenían aquella humillante zarabanda- le permiten ocupar una curul, deberemos pagar y soportar otro inútil “prohombre de la patria”. Desconozco si el personaje -por las compañías en las que se encontraba- está asociado al crimen organizado, a mafias de las que campa por el Congreso o al actuar corrupto de muchos políticos, pero claramente es un inexperto y, además, maneja muy mal la inteligencia emocional, el poder que cree ejercer eternamente y el discurso que proyecta. 

Como ciudadanos debemos cuestionarnos permanentemente a quienes votamos y cuántos de esos personajes como Neto Bran, Baldizón Jr., Tres Quiebres, etc., ocuparán un puesto en el Congreso, en alcaldías o en cualquier otro lugar. También, si vamos a seguir pagando sus salarios con el sudor de nuestra frente, mientras siguen riéndose con ese descaro que nos convierte en imbéciles sin remedio. Muchos preguntan, ¿qué es lo que puede hacerse para cambiar este sistema?, y creo tener una respuesta sencilla y muy efectiva: no vote a ningún partido político que incluya en sus filas a candidatos que no estén suficientemente contrastados. De lo contrario, será cómplice de lo que ocurre y deberá asumir su responsabilidad como elector. No solo hay políticos corruptos, sino también ciudadanos que permiten y promueven, con sus votos, la corruptela de políticos.

No elija inexpertos, deshonestos ni criminales, muchos menos narcotraficantes, porque todos ellos generan el mismo resultado en políticas públicas: ninguno o muy malo, y ya deberíamos estar cansados de sufrir las consecuencias de esos personajes y su vergonzoso actuar. Nuestros hijos, que luchan por un mejor futuro, merecen que tomemos unos minutos de nuestro tiempo para votar con la cabeza y no con los pies, como hemos venido haciendo. La acción es tan condenable y deleznable como la omisión, así que sea ciudadano responsable y no apueste por quien esté marcado con un aureola de inexperiencia, ineficacia o delincuencial.

Lamentablemente se repetirán muchas más imágenes como la que vimos, pero servirán para mostrarnos lo que hay y darnos elementos para decidir certeramente sobre a quienes no tenemos que votar, pase lo que pase. 

Ya tiene la solución, ahora tenga el valor, el coraje y la decencia de implementarla.


lunes, 18 de julio de 2022

La cuestionable ética de la lista Engels

Creo que merece una seria reflexión eso de aceptar calladamente conductas que sólo se sostienen bajo la tesis del derecho penal del enemigo

Esta opinión levantará críticas, especialmente entre quienes evitan contrastar sus argumentos y prefieren seguir la moda de la opinión impuesta, construida o mayoritariamente aceptada. No importa, corro el riesgo en beneficio de un debate sincero, pero sobre todo necesario y abierto.

La lista Engels -o cualquiera similar- no se sostiene desde un enfoque ético. Es un manifiesto político, un instrumento del gobierno norteamericano que incluyen personas de Guatemala, El Salvador, Honduras y Nicaragua que, a juicio del Presidente USA, “han participado a sabiendas en acciones que socavan los procesos o instituciones democráticas, en corrupción significativa y en la obstrucción de investigaciones sobre tales actos de corrupción”. La pregunta es cómo pueden determinarse esas acciones -con garantías y certeza- sin que medie una denuncia judicial o condena sobre el actuar del sujeto. Y no queda otra respuesta que admitir que tal suposición presidencial se basa en información de sus agencias o en elementos valorativos de opiniones de asesores, aspectos -ambos- absolutamente subjetivos y no factuales. Una lista así sería imposible dentro de USA, porque los señalados ganarían cualquier demanda en tribunales, lo que demuestra su inconsistencia ética y jurídica, razón por la que se aplica solamente fuera de sus fronteras a ciudadanos no norteamericanos, y sin aplicar aquello de: lo que es correcto para unos, lo es para todos.

En un mundo superficial, relativista y basado en redes, es fácil aceptar falacias de autoridad, y otorgar la razón a ciertas personas o gobiernos en aquello que comentan o señalan. Así que, desde la publicación de la lista, quienes figuran en ella son automáticamente percibidos como culpables y condenados socialmente, difundiéndose sus nombres, rostros y admitiéndose, sin discusión, los señalamientos de que son objeto. Esta suerte de vergüenza pública inducida parece desconocerse por muchos, quienes olvidan que no es de recibo someter a ningún ciudadano al escarnio público o a la acusación mediática porque unos burócratas determinen que así tiene que ser. La lista puede servir para muchos fines, incluidos los político-ideológicos, y tiempo después, si hubo error, ni siquiera tienen que reconocerlo ni disculparse porque la administración en cuestión habrá pasado. No importa haber afectado vidas ni inducido en la población sentimientos de rechazo y condena hacia los señalados, porque lo importante es mostrar que las grandes potencias pueden “hacer justicia” sin costo alguno para quienes toman esas decisiones ¡A fin de cuentas “sólo son opiniones”! Recuerde que en política la casualidad no suele existir, y cuando ocurre es porque ha sido cuidadosamente planificada.

Creo que merece una seria reflexión eso de aceptar calladamente conductas que sólo se sostienen bajo la tesis del derecho penal del enemigo, así como el actuar de políticos a quienes atribuimos la capacidad de imponer el orden internacional sobre valores y leyes que sus gobiernos proyectan. Todo eso está muy alejado del correcto y deseable actuar de la justicia, pero sobre todo de los pilares más elementales que sostienen cualquier comportamiento ético. 

No discuto que Guatemala ha sido tomada por el narcotráfico, el crimen organizado y un grupo de sediciosos que pretende detonar regímenes autoritarios, y a los que no defiendo ni exculpo, antes bien animo a investigarlos, juzgarlos y condenarlos duramente si procede. Sin embargo, el combate hay que hacerlo desde la observancia de valores y principios que no son negociables ni deben vulnerarse, al igual que desde la justicia y la razón, y no con exposiciones o acciones políticas arbitrarias. Seamos prudentes, no vaya a ser que con el tiempo, se genere un efecto contraproducente al contar con una legión de personajes que, para algunos, terminan siendo héroes vilipendiados en ciertos listados. 


lunes, 11 de julio de 2022

Tóxica relación con las redes sociales

Las redes han servido para que quien desee cuente con una tribuna, la emplee libremente y se promueva socialmente una cultura de superficialidad

A mi esto de los (y las) “influencers” en redes me produce un escozor sarcástico y una indisimulable risa de hiena, perdón por la sinceridad. A poco que profundice verá un montón de damas en bikini, ropa interior o finas transparencias que resaltan sus atractivos encantos, mientras un ejército de excitados “testoterónicos” aprovecha para desahogar sus frustraciones íntimas. La dama en cuestión -de tal suerte- tiene miles de seguidores que son ofrecidos a determinadas marcas para publicidad ¡Cómo si los maromos de los comentarios sicalípticos se interesaran por lo que ofrece la “influyente” y no por las marcadas nalgas o los delineados -y casi visibles- pectorales de la mensajera! Bueno, ¡se tenía que decir, y se dijo!

Las redes han servido para que quien desee cuente con una tribuna, la emplee libremente y se promueva socialmente una cultura de superficialidad en la que el chascarrillo, la creatividad, lo anecdótico y sobre todo lo visual, son el atractivo principal. Se valora más un buen Tic-Toc o una historia de Instagram con final inesperado, música que sorprende o profusión de colores e imágenes -amén del minúsculo dos piezas antes citado- que una propuesta detallada y precisa de algo, aunque sea de corta duración, porque la inmediatez y la imagen sustituyen a la pausada y racional comprensión ¡Cosas de la vida moderna que diría mi abuelo!

La generación alfa -que dice no tener tiempo para escuchar una clase de filosofía, historia o ciencias sociales, por más de 40 minutos, porque se estresa- suma horas al día frente a sus teléfonos y termina con más “carga académica” en redes que cualquier licenciatura media. Así están las cosas en esta sociedad moderna, relativista, superficial y entusiasmada con replicar cualquier gilipollez mientras sea acogida entre sus ñoños pares.

La política -la populista, aunque no exclusivamente- que se dedica a contentar a ciudadanos solícitos, ha parasitado tales herramientas y muchas campañas se desarrollan sobre esas plataformas, en las que la barba recortada, la gorra al revés, el tropiezo del presidente o la mueca del candidato, atraen más seguidores que el plan de salud, educación o el gasto publico. El ciudadano se deja llevar por el envoltorio y desdeña el contenido, y así nos va, cuando descubrimos que el autoritario, el populista, el mentiroso, venía envuelto en papel celofán en forma de redes sociales.

Con pocas palabras y muchas imágenes, el candidato pedirá su voto y repetirá lo que el algoritmo le dice que usted replica o mira en detalle, siguiendo aquella máxima goebbeliana de una mentira repetida mil veces se convierte en verdad. Becará a sus hijos, reducirá los impuestos, le otorgará una ayuda económica, tendrá asegurado un viaje anual en su vejez o incluso prometerá que la selección nacional de futbol irá al campeonato del mundo. El COVID no existe, el banco quiebra mañana, si es joven el gobierno le dará dinero para gastos o el cloro es la salvación pandémica -replican en redes- y usted entra al trapo convencido de una “verdad” inducida por su incapacidad de comprender su relación tóxica con la redes. El populista no tiene límite, el problema es que usted se deja llevar por esa superficialidad en un mundo supuestamente educado y con acceso ilimitado a la información.

En un año tendremos elecciones, y no dude que los candidatos aprovecharán esas plataformas comprendiendo -mejor que muchos- lo tontos que nos hemos vuelto, los superficiales que somos y, especialmente, el desinterés ciudadano por un futuro más racional. 

¡Se lo podría haber dicho en 280 caracteres, pero para explicarlo hacía falta una página, aunque no lo crea!

lunes, 4 de julio de 2022

En trapos de cucaracha

Cada cuatro años apostamos por un pillo al frente del gobierno que llega con amigos muchos más bribones que él, escondidos detrás de su sombra

El país no es más que un castillo de naipes, una casa con techo de paja y cimientos de cartón que cualquier soplido se lleva puesta, administrado por un esquema mafioso al que han contribuido todos los gobiernos y hemos consentido los ciudadanos. Podemos lamentarnos y echar la culpa a Giammattei, Pérez Molina, Portillo o Álvaro Colom -Sandra Torres de facto-, por citar algunos, pero si no nos miramos al espejo y advertimos de que a todos los hemos elegido democráticamente miles de ciudadanos -sin duda de que haya habido manipulación electoral- nunca seremos capaces de ver a los auténticos y reales culpables de vivir en un país fracasado.
Como ciudadanos somos irresponsables y permisivos y no nos gusta escuchar -menos aceptar- el origen de esta debacle nacional que sufrimos permanentemente porque, en el fondo, nos avergüenza reconocer que no hay más culpables que nosotros mismos. Votamos como votamos, somos como somos y por tanto tenemos el resultado que nos procuramos, aunque no sea el que creamos merecernos. Cada cuatro años apostamos, sin mínima reflexión ni suficiente interés, por un pillo al frente del gobierno que llega con amigos muchos más bribones que él, escondidos detrás de su sombra.
La pandemia ha venido a mostrar el oscuro y miserable Estado que hemos construido. Carente de una estructura mínima de educación estatal, con cierre de escuelas, millonarios repartos en pactos sindicales y ausencia de gestión de las autoridades del ministerio. Falta de un sistema de salud que sigue cobrando vidas humanas sin que el remordimiento nos produzca un mínimo quemazón en el alma. Niños asesinados diariamente por hambre o condenados a un futuro fracasado, son imágenes que desechamos mientras nos distraemos con cosas superfluas que nos llenan de falsa alegría momentos imperceptibles. Las comunicaciones colapsan frecuentemente, causan muertos, impiden el desarrollo y ralentizan el progreso, al tiempo que se despilfarran cientos de millones que van a parar a bolsillos de “constructores” conocidos por múltiples causas de corrupción abiertas en el MP, pero que no avanzan en tribunales. La Corte Suprema de Justicia, lleva atrincherada casi tres años de forma ilegal, irresponsable y amañada, dándole un barniz de falsa legalidad a actuaciones que favorecen a personajes ligados al crimen organizado o al narcotráfico, y muchos de ellos en la política activa. La gestión medioambiental no genera desarrollo sostenible ni sustentable, y es continuamente manipulada y utilizada para servir como moneda de cambio -previo pago de coimas- para que algunos ministros y directivos disfruten un mejor futuro a costa del contribuyente y la depredación de recursos. Las aguas se contaminan, los bosque se arrasan, las montañas se caen. El sistema de expedición de pasaportes colapsó hace tiempo y cuando hay algunas libretas -algo poco frecuente- se tarda meses en conseguir uno. Una parte importante de vehículos circula con placas de cartón porque no somos capaces de comprar máquinas para imprimirlas. El Congreso está repleto de narcotraficantes y personajes del crimen organizado, al igual que las alcaldías del país, y padecemos silenciosamente sus excentricidades y continuados delitos. La capital sigue con problemas de agua potable en muchas zonas y un basurero inapropiado y contaminador, mientras el tráfico consume una parte sustancial del tiempo de cada uno. La inseguridad mata violenta y continuamente a cientos de ciudadanos y decenas de miles de menores son abusadas cada año.
Sabe cómo acabar con todo esto: responsabilizándose, votando con la cabeza y no siendo cómplice del sistema pensando que uno no forma parte de él. Hay que dar “hasta que duela”, dijo la madre Teresa, y en política no es diferente.