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lunes, 29 de septiembre de 2014

Chusma homicida


 “Las palabras elegantes no son sinceras; las palabras sinceras no son elegantes”


Los hechos acaecidos en San Juan Sacatepéquez evidencian la prefabricada y tolerada conflictividad. La “criminalización” de la protesta social se metamorfosea “criminalización” de la empresa privada. Alborotadores profesionales -anti todo- boicotean cualquier actividad que signifique progreso porque desean someter a la población más pobre. Las empresas promueven desarrollo, mejoran las condiciones de vida, crean puesto de trabajo alternativos a los tradicionales -que no han sacado de la miseria al país- y contratan a muchas mujeres, generando un sustancial grado de independencia frente a la tradicional subordinación machista. Ese grupito de terroristas, incrustado en movimientos que monopolizan “la lucha social y campesina”, decidió matar -otra vez- a varios miembros de una familia y amenazar a muchas personas, bajo la “gravísima acusación” de estar relacionados con cierta empresa. En la reunión de junio pasado con el Presidente, el CUC solicitó el listado de propiedades voluntariamente negociadas para construir la carretera, información que también buscó insistentemente el diputado Amílcar Pop. La familia masacrada era una de las que había vendido; don Marcelo Pajoc, además, testificó en un juicio en el que condenaron a 50 años a otro asesino comunitario.
Parte del dinero que reciben esos bandoleros es donado por países “amigos” que directa o indirectamente financian esas actividades criminales, aunque desde lo políticamente correcto hablen de cooperación para el desarrollo y maquillen lo que ocurre con la clásica verborrea discusiva. Más de cincuenta denuncias y veinte órdenes de captura estuvieron silenciadas “por órdenes superiores” en el MP durante la pasada administración. Detrás de esas violaciones está la complicidad de grupos liderados por militantes activos de ORPA, EGP o FAR que en su momento realizaron o consintieron crímenes similares, sin que hayan pedido las disculpas que exigen a otros. Utilizan las mismas tácticas; llegan durante la noche al lugar, impiden el acceso de la PNC y asesinan brutalmente a quienes consideran colaboradores de la oligarquía. Aunque con suficiente información y múltiples llamadas telefónicas pidiendo auxilio, el gobierno irresponsable y cobardemente no actuó, a pesar de que preservar la vida humana es su razón de existir. Reaccionó tarde -CICIG nunca, ni Rigoberta Menchú ni la iglesia ni otros/as-, y murieron ocho personas. La inacción permitió, además, que la escena del crimen fuese alterada a conveniencia. Los asesinatos también fueron invisibilizados por ese grupito de habituales columnistas retozonas y ágiles en otros momentos pero insensibles y olvidadizas en este. Pareciera que los cachiqueles masacrados no eran de los mayas por los que suelen abogar ni de las mujeres y niñas que dicen defender, a pesar de que les cortaron el pelo y desnudaron. Ustedes: terroristas disfrazados; matones profesionales que se dicen líderes comunales; violadores permanentes de derechos humanos que monopolizan; columnistas que apoyan esas acciones o no las condenan; políticos incapaces o cómplices. Ustedes, destruyen este país que dicen suyo con cínico nacionalismo. Tienen manchadas las manos -y la pluma- de sangre, el alma repleta de odio y los bolsillos de intereses. La mayoría son chusma fratricida fracasada que militó en movimientos revolucionarios del pasado, cuyo objetivo sigue siendo mantener mísera a la población y que el liderazgo -como en Cuba- tenga privilegios a expensas de los demás.
Mientras enterraban a los masacrados, damas relacionadas con la prensa tuitearon críticas a la actuación policial o daban crédito a palabras de Daniel Pascual, sin condenar la brutalidad de los homicidas. Displicencia que contrasta con esa sensibilidad femenina con que se indigna y de la pasión con la que se muestran en otros momentos.