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lunes, 18 de enero de 2021

El riesgo del argumento dicotómico

Cuando consideramos a una persona o a una administración que son buenas o convenientes, admitimos y celebramos inmediatamente la injerencia

El inminente cambio de gobierno en USA y la lucha contra la corrupción en Centroamérica -y particularmente en Guatemala- promueve análisis variados sobre actuaciones asociadas de cómo lo primero podría incidir en lo segundo. 

En una entrevista radial en ConCriterio, el contertulio -persona internacionalmente conocida- se refirió, al hablar de la nueva administración norteamericana, a “la influencia correcta”, “persuadir al gobierno” y los “aires del norte”. Asociaba el nuevo gobierno Biden-Harris con los conceptos “influencia y persuasión”, lo que necesariamente reconoce y admite a un persuasor -o un equipo- porque las acciones siempre se originan en personas. En otras palabras, cuando consideramos a una persona o a una administración -la de Biden en este caso- que son buenas o convenientes, admitimos y celebramos inmediatamente la injerencia porque coincide con nuestra ideología, principios y objetivos. El problema, desde una posición lógica, es que estamos aceptando que la influencia externa es buena -aunque sea solamente cuando coincida con mis intereses- lo eso deja la puerta abierta a que otros exijan exactamente lo mismo sobre intereses opuestos. En 1944 se hizo una “revolución” consentida por USA, ahora recordada por algunos como el inicio de lo que no pudo ser, pero en 1954, siguiendo idéntica forma de actuar, también los USA cambiaron el modelo por otro que respondía más directamente a sus intereses, algo que no gusta a quienes aplauden lo primero; y viceversa.

Y es que seguimos mirando hacia afuera a ver que nos llega o nos cae, y cuando felizmente coincide con nuestras preferencias y forma de pensar lo vemos bien. Así venimos desde 1821 y “alegremente” celebraremos la independencia condicionada a los vecinos del norte que siguen viendo como lo que somos: sujetos incapaces de diseñar, construir y luchar por nuestro propio destino que debería ser lo más importante. No estamos dispuesto a mirar hacia adentro de cada uno de nosotros -y de la sociedad que conformamos- y preguntarnos cuándo vamos a cambiar lo que tenemos por algo que nos sirva, y dejar de apostar para que llegue un demócrata, un republicano o un marciano que “nos ayude” a salir del atolladero en el que estamos metidos pero de donde no hacemos suficientes esfuerzos por salir. El riesgo que corremos -y que llevamos 200 años experimentando- es que no superamos la permanente polarización entre quienes gustan del interventor de turno y aquellos que añoran al comisario sustituido, repitiendo periódicamente idéntico modelo. De esa cuenta ¡que bueno era Trump para algunos!, mientras otros ya suspiran por apoyar las nuevas bondades del norte que llegarán a través del señor Biden, el bueno del próximo cuatrienio ¡Valiente superficialidad y perdida de tiempo la nuestra, y así nos va, claro!

No entendemos -o no queremos entender que creo que es mejor descripción- que los gobiernos norteamericanos, esté quien esté, miran por sus propios intereses -cómo debe de ser- y alguna veces nos salpican con dádivas porque con ello cumplen sus objetivos. Lo demás son “cuentos chinos” tipo Oppenheimer, ilusiones ópticas de soñadores eternos o falta de realismo al analizar la historia y la política. A mí, en lo personal, me da mucha pena escuchar a algunos que, en lugar de echarle ganas, responsabilizarse y trabajar, terminan depositando sus esperanzas en los “amigos del norte” ¡Vaya mundo miserable que nos espera sino cambiamos! Tampoco nada nuevo a lo que llevamos haciendo desde hace dos siglos y parecemos dispuestos a prolongar dos más.


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