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lunes, 14 de diciembre de 2020

La sociedad de los valores muertos

Sociedades que no lucharon duramente por su independencia -incluso que les costó vidas- no han sabido digerir el grado de libertad que alcanzaron

Queremos que el país cambie, pero cada vez está más claro que nosotros no estamos dispuestos a cambiar, y eso es un imposible. Una sociedad que premia al chispudo, al pilas, al vivo, al pillo, se diferencia muchísimo de otras que alaban la competencia, el concurso de méritos, el respeto al prójimo y la transparencia. Nos han educado en buscar la ventaja, en lugar de perseguir los méritos; en llegar al objetivo sin importar el suelo que se pisa; en darle forma legal o correcta a lo que hacemos sin buscar la generalidad de la ley, mucho menos la igualdad ante ella.
Los puestos en la administración pública se otorgan en función del conocido que se tiene, de la amistad cercana con quien los concede o de la relación -sentimental incluso, y de preferencia- que se mantiene con aquel que los otorga. No es necesario -lamentablemente- educar a los hijos para que cuenten con un buen historial académico e intenten ser los mejores, sino para que dispongan de una buena red de conocidos que les abran las puertas cuando sea necesario. Tampoco se pide realmente justicia pronta y cumplida, aunque se utilice frecuente pero banalmente ese discurso, sino que se exige aquella que se adapte a las circunstancias o los deseo de la facción dominante en el momento. Las normas se acoplan sencillamente a la situación, y posteriormente se barnizan de forma conveniente.
Valores como ahorro, trabajo, sacrificio o diligencia -base sobre la que se ha construido prosperidad en el mundo -y soporte de sociedades capitalistas, dicho sea de paso- han perdido posicionamiento y actualidad. Nuevas generaciones, nacidas en mayor opulencia que sus progenitores, dan por sentada la prosperidad que disfrutan, y consideran que es algo que se reproducirá por generación espontánea. De esa cuenta, se lanzan a reclamar derechos que pueden gozar gracias a la riqueza generada por otros que los antecedieron,  pero no advierten que deben de promoverla y conservarla, porque no es algo que estará ahí continuamente. Una especie de sociedad sustentada en el hedonismo que cree que tiene derecho a todo, aunque construyen tal afirmación sobre la base de que otros paguen el costo.
Hasta las redes sociales son un reflejo de esa tendencia. Tuis superficiales reproducidos por miles de personajes que se excitan al calor del “like” sin siquiera entender lo que allí se intenta explicar en pocos caracteres, pero hay que sumarse a la tendencia de moda; fotografías en Instagram que proyectan imágenes captada en un instante y que seguramente no responde “al yo” permanente, pero reflejan la moda del momento.
Siempre dijeron que las sociedades que no lucharon duramente por su independencia -incluso que les costó vidas- no han sabido digerir el grado de libertad que alcanzaron y, consecuentemente, no valoran la situación que disfrutan, resultado de una lucha contra quienes les oprimían. De igual forma, es muy posible que, pasados unos años, advirtamos -tarde, eso si- que estas generaciones que han nacido con “el plato sobre la mesa” no han sabido comprender cómo llegó allí ni mucho menos el esfuerzo que tuvieron que hacer quienes lo pusieron, y desde ese fondo del barranco de la ignorancia supina, vean como otros los han manipulado y ahora son quienes interesadamente los dirigen y manosean. Comenzará, como pasó en otros lugares, la lucha por independizarse de los opresores, pero se perderán -como también ya ha ocurrido- varias generaciones que pagarán esa ausencia de valores y principios que deberían estar en el ADN de cada quien, pero que se escapan continuamente de la transmisión genética. Y algunos, ya no lo veremos.


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